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jueves, agosto 13, 2026

Rojo atardecer

Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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La voz en el teléfono es familiar y a la vez ajena. Es una voz conocida que, además, le es imposible hablarme en español. Y es el que hay ciertas emociones que no pueden decirse en una segunda lengua, en una lengua que no es la de más adentro, la lengua de los sueños. “Estamos viviendo una pesadilla”, me dice. Y yo no sé qué otra cosa hacer más que guardar silencio.
Uso en el título de este texto, muy adrede, la alusión a otra tragedia que fue inmortalizada en la pantalla grande en 1989 bajo el título de Rojo amanecer. Y aunque lo hoy nos atañe aparentemente no tiene nada que ver con Tlatelolco, el 68, y el rojo amanecer de los muertos en aquel octubre, la analogía me parece importante.
Sin minimizar a los muertos de entonces, creo que es importante pensar el nuestro rojo atardecer de ahora. A la distancia, gracias a las incontables publicaciones de mis amigos y colegas en redes sociales, la tez rojiza del cielo hermosillense de los últimos días se vivió como un mero acontecimiento inocuo. No es para menos, es inédito ver un espectáculo natural de tal magnitud en el desierto sonorense.
Los hermosillenses acudieron al Cerro de la Campana para ver ese atardecer casi apocalíptico, casi propio como si fuera un augurio. El problema está en que ese gesto, esa foto, ese asombro está demasiado lejos de las causas.
Mientras veo a mis coterráneos sonorenses disfrutar del espectáculo, mi amiga se apresura para abandonarlo todo. Su casa, y la de todos sus vecinos, están ya en peligro inminente y no hay otra cosa que irse. Todo lo largo y ancho de la costa oeste de los Estados Unidos está en llamas.
Una cosa y otra cosa, un lugar y otro. Dos experiencias distintas de lo mismo, y por ende, dos medidas distintas de la gravedad del asunto. En Hermosillo se sienten las consecuencias de la muerte lenta de la que todos somos partícipes, aunque no se den cuenta. Y yo también, aquí, escribo desde el privilegio de no tener que ver ese rojo atardecer.
Pareciera mentira que uno de los primeros teóricos que auguró nuestro presente lo escribió muy claramente el mismo año en el que cayó el muro de Berlín, hace ya casi 31 años. Bill McKibben, en su libro seminal The End of Nature, definió de forma contundente algo que ahora es cada vez más obvio. Decía, ya entonces, “cambiamos la atmósfera y por ende cambiamos el clima. Al cambiar el clima, hemos hecho que todos los rincones de la Tierra sean artificiales, man-made. Le hemos quitado a la naturaleza su independencia, y eso es quitarle también su significado. Su independencia es su significado; sin ella lo único que queda somos nosotros”.
Uno de los fracasos de la humanidad es darnos cuenta de que la lentitud de nuestra autodestrucción es el mayor de los peligros. Somos mucho más astutos cuando la emergencia es inminente, cuando hay que reaccionar al tiro, de forma inmediata. El cambio climático es un augurio que tiene más de cien años y aún así seguimos viéndolo como un mero espectáculo gradual en el que las consecuencias están más allá de nuestras vidas.
El rojo atardecer nos demuestra lo contrario. Estamos viviendo ya el apocalipsis, el colapso prolongado y doloroso de nuestra forma de vivir, de nuestra relación con lo natural como algo que ya ha desaparecido.
Pensemos en esto como una forma de melancolía, como una tristeza que pueda producir algo más que la contemplación. Lo dijo mejor, también, McKibben:
“Existe entonces esta tristeza por haber perdido algo por lo que apenas comenzamos a luchar y, además, la tristeza adicional, o la vergüenza, de darnos cuenta todo lo que pudimos haber hecho. Todos hemos sido partícipes de esta idea por ya más de medio siglo de que nuestra prosperidad y tranquilidad es sostenible cuando no lo es. Sabíamos, casi por intuición, que la Tierra era incapaz de sostenerla. Más allá de soluciones fáciles, no hicimos mucho más. No cambiamos nuestra forma de vivir para prevenirlo. Nuestra tristeza es, entonces, casi como una respuesta estética – apropiada por haber destruido a martillazos la más increíble, inmensa, prolífica y proporcionada obra de arte, la más perfecta escultura”.

Aviso

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