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sábado, junio 12, 2021

¿Es usted conservador?

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Predomina la creencia de que la crisis política en que se encuentran sumidas prácticamente todas las sociedades nacionales deriva de visiones encontradas, cosmogonías antitéticas y discrepancias éticas y morales.
Se insiste demasiado en que son estas las causas del desacuerdo y la falta de consensos, pero vale la pena mirar a otro lado en busca de otros posibles factores, tal vez más sencillos y que pueden estar siendo ignorados, pero determinantes de diferencias infranqueables.
Hablo de lenguaje, conceptos y definiciones, polisemia y el poco énfasis y relevancia que concedemos al acto de comunicar, afectando negativamente el entendimiento mutuo. Este tema ha sido inconscientemente de mi interés desde la licenciatura, aunque nunca lo he estudiado a profundidad.
De forma un poco forzada tal vez, pero de esto trata “La actitud conservadora” de Michael Oakeshott, que me hizo recordar ese viejo tema que llama mi atención. Socialista, comunista, capitalista, neoliberal, demagogo, conservador y populista son tan solo unas cuantas de las palabras favoritas de los neófitos para entrar al debate bizantino sobre qué ideología es poseedora de la verdad absoluta.
En este ensayo el autor pugna por una defensa de la actitud “conservadora”, profundizando en el sentido y definición del término, cosa que a mi juicio logra con creces. Para Oakeshott ser conservador consiste en “preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a la superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la felicidad presente a la dicha utópica” (p. 47).
Su nombre completo era Michael Joseph Oakeshott y nació el 11 de diciembre de 1901 en Gran Bretaña. Murió en el mismo país el 19 de diciembre de 1990. Estudió Historia en la Universidad de Cambridge, sin embargo, en su trayectoria profesional se le reconoció como filósofo, especialmente de la política, pero también de filosofía de la historia, educación, religión y estética.
Su padre fue miembro y funcionario de la Sociedad Fabiana, cuyo objetivo consistía en avanzar los principios socialistas mediante reformas institucionales. Formaron parte de este mismo grupo George Bernard Shaw y H.G. Wells, escritores conocidos por su fuerte activismo político y militancia de izquierda.
Durante el periodo de entreguerras manifestó abiertamente su rechazo por el nazismo y el marxismo, y, en el ámbito profesional, se desempeñó como docente, resaltando el hecho de que en 1950 consiguió la plaza de profesor de Ciencia Política en la London School of Economics, sustituyendo al eminente Harold Laski, que presidió al Partido Laborista.
Menciono estos datos debido a que, pese a su cercanía con el mundo liberal de izquierda, este filósofo prefirió asumirse como lo contrario a su entorno; era un “antirracionalista” que advertía a sus alumnos el hecho de que “la política no es una técnica como la mecánica” y agregaba que mejor era compararla con cocinar, porque “ningún libro de recetas, por muy completo que sea, puede servir a quien no tiene sazón”.
Durante los años sesenta se opuso a las movilizaciones estudiantiles por considerarlas contrarias a los principios universitarios. Desarrolló ensayos y reflexiones sobre temas diversos, y de manera particular, fue un sagaz lector e intérprete de la obra de Thomas Hobbes. Admiraba especialmente el pensamiento de Michel de Montaigne.
Le gustaba señalar que no militaba en partido político alguno, pero si debía emitir su voto, lo haría por el que causara el menor daño posible; para él, el de los Tory (conservadores). Por mi parte, me queda la impresión de que fue un pensador liberal inclinado al conservadurismo solo en el ejercicio de la actividad política.
La reminiscencia que este ensayo me causó es porque observo con preocupación el uso indiscriminado de conceptos políticos que no se comprenden adecuadamente, especialmente desde el ámbito intelectual, académico y de opinión.
Preocupa porque quienes debieran tener un entendimiento claro de su materia de estudio y comprender su papel en la transmisión de conocimiento, propician actitudes nocivas para la vida democrática. Los legos somos propensos a creerles bajo el amparo de su prestigio y autoridad, pero sus imprecisiones son más dañinas que las “fake news”.
Oakeshott considera conveniente adoptar una actitud conservadora frente a las herramientas que hemos desarrollado para la atención de nuevos planes, dice que “las herramientas están menos sujetas a innovación que los proyectos debido a que, excepto en raras ocasiones, no son diseñadas para un sólo proyecto y luego abandonadas sino diseñadas para ser usadas en toda una serie de proyectos. Y esto se explica porque la mayoría de las herramientas requiere de capacitación para su uso y la capacitación es inseparable de la práctica y la familiaridad” (p. 65).
También se refiere a la ventaja que representa ser un conservador frente a las instituciones durante situaciones de crisis, pues considera que las reglas existentes fueron producto de la reflexión, y si bien es importante “reconsiderarlas a la luz de la experiencia”, no es recomendable “rehacerlas todas al mismo tiempo o cambiarlas y mejorarlas en medio de la agitación y la confusión del juego. En efecto, cuanto más ansioso por ganar esté cada participante, más valioso será un conjunto inflexible de reglas. Durante el juego, los jugadores pueden idear nuevas tácticas, improvisar nuevos métodos de ataque y defensa, hacer cuanto puedan para frustrar las expectativas de sus contrincantes: pero no pueden inventar nuevas reglas” (p. 70).
Por último, respecto al conservadurismo esgrime no considerar que “esté necesariamente relacionado con ninguna creencia en particular acerca del universo, del mundo en general o de la conducta humana en general. Con lo que está realmente relacionado es con unas creencias referidas a la actividad de gobernar y a los instrumentos de gobierno, y es sobre la base de estas creencias específicas, y no de las genéricas, cómo puede llegar a entenderse el conservadurismo en política” (p. 73).
No participemos en debates donde el argumento “ganador” quedará definido por la calidad y oportunidad del epíteto que sea lanzado. Es bastante empobrecedor de la vida pública y la discusión que nos limitemos a desacreditar a una persona por ser “populista”, o a una idea porque proviene de un “neoliberal” y tampoco es que la soluciones estén en manos de los “socialdemócratas”.

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