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sábado, octubre 10, 2026

Una historia nuestra

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Hace días vi un programa en Proyecto Puente donde se habló sobre la empatía y la compasión. Poco después, presencié cómo los asistentes a una feria destruían el escenario porque el cantante se negó a interpretar la música que ellos querían. A su vez, días atrás, en un evento masivo, se cantó en coro tumultuoso este tipo de música (inspirada en el ambiente en el que estamos inmersos). A nivel mundial, parecería que a lo largo del tiempo no hubieran existido las matanzas de naciones contra otras, y simplemente se nos han olvidado los millones de personas que se han matado entre sí por las decisiones asesinas de unos cuantos (en guerras civiles, por mandato divino, en defensa de sus dioses verdaderos, por la posesión de las riquezas naturales de otros, por engrandecer imperios o en las recientes dos guerras mundiales…).

Hoy, en esta desmemoria, socialmente nos están preparando para aceptar el fuego homicida de una tercera guerra mundial. En este escenario, los bandos enfrentados, en un escarceo maligno, enseñan sus misiles más atómicos, los destructores más destructivos y los aviones cargados para la matanza aérea.

En este contexto, le cantamos a la “normalidad” de la violencia callejera, que se empareja en crueldad con las guerras internacionales, donde unos se afilian a un bando y otros al de al lado. En esta oposición, sus líderes sostienen una guillotina que amenaza la vida del planeta del cual formamos parte. Además, en este ambiente, algunos enceguecidos aplauden y afirman que “las guerras son buenas porque nos dejan la gran tecnología que hoy gozamos”.

Y en este gozo perverso, la empatía y la compasión se quedan pequeñas ante tanto adelanto tecnológico.
Ni quién lo dude: uno es —quisiera poner “fruto” o “resultado”, pero tengo dudas: la primera es un manjar que con fruición disfrutamos, y la segunda me parece muy comercial y algo más—, y por este más, me quedo con la segunda: el resultado. Aunque esta palabra nos orienta hacia un determinismo, como si “fuéramos violentos por naturaleza”. Pero no es así: el ser violentos lo vamos aprendiendo del medio que nos rodea.

Le comento: en cierta ocasión, cuando preparaba una presentación, una persona muy actualizada en publicidad me sugirió que no utilizara fotos de personas para expresar ideas.
—Es anticuado, mejor pon figuras de monitos porque estos tienen más impacto de actualidad en el auditorio —me dijo.

Me pregunto si esta “actualidad” podría ser una estrategia subliminal para enmuñequecernos.

Le decía que la palabra “producto” tiene más significados, porque somos un producto, pero un producto muy especial: no acabado, no terminado, con la capacidad de irnos formando mientras dure nuestra vida.

Y esta capacidad, la de irnos haciendo, empieza desde la fecundación, allá en el útero de nuestras madres. De tal modo que, cuando nacemos, ya tenemos un sentir inteligente, con la capacidad para percibir el entorno que nos rodea. Este entorno nos impacta, nos afecta, y a través de esta afectación (pathos) vamos aprehendiendo (inconscientemente) a saber sobre los afectos: la ternura o el enfado de quienes nos rodean. Desde aquellas edades uno responde con sonrisas o llantos, y por ahí, entre diálogos o gritos, arrullos o silencios, miedos y temores, o acercamientos confiados…, se va dibujando nuestra autoestima, que a través del tiempo enseñamos en nuestro comportamiento: mostramos nuestra personalidad, comprensiva, empática y compasiva, o apática y fría.

Perdón, ya me vi muy determinista. Pero no. Cada uno de nosotros, por genética, tenemos tres dimensiones: una individual, otra social y la tercera histórica. La primera, como individuos, nos deja siendo entidades únicas. Esta limitación y/o grandeza, a su vez, nos hace ser sociables. Y en esta sociabilidad construimos sociedades en nuestros pueblos. Estos, con la pluma de sus costumbres y tradiciones, han venido escribiendo sus propias historias (violentas o pacíficas, guerreras y expansionistas, democráticas o sumisas…).

Historia —saque usted cuentas de la nuestra— que impacta en las instituciones sociales (familiares, laborales, políticas, escolares, religiosas, musicales…), que nos afectan, a cada uno de nosotros como individuos.

Le decía que usted y yo somos seres inacabados, abiertos, en donde, en este teatro de la vida, hemos venido participando en los distintos escenarios por donde vamos haciendo nuestras vidas. Unas veces lo hacemos como autores, otras como actores del reparto, y hasta como desecho. El problema es cuando uno se apropia del escenario, de la escena, y se adueña de la “verdad” (un dictador), con sus respectivos y persistentes actores borregos: “Lo que usted mande”.

Pero va una buena noticia: mientras tengamos vida, podemos revertir nuestra manera de cómo hemos venido siendo.

Es más: en nuestra cuadra, en nuestra colonia, en nuestra ciudad, en nuestra nación, en nuestro mundo, es infinitamente superior el número de personas empáticas y compasivas. Pero, aun así, tal vez sin darnos cuenta, nos hemos enmuñequecido, algo o mucho. Y quizá tendríamos que cambiar, para tratar de revertir esta historia apática y fría, que, querámoslo o no, es la historia nuestra.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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