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domingo, septiembre 26, 2021

Una de cal…

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Columna Desde la Polis
Quienes emitimos diagnósticos, análisis u opiniones públicas jugamos con una navaja de dos filos: siempre estará ahí el registro de lo dicho, con independencia de si queremos ocultarlo. Lo mismo aplica para los políticos. Es como si algún ex presidente del PAN vociferó contra AMLO durante quince años, pero una vez que este llega al poder, aquel se convierte en un ferviente apóstol de la 4T con tal de seguir lactando del erario. O, para ser más locales, imaginen a algún comunicador que le aplaudía a Padrés, que luego pretendió cuestionarlo, después se convirtió en férreo defensor de Pavlovich y ahora esté bajo las órdenes de Durazo.
Cada vez que escribo, tengo como primer mandamiento la obligación de no mentirle a la gente y de reconocer -en el presente y en el futuro- las palabras propias, haya tenido o no la razón. Bajo este orden de ideas, se podrá constatar que desde diciembre del 2018, en múltiples ocasiones advertí de los riesgos existentes por políticas públicas de muy dudosa calidad en materia de seguridad pública y de desarrollo social (hoy “bienestar”). Si bien, mis veladoras están encendidas a favor de las victorias de este gobierno por los ideales generales que enarbola, simplemente no puedo engañarme y echar a la basura mi propia formación y experiencia, y convertirme en un vulgar aplaudidor; eso que lo hagan quienes no tienen de otra. La oportunidad de tener un espacio público para reflexionar, justamente de todos nuestros problemas sociales, va aparejado de la exigencia de no caer en la tan seductora deshonestidad intelectual. Por eso, desde hace año y medio, aquí se les dijo a los responsables por qué su “estrategia” de seguridad no funcionaría, pero lo más importante: se les ha dicho qué se puede hacer. Ahí están los registros. Esta, creo yo, es la diferencia clave entre quienes criticamos (pero proponemos, gratis por cierto) y quienes simplemente quieren ver caer un proyecto político que -por tantos problemas- aun ni siquiera despega. No despega porque aun cuando no había habido en décadas una narrativa de justicia social como ésta, tampoco imaginamos que hoy habría la misma cultura de la improvisación y los programas patito. No despega porque no basta la voluntad y la lealtad, también se necesita el talento, la autocrítica y la experiencia. Pero si algo nos urge en este país es un gobierno que haga sólo dos cositas: que pase del dicho al hecho con la lucha frontal contra la corrupción (hoy no la hay) y que cree capacidades en los pobres (bequitas sin creación de capacidad es más de lo mismo). Y este gobierno, en el discurso, es el que legítimamente coloca ambas cuestiones en la mesa… pero tras año y medio, sigue -en la práctica- extraviado en su propio laberinto.
Durante la transición, se le expuso con lujo de detalle a los responsables de la seguridad del país, una alternativa de regeneración social que al mismo tiempo sería una efectiva herramienta de pacificación y de acumulación de capital político. Se trata de más de un millar de simultáneas intervenciones sociales -desde lo local- en las áreas de mayor vulnerabilidad (económica, de seguridad, de educación, de salud y de infraestructura). Como el gobierno no tiene la capital humano para llevar a cabo intervenciones de esta magnitud, por primera vez en la historia se debía crear una gran brigada nacional donde el gobierno dirigiera un complejo entramado de políticas públicas multisectoriales, pero fuera la propia ciudadanía de las áreas intervenidas, la  responsable de su instrumentación y la última protagonista de su propio cambio social. Si este gobierno alguna vez tuvo en la mesa la posibilidad de echar a andar una política de largo aliento donde “el pueblo salvara al pueblo” fue en esa ocasión. ¿Y qué pasó? Bueno, el desenlace ya lo conocemos… y es el actual.
Pero como lo dice el título de esta columna, también hay avances. Cuando se presentó este año -desde la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano- vi con buenos ojos un “programa de intervenciones” donde el gobierno federal ha invertido miles de millones de pesos para cambiarle el rostro a zonas históricamente complicadas por la adversidad, en ciudades de todo el país. Nadie con un mínimo entendimiento de la administración pública negará que pavimentar calles, poner drenaje, iluminar las avenidas o hacer parques es malo. Todo lo contrario… pero no es diferente a lo hecho por los de antes, con el diferenciador de que “hoy se logra más porque ya no se roba” (ya las estadísticas comparativas aclararán esto). Lo que pasa es que cuando no se involucra centralmente a la gente en esas zonas tan degeneradas, no valoran lo construido: ahí está la evidencia de cómo la infraestructura se echa a perder aceleradamente pues no se cuida y/o se vandaliza. Ante el inminente escenario de profunda crisis económica, de seguridad y de salud… este gobierno deberá echar mano del ingenio, para tener gobernabilidad. No apaguemos nuestras veladoras.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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