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sábado, julio 18, 2026

Historia de un güiro

L. Carlos Sánchez
Periodista y escritor sonorense, autor de varios libros en los géneros cuento, crónica, y novela.

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Columna Contracanto

Nos encontramos un güiro en la calle. Lo sentimos como herencia del cielo. Veníamos pedaleando la veintiochona que le robamos al jefe del Varisto, el don la usaba para irse a su chamba, nosotros para irnos a la fiesta.

Esa vez nos la pusieron cruel: hasta el poblado más lejano, el que colinda con la arena del mar. Apañamos una mochila y dos mudas. Bailaríamos toda la noche con rolas del Tropicalísimo apache, ese era el plan.

Nos fuimos entonando las que más nos gustaban: Y la yerba se movía, Las palabras, Viento, Una copita de ron, y las otras que solo eran frases de canciones no aprendidas. Divisamos a lo lejos el borlote, un camión enorme con cargamento de cumbias, como dice el popurrí de los apaches.

“Bajen las bocinas y les disparamos las cheve”, dijo uno de los secres, el que vestía de overol y gorra de los yankees. A huevo que sí, dijo el Varisto. Yo me acoplé porque sabía que más que las cheves, el boleto de entrada estaba seguro, porque desde ese momento nos convertimos en ayudantes de los músicos: pasto, corral y agua, en primera fila y a  primera hora.

Nos quemamos de cerquita todo el ensayo, la prueba de sonido, los pasitos de lado que da la banda. Mientras ellos ensayaban nosotros armábamos las acciones venideras. “Tú te lanzas con las morras aquellas, me dijo el Varisto, les dices que andamos chambeando de ayudantes de los músicos, pero que muy pronto nos darán oportunidad de debutar como cantantes”.

Un salibero que me salió nomás las vi que venían con sus mejor ropas. No mucho verbo, les dije: ya tenemos jale y pronto estaremos recorriendo las ciudades. Por la sonrisa de una de ellas supe que no me creyó.

El chiste es que bailamos toda la nait, bajo promesa que el vocalista del Apache les dedicaría una canción de amor. Y la bailaríamos en el centro de la cancha. Al rato se les olvidó la promesa, ya con el zumo de la emoción nos pusimos más que románticos. Rodamos tras las lomas y hasta el asomo del sol.

Yo venía pedaleando de vuelta para el barrio, ya zumeado, como cuando el dolor de chompa apenas se asoma. “Te dije que no les dijeras la neta”, me reclamó el Varisto como consecuencia esa de que las morras hayan salido corriendo cuando me animé a contar la verdad.

“Las teníamos a tiro de piedra, menso”. El silencio fue respuesta. Pedalié más duro porque me mortificaba la hora de entrada a la chamba del jefe del Varisto, él sí tenía un trabajo fijo y la responsabilidad de los morritos que criar.

En el pedaleo quemé cinta y recurrí una y otra vez al momento cuando la morrita me dijo que la música es lo de menos, que las palabras de verdad son las que cuentan en una persona, debe ser por eso que mejor les tiré la neta. Ya lo que pasó después, que se avergonzaran porque ni la bici es nuestra, pues ya no fue mi bronca.

 Lo baila’o ni Dios lo quita, oí un día decir a mi jefita. De esa vez cuando oyendo la radio se puso a echar dancing, en sus movimientos inocentes y desde la memoria extrayendo el máximo esfuerzo de sus días de chamaca.

Antes de llegar al barrio nos encontramos un güiro, el Varisto brincó de la baica y lo tomó como se toman las manos de una novia. Lo vi feliz, sacó un peine de la bolsa trasera del pantalón. Fiesta a ritmo de pedales. No hizo falta pertenecer a un grupo musical, la espontaneidad emergió desde la entraña. Cantamos todas las rolas de nuestra preferencia, y antes de caer en la banqueta del changarro de don Serapio, el güiro llenó de música la calle.

Esa vez supimos que los regalos más enormes de la vida pueden surgir desde los elementos que la misma vida nos pone en las manos. Una bicicleta y un güiro, por ejemplo.

Ya calmado el Varisto me disparó una soda, como para bajar el dolor de cabeza por la cruda. Me dijo esa vez que algún día conduciríamos un camión de pasajeros y como entretenimiento para los usuarios, programaríamos puras rolas del Tropicalísimo apache.

Yo nomás me quedé viendo el horizonte mientras el jefe del Varisto pedaleaba rumbo a su jale.

L. Carlos Sánchez

Aviso

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