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domingo, marzo 22, 2026

Elogio a la bondad

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Los predicamentos que exaltan el crecimiento personal aumentan excesivamente. A diario recibimos consejos sobre cómo alcanzar una vida plena, la mayoría centrados en diversos procedimientos de autocuidado que, en teoría, nos llevarán a la plenitud existencial. Las ideas predominantes en el ambiente social se centran en la abundancia del “yo”. Este enfoque deja fuera la dimensión relacional de los seres humanos. Se olvida que, gracias al sentido comunitario de la humanidad, nuestra especie ha alcanzado la supervivencia y el predominio de la civilización. Los gurús de la superación personal aconsejan trabajar en uno mismo para eliminar toda toxicidad y cualquier conflicto con la realidad. La negación de lo negativo produce una interpretación del mundo falsa, fría y egoísta. Pareciera que evadir el dolor y la debilidad es una virtud para aquellos que, en soledad, intentan alcanzar la cumbre. Se nos incita a crear nuestras propias islas utópicas, libres de dolencias y miseria, que satisfacen nuestras fantasías, en las cuales se cumplen nuestros deseos, se vive lo que manifestemos y solo es habitada por las personas que nos agradan. Islas lejanas que excluyen al otro, al distinto, al marginado, al que sufre y al bueno.

La bondad se confunde con idiotez. Idiotizamos a los buenos al exaltar a los audaces, a quienes buscan una independencia banal. El cuidado al otro, al desfavorecido, se convierte en una carga, en una oposición y un obstáculo para la perfección individual que tanto nos presumen. La enfermedad, la vulnerabilidad, la vejez y la fragilidad incomodan en una época que venera el cuerpo, exalta el placer y adora la riqueza. El arquetipo del éxito en la sociedad del consumo es el del ganador, aquél que siempre consigue lo que se propone. No me malinterpreten, la determinación y perseverancia son loables, pero es irreal pensar que en la vida no hay rupturas, derrotas, rompimientos, tristeza y sufrimiento. El viaje de la existencia no se asimila a un crecimiento constante y exponencial. Es falso creer que se asemeja al interés compuesto; es más bien inconstante y mutable. A todos, tarde o temprano, nos llega la extrema adversidad, y en ella, el auxilio de los otros, de la comunidad, se convierte en la única vía de rescate.

El bueno es sensible al dolor ajeno. Ejerce una fuerza transformadora en el otro. Funge como un cimiento que, en momentos de dificultad, sostiene a quienes reclaman ayuda. La bondad es extraordinaria porque contempla con ojos puros la valía de quien está perdido y ofrece una mano solidaria para ayudarlo a encontrarse. No distingue entre ganadores y perdedores; proyecta igualdad, amor y compasión. Sin prejuicios, ayuda desinteresadamente. Son los buenos los que confrontan a estructuras sociales enfermas de éxito y perfección que, indirectamente, fomentan el egoísmo y la competitividad, haciéndonos creer que el otro es un adversario al que debemos derrotar. Sistemas que promueven la desconfianza y fomentan el crecimiento personal como un placebo que ciega la vista de quienes están alineados con él. La superación personal es una terapia engañosa que elimina al otro de nuestra ecuación para evitar que demandemos su bienestar.

Me emociona conversar con almas sensibles, con bondadosos, porque son una especie en peligro de extinción. Ellos afrontan los preceptos salvajes de la tierra, la humanizan y la hacen hermosa. Sus miradas irradian pureza. Sin embargo, son incomprendidos, apestados por las leyes de la fuerza y del mercado. Actúan en contra de los estigmas que se propagan en las redes sociales de autosuficiencia; se les considera vulnerables, tontos y débiles.

Contrario a lo que se cree, son auténticos, trascendentales, buscan más allá de lo material. Su sentido de existir supera las barreras del tiempo y del espacio. Entienden la autonomía personal como una comunión que engloba tanto al “yo” como a la otredad; están en armonía con el otro. No se escandalizan con el sufrimiento y el dolor; en cambio, se compadecen de ellos. Son incapaces de concebir el mundo en un aislamiento porque lo perciben en unidad. Entran en tierras estériles, toman el estiércol y siembran con abono para hacer florecer el lugar que han pisado.

A mí me excitan los buenos porque considero a la bondad como la verdadera forma de grandeza humana. Sus vidas son luminarias que encienden los caminos que recorren. Están por encima de las reglas heterónomas que invitan al olvido del otro en favor del interes personal. Es tanta oscuridad la que se propaga en el mundo, que solo los buenos pueden contrarrestarla. Son almas que en la penumbra nos guían hacia el amanecer.

Elogiar la bondad no nos hace débiles, sino humanos. Entre tanta automatización, perfeccionismo, individualismo y  mercantilismo, las almas buenas son el único antídoto que nos queda para hacer de este mundo un lugar mejor. El problema es que en una humanidad tan imbuida de corrupción moral: ¿quién está dispuesto a elogiar a los buenos?

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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