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sábado, febrero 7, 2026

Los elementos de Ignacio Mondaca

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In Memoriam

Más que una reseña generosa, hoy se trata de recordar a Ignacio “Nacho” Mondaca Romero como una figura central de las letras en Sonora. No es sólo un testimonio de su presencia, sino un reconocimiento bien merecido a su labor literaria, una especie de elegía tras su sensible fallecimiento el fin de semana pasado.

Podría ponerme a hacer una historiografía más o menos documentada de la vida y obra del escritor Mondaca, pero mejor me quiero centrar en su faceta menos conocida y, por ende, la menos recordada o pensada a fondo. Además de decir que Órbita de los elementos, publicada en el 2012 por Mantis Editores en coedición con el IMCATUR de aquel entonces, le valió el X Concurso de Poesía del Pitic y el reconocimiento Alonso Vidal, habría que decir que es también el primer libro de poemas que salió de su pluma

La generosidad de sus palabras se refiere aquí en proporción a la misma generosidad de sus textos. Hablar de su labor con la palabra – que es, sin lugar a duda, un trabajo – es hablar también de una persona comprometida con la literatura y su impacto necesario en la sociedad. Esto es lo que pasa cuando tenemos que escribir sobre los poetas del presente: casi siempre son nuestros amigos o nuestros enemigos. Me gustaría pensar que Nacho fue amigo mío junto con la inmensa mayoría de los actores de la literatura en Sonora en nuestros días.

Lo primero que hay que decir sobre Órbita de los elementos es su meticulosa desviación del verso para llegar en ocasiones al versículo, o incluso en lugares muy afortunados al poema en prosa. Uno de sus hallazgos más notables es esta navegación hacia el poema que arrastra, como estela en el agua, su largo trabajo como narrador.

En ocasiones, sus poemas en prosa le recuerdan al lector ese flujo de conciencia que Mondaca conocía muy bien de leer a los narradores latinoamericanos del siglo XX, en especial a Alejo Carpentier con su Concierto barroco. Me atrevería a decir que en este poemario hay también algo de Lezama Lima, y eso es decir mucho.

Hay un atrevimiento a veces tímido con el verso en algunos cuantos textos en este libro breve y en ocasiones opaco. Pero los hallazgos son alegres cuando Mondaca hacía lo que brillaba por conocido. Cuando el poema se acercaba a su prosa narrativa, cuando estaba más de cerca el ensayo que el poema, ahí encontramos la luminosidad de su centro.

Lo que es claro es que no se trata de una serie de textos contemplativos. Mejor, los poemas de la pluma de Mondaca son inmensamente intelectuales a pesar de enmascararse con un comentario casi banal de lo visto.

No puedo resistirme en citar “Obituarios”, no por la ocasión sino porque se nos da como una ofrenda para la memoria. La voz del poema aquí se detiene en la minuciosidad de su descripción, en la textura sonora de las palabras con el pleno conocimiento de que la realidad es siempre pensar la muerte:

“(…)Los ratones agujerean frenéticos los sacos de maíz en la miopía de la supervivencia.

Amanece el día entre sueños húmedos, hatillo de renuncias contrapuestas en el transcurrir, bajo el vuelo de una lechuza rezagada. En el bosque los incendios se cuecen con la venia generosa de las nubes. Hay un final de resaca esta mañana, hay estupor de líquidos nocturnos; las auras se mecen en la altura en un colofón de muerte.

Extraños obituarios circundantes.”

Como rodeado por lo inevitable, el poema describe su propio entorno en la única materia posible: la palabra. Al final, la obra de Mondaca fue esa exploración, a veces seria y juguetona de las palabras. Qué lástima perderla ahora, diría yo.

Que queden los esfuerzos del poeta. Que queden, pues, los poemas que son lo que más importan ya.

Dr. Bruno Ríos

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