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jueves, octubre 15, 2026

Pocos días aquí

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Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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Hace poco menos de un mes, en un salón lleno de profesores, me di cuenta de una realidad que ahora parece demasiado obvia pero que nadie quiere asumirla como tal: no hay manera de volver al pasado. Parece como si quisiéramos, cueste lo que cueste, volver a esos días antes de marzo de 2020, en el que la vida seguía su curso y la amenaza de un cambio radical era meramente geopolítica, económica, social, ambiental, y un largo etcétera.

Ahí, una mujer que se dedica a enseñarles árabe y francés a sus alumnos me confesó, casi como en un suspiro: “ya nada es lo mismo. Nuestra profesión no es la misma, ni los alumnos son los mismos, ni la institución. Y no se qué hacer con eso”.

Esto es una obviedad. Ojalá volver al pasado fuera tan simple, o mejor, que ese futuro posterior a una pandemia que no se acaba fuera como lo imaginamos durante estos años. Ojalá hubiera un día perfecto y redondo en el que la vuelta de tuerca se completara y listo, ahí estamos de vuelta, enteros, sin buscarle mucho al asunto y listos para el día a día de siempre.

Uno de los síntomas que veo más frecuentemente en la profesión, además de que un número inmenso de profesores se han puesto a hacer alguna otra cosa dejando sus puestos vacantes por todo lo largo del país, y del mundo, es que hay una especie de resistencia a aceptar el presente. Y tal vez pase con todas y todos fuera de la educación: nos resistimos, todo el tiempo, a siquiera sentarnos a entender nuestra propia condición. Es más sencillo decir: ya está, la pandemia se acabó y todo ha vuelto a la normalidad. Es más sencillo decir: este cuerpo es mío y sólo mi responsabilidad. Es más sencillo decir: ya no tengo miedo de la voz, del aire del otro.

El trauma colectivo de la pandemia es tan profundo que, como sociedad, hemos preferido negarlo a abordarlo de lleno. Aunque sea con números: 330,000 muertos en México sólo en dos años y medio; más de un millón en Estados Unidos. 6.7 millones de personas en el mundo entero. Y qué decir de aquellos que viven con secuelas, que perdieron sus capacidades más elementales para respirar, para hacer actividad física, para trabajar, para comer y beber, etc.

Más aún, nos hemos negado a atender el miedo, ese terror que sólo puedo comparar con los regímenes autoritarios más sensibles de nuestra historia. Se los decía hace muy poco a mis alumnos cuando hablábamos de las dictaduras latinoamericanas a partir de finales de los 50’s: en estas racionalidades políticas, el mayor poder es el temor más profundo, ese que te hace temer de tus amigos.

Las pérdidas se cuentan por los cientos de miles, pero son muchísimos más los que perdimos por las intensas diferencias ideológicas y de información en las que nos enfrentamos. Sé que no estoy solo en decir que perdí amigos muy queridos precisamente porque no compartíamos el mismo suelo de la realidad. Se vale tener opiniones encontradas, incluso información distinta o contradictoria. Se vale decir, por dar un ejemplo demasiado sencillo, que alguien quiere cerrar una puerta y otra dejarla abierta. Pero cuando esa persona más bien te responde, ¿cuál puerta?, entonces estamos perdidos. Nos quedamos solos cuando no podemos ni siquiera estar de acuerdo con lo que está justo frente a nosotros.

Me parece que esta necesidad, o necedad, de querer simplemente seguir y ya, de no atender este temor al otro, ese terror que le tuvimos a la cercanía de nuestros seres queridos, ese temor a estar con/para los demás, es sumamente dañina. Al final, el pesimismo siempre gana cuando pensamos en estas cosas: no hemos aprendido nada.

Recuerdo cuando uno de mis tíos estuvo a punto de morirse de un problema muy serio de salud. A pesar de rastrear las causas de sus males a una mala atención médica de uno de esos farsantes de la medicina “natural” que tanto sigue la gente en Hermosillo, por pura presión, fue y se atendió por fortuna en un hospital en forma. Se salvó de milagro. Uno podría asumir que después de un trauma como ese, de ver a la muerte a los ojos, habría un cambio de parecer, un aprendizaje, por lo menos un mero instinto de supervivencia – como los perros que no caen en el mismo hoyo dos veces. Pero no, ahí va de nuevo con el farsante.

Así estamos como sociedad. Tenemos ahí, en las narices, las causas de nuestros males, y después de caer en el hoyo por tercera vez, caminamos por la misma vereda.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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