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viernes, marzo 13, 2026

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Columna Desde la Polis
Durante décadas, México padeció dos fenómenos, críticos para esta reflexión. Primero, aún cuando el sistema educativo no estaba tronado (como hoy), la población estuvo controlada por una fuerza monolítica y hegemónica -el PRI- y ello impidió que la gran mayoría pudiese desarrollar su cultura política. Sumado a lo anterior, las fuentes de información impresas estaban controladas por los gobiernos locales y por el federal. En aquella época, una de las principales herramientas de “información” (control) fue la televisión. Lo anterior se sintetiza en dos conocidas frases del histórico dueño de Televisa, Azcárraga Milmo: “Yo hago televisión para los jodidos” y “Somos soldados del PRI y del Presidente”. Con su noticiero estelar, Televisa (y después TV Azteca, como duopolio informativo) fue el brazo propagandístico del gobierno, alimentando a la gente con la versión que el poder deseaba proyectar. Esto se recrudeció durante los últimos treinta años del siglo XX. Claro que existieron figuras -históricas- que ejercieron el periodismo contracorriente, pero fueron excepcionales.
En los últimos veinte años, ocurrieron dos cuestiones que nos llevan al estado actual: se dejó en coma al aparato educativo (los exámenes internacionales demuestran un analfabetismo funcional en la niñez mexicana) pero aumentó -gracias al internet- el acceso a la información de toda índole. En este contexto, el gobierno abrió la chequera para engrosar el repertorio de opinadores y periodistas bajo contrato, así como de intelectuales orgánicos. Conforme empeoró el desempeño gubernamental, estos personajes tuvieron que ejecutar maromas cada vez más complicadas para “explicarle” a la gente que no todo era malo. Paralelo a esto, vino la elección del 2006 y el posterior golpeteo al candidato “peligroso para México”. Tras el fraude, López Obrador sintió la metralla de articulistas, presentadores de noticieros y demás comunicadores que cobraban en el gobierno. Por ejemplo, en Youtube hay entrevistas donde López Dóriga o Loret se mofaron en su cara; sólo les faltaba decirle que estaba loco. Inevitablemente, el chayote estructural (telebasura y plumas contratadas) de la era prianista perdió credibilidad: le mintieron a la gente, pintando un paisaje alejado de la realidad.
Llegó el 2018: un país sumido en la crisis económica, social, educativa y política. Arribamos a las urnas millones de mexicanos enardecidos por la violencia (en proceso avanzado de normalización social), por la falta de oportunidades, por la desigualdad, por la majadera vida que se daban nuestros gobernantes de quinta. Pero ese mismo pueblo también llegó muy castigado por la ignorancia, producto de un sistema al que fue sometido con imperdonable perversidad. El inigualable colmillo tabasqueño les llamó buenos… y sabios.

Todos aquellos articulistas, pseudointelectuales, periodistas y comunicadores en general que, encumbrados por el régimen anterior se dedicaron a atacar a AMLO, tienen dos años con el cordón umbilical desconectado del erario. Sin embargo, con los nuevos tiempos ha emergido una fauna de neochayoteros que despliegan un grado de alabanzas tan exageradas hacia López Obrador, que ni en sus sueños más guajiros hubiera añorado Peña Nieto. Hay años luz entre la adulación -frente al presidente- de un Lord Molécula (el del bigotito que está en primera fila en las mañaneras) y la que desplegó, por ejemplo, Lilly Téllez cuando reconoció a Peña por su “audaz visión reformadora”. Estos nuevos peones tienen una calidad de análisis tan pobre que no aguantan un debate con los gángsters sofisticados del régimen anterior (ejemplo: el reciente “diálogo” youtubero entre un tal Sin Censura y Javier Lozano). Sin embargo, por las condiciones (descritas en este texto) que guarda nuestro pueblo -y por la necesidad de descargar el enojo en algo o alguien- los neochayoteros son populares.
Hoy, los ex-chayoteros más hábiles (son poquitos) sobreviven a base de bombazos periodísticos, que nos guste o no… son veraces. Así han sido descubiertos los desfiguros de los Bartletts, los Ackermans, los Robledos, y el más reciente fue Pío, el hermano de las aportaciones. El presidente ya hasta pidió que Loret revele cómo fondea su programa, aludiendo a la transparencia como si se tratase de una institución oficial. De inmediato, la fauna neochayotera salió al ataque con un sólo argumento: esos que cuestionan al Presidente fueron chayoteros, siempre nos mintieron y le hicieron el juego al régimen que dañó al país. Tienen razón, pero… ¿qué hacer con esas verdades expresadas por gente como Loret?
Sospecho que la mayoría de los mexicanos enfrenta -quizá inconscientemente- paradojas importantes: ¿A quién creerle, a los de antes -que furiosos, hoy golpean con verdades- o a los de ahora, que maquillan la realidad para disfrazar los problemas? ¿Merecen ser escuchados los ex-chayoteros, aun cuando digan -por primera vez- la verdad? Con independencia de las respuestas, creo que estamos progresando porque aun con la emulación actual de algunas prácticas de antaño, la verdad nunca le hará daño a la gente: el peor de sus riesgos es que nos acercará a ser libres.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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Opinión

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