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lunes, junio 1, 2026

Él, vuela libremente por las lianas de sus trazos

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¡No!”, me respondió enfática “el que te pudo haber entregado la pintura ya no está”.

Fue una tarde de diciembre de 1996, cuando fui a dar el pésame a la familia Peña Dessens, por la muerte de Roberto quien dos días antes había muerto “de una simple diarrea”.

El recuerdo de aquel suceso me llevó hasta los finales de la década de los sesenta, cuando Roberto realizaba una exposición en una espaciosa aula del Museo de la UNISON. Fue ahí, cuando me impactó la silueta de un desnudo femenino de escasos quince centímetros de alto, de un color como tu color, sin contornos ni maquillaje, con una desnudez total, que irradiaba luz, en el fondo de ráfagas azules ascendentes, y de sus pies, el mestizaje de colores, iluminaba el espacio. Me asomé entre el azul ocre de aquel cuadro de unos sesenta por ochenta centímetros para saber lo que costaba y. triste, me retiré del lugar. Casi treinta años después, me volví a topar con aquella luminosa figura.

Entre aquel tiempo pasaron los años, y una tarde, Roberto me visitó en mi consultorio, platicamos “no sé de qué cosas” y entre estas, le llamó la atención un cráneo humano que tenía en lo alto del librero, lo llevó a sus manos y ahí supo, que yo lo conservaba desde mis tiempos de estudiante de medicina, cuando el maestro Acero nos sugirió fuéramos a la Administración del panteón de Mezquitán, a solicitar permiso para exhumar huesos de tumbas olvidadas para  estudiar “en vivo” la clase de Osteología.  Y enseguida, como “el viejo enterrador de la comarca”, a lo Julio Flores, “como muertos escapados de la fosa”, nos llevamos en un costal al hombro el esqueleto entero de aquel de quien tanto aprendimos. “Ah”, como no queriendo la cosa, Roberto me dice, Fíjate, José. Mi papá se cayó y no puede andar, cúralo y yo te pago con una pintura. ¿Qué quieres que te pinte?”  “Algo relacionado con la maternidad”, le respondí. Ya de salida me pide, “Préstame al muertito para pintarlo” y el difunto pasó a mejor vida.

Por aquellos entonces, un día Roberto me pregunta, “¿José, no te gustaría ser chango?”, ¿Para qué?, le respondí y dando una mueca de salto con los brazos en alto, contesta, “Para volar libremente por las lianas”.

Roberto cumplió con la deuda. “Te voy a llevar la pintura a tu casa para presentársela también a unas personas a quienes invité”.

La noticia se la comuniqué a Carmen. “El próximo viernes, Roberto va a traer a unos invitados a la casa para entregarnos la pintura”. “¿Quiénes son?”   “Lo ignoro”. “¿Cómo son?” “No lo sé”, y la incertidumbre apareció en la escena.

¡Toc, toc! “¿Aquí vive el dr José Rentería?” “A sus órdenes”. “Soy la directora de Extensión Universitaria de la UNISON”. De esta talla fueron sus otros convidados.

La Obra, contiene la historia completa de la fecundidad femenina-masculina, la placentación de unas manos maternales sosteniendo la gestación de quien vive por ahora en su cuerpo, al lado están los ancestros vigilantes de su estirpe, ahí está la ciencia alumbrando el crecimiento y desarrollo del porvenir de quien ya es y en los confines del lienzo, la muerte, en donde termina la generación de la vida.

Enseguida uno de los invitados, quedamente al oído, en tono de reproche me susurra: “Roberto es un artista no un copista”. Con el bofetón recordé, cuando le entregué a Roberto unas fotos de pinturas sobre la maternidad para que copiara alguna de ellas. Él, las enrolló y se marchó sin decir palabra. Me disculpé.

La amistad con Roberto viene de Pedro su hermano, entrañable acompañante de mi vida desde la secundaria, quien no solo fue testigo de mi matrimonio con Carmen, si no, también de, Marco mi hermano, cuando se casó con Marta.

Roberto, tuvo días con sus noches en los cuales prácticamente vivía arrinconado entre los pichones de aquel museo, entonces, fue cuando mis pacientes creían que yo pintaba, pero no era así. Por las mañanas le prestaba la sala de espera de mi consultorio, ahí, Roberto con sus caballetes, brochas, espátulas y colores se columpiaba por las lianas sus trazos.

Cierta mañana, cuando caminaba por la que aún no era la milla de la UNISON, me topé con su rector. Le expuse la situación de la salud física-emocional-social-económica de Roberto, le pregunte sobre si él tendría algún sueldo como maestro de pintura o de perdida como empleado de mantenimiento. “Déjame ver el asunto”, manifestó. Entonces los murales de Roberto ya embellecían las escuelas de Altos Estudios, antes edificio de mi secundaria y el Departamento de Matemáticas, en donde desde la fachada principal te saludan los rostros de Descartes, de Newton, creo ahí está Arquímedes y más, y junto a ellos, en sobre relieves las paradojas de los nudos matemáticos. Arte de Maestro.

Ahora regreso a los principios del año de 1996, cuando le encargué a Roberto una pintura que le tomó bastante tiempo realizar. Una mañana me preguntaba ¿le pongo sapos? “Pónselos” y le pagaba por cada anfibio. A las semanas me informaba, “le agregué matas de mariguana por el camino”. Eran los detalles para ambientar el vía crucis de un Cristo actual, motivo del óleo, quien por cruz llevaba un pesado fardo que aplastaba el cuello y los brazos extendidos, como los que cargan y descargan los trabajadores de los furgones del ferrocarril, y a los lados indicando el rumbo. Debían de estar el sumo sacerdote Caifás y Herodes como representante del gobierno de Roma. “Qué te perece si ponemos a los personajes de ahora”. “Píntalos”.

Dos semanas antes de su muerte fui por mí cuadro. “La pintura está fresca. La próxima semana ven por ella”. Ahí le pregunté por aquel dibujo del desnudo femenino. “No sé dónde quedó, aquí tengo unas cajas, búscalo”, y sacó unos rollos atados con cintas. Desenvolví uno, dos… y, mi sorpresa entre el moho, lo encontré, sucio, roto, con huellas de llanta de carro en el dorso. Por qué está así. “Alguien lo quiso retratar, lo subió al techo del museo y una ráfaga de viento lo echó hasta la Rosales y un carro le paso por encima”. ¿Cuánto cuesta?. “Está muy feo, quítale un cero al precio y llévatelo”.  Roberto tenía su piel amarilla y sus escleróticas con un tinte amarillo verdoso.

Los familiares me comentaron: “Roberto murió antenoche por una diarrea, no sufrió”. “¿Cómo fueron las evacuaciones y qué color tenían?” “Eran líquidas y de color negro”. Ignoro el diagnóstico asentado en su certificado de defunción. Pero creo, fue un sangrado masivo por una ruptura de una vena varicosa de su esófago que pronto lo llevo a su muerte.  

Después de los saludos de aflicción y compasión le pedí a Enrique, hermano de Roberto, me entregara mi pintura y en ese momento su hermana Magdalena imperativamente exclamó: “no te lo podemos entregar porque el que pudo haberlo hecho ya no está”. “Pero es mía”. “Él, ya no está”. Entonces pensé, es probable Magdalena por ser monja, la va a quemar.

Todo esto que le cuento, volvió a renacer, porque hará escasos meses de este 2022 que acaba de terminar, a José Aurelio, mi hijo, lo visitó como paciente una parienta de Roberto, quien le comento que aquel tesoro mío, que creía había terminado en la hoguera, sigue vivo. Un político lo compro.

Roberto, PINTOR MAESTRO, sigues aquí. Hoy vuelas en libertad en las lianas de tus trazos.

José Rentería T.

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