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Esa olla express llamada México (y el mundo)

Katia D'Artigues

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En la pradera seca que es México y el mundo, llena de injusticias y violencias, de vez en cuando hay historias que prenden un fuego que fácilmente se vuelve incendio.

Lo hemos visto una y otra vez, algunas veces han cambiado la historia y otras no, han sido solo una muy indignada “llamarada de petate”, como decimos en el país.

Hace tan solo unos meses atrás -aunque parezca una eternidad y otro mundo- así estábamos las mujeres por los casos recientes más mediatizados, emblemáticos de los 10 feminicidios diarios del país: Ingrid Escamilla y la niña Fátima, entre ellas.

En Estados Unidos fue el asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano a manos de la policia de Minneapolis lo que encendió una protesta que ya va por las dos semanas y que se ha extendido al mundo.

Sí, fíjese, aunque ya no en la ley, el mundo sigue siendo racista. Estados Unidos, con todo y su aplaudido y recordado presidente Barack Obama, lo es.

Al ver imágenes de manifestaciones frente al largo espejo de agua a cuyo fondo se ve el Obelisco en Washington, donde Martin Luther King, en 1963 leyó su famoso discurso de “Tengo un sueño”, pensaba que las cosas han cambiado, pero no tanto.

Lea usted el segundo párrafo de ese icónico discurso:

“Las personas negras todavía no son libres. Cien años después, la vida de las personas negras sigue todavía tristemente atenazada por los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años después, las personas negras viven en una isla solitaria de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, las personas negras todavía siguen languideciendo en los rincones de la sociedad americana y se sienten como exiliadas en su propia tierra. Así que hemos venido hoy aquí a mostrar unas condiciones vergonzosas”.

 

Y en México, Giovanni…y lo que falta

En Jalisco, la falta de un cubrebocas estipulado como obligatorio por el gobierno de Ixtlahuacán de los Membrillos, habría llevado a la desaparición forzada (por ser de parte de policías) y muerte de Giovanni López, un joven que se dedicaba a la
albañilería.

En un país donde contabilizamos 60 mil personas desaparecidas por muchas épocas fue muy impresionante asomarse esta semana al hashtag #JusticiaParaGiovanni. Las redes sociales, de nuevo, como un espejo de catársis.

Giovanni no fue el único, antes hubieron muchos más. Y no lo quiero, pero no veo cómo no habrá más Giovannis y más con el ejército en las calles.

Acostumbrados los políticos de todos los colores a ver en los ataques y manifestaciones algo personal y coordinado contra ellos y jamás fruto de algún error o negligencia suya, el gobernador Enrique Alfaro reaccionó mal al principio.

En lugar de ver que había habido un abuso, en un principio centró sus declaraciones en una conspiración contra su gobierno opositor (que algo puede haber de ello, es verdad), pero no en lo que se había hecho mal en el estado que gobierna.

Ya este sábado ofreció disculpas y liberó a 28 jóvenes que se habían manifestado por la desaparición de Giovanni. Las manifestaciones por el joven también se extendieron a otros lugares del país, como es natural.

Es natural también el enojo por el contexto que vivimos y que al cual no le hemos acabado de tomar el pulso.

No minimizo en nada la desigualdad, la constante discriminación de muchos grupos sociales (y ahí está el aumento de las quejas ante Conapred para demostrarlo, mientras la cndh -sí, con minúsculas- quién sabe qué hace en su 30 aniversario). Hay
que ver que todos estos fenómenos de ira con causa también se suman a lo que vivimos en este momento en particular y que son clave para leer cualquier acontecimiento histórico: el enojo y el duelo por las muertes del coronavirus, la desesperación por el encierro, por la falta de empleo y de oportunidades. Quizá hasta de la desesperanza para muchos.

El país es una olla express y por algún lado tiene qué fugar la presión.

Me temo que no será la única. Menos ante tan larga pandemia, con efectos tan devastadores. Entre los 900 mil empleos perdidos de manera oficial o los 12 millones que se quedaron sin ingresos del INEGI.

Menos con la molestia, por decir lo menos, y dudas que dejan señales tan controvertidas de parte del gobierno federal.

Lo mismo el aumento de la expectativa letal que el 4 de mayo era de 6 mil personas y la semana pasada de 30 mil o más. Ambos datos dichos, por cierto, por la misma persona: Hugo López Gatell.

Lo mismo las nanopartículas de cítricos que toma la secretaria de Gobernación que no usa cubrebocas porque así está protegida (cada quién sus creencias) que el presidente que cree domada la pandemia y tampoco usa uno por más que la Organización Mundial lo sugiera (al fin tiene escapularios y además no miente ni engaña a nadie)… mientras médicos y enfermeras se manifiestan por no tener ni uno.

Y luego tenemos la rebeldía de algunos gobernadores que no ven la pandemia igual y además se sienten maltratados por el gobierno central que sólo les dice lo que se va a decidir horas antes de anunciarlo en público y sin dejarlos opinar.

Ellos y ellas ya comenzaron a tomar sus propias decisiones y va a ser muy confuso. Lo hacen porque tienen otros datos y también con algún tipo de “derecho”, digamos, porque fue la misma la federación que, desde el inicio, les dejó hacer su santa voluntad saltándose la Constitución y la máxima autoridad, el Consejo de Salubridad General, y dejándolos violar derechos como quisieran sin poner un alto.

 

 

¿Por cierto, alguien sabe algo del Consejo de Salubridad General?

Y otra cosa con los gobernadores: ellos y ellas también tienen sus aspiraciones, carreras que apuntalar, delfines a dejar en sus puestos o congresos a renovar en el 2021 donde -de alguna manera que aún no sabremos- habremos de elegir en el país 15 nuevos o nuevas ejecutivas locales, 500 nuevos diputados y diputadas, además de alcaldías, ayuntamientos y congresos de 30 entidades diferentes.

Todo abona, pues.

Y lo que nos falta por ver.

Se me ocurre que había que parafrasear el lema del casi extinto PRD: Patria ya, terapia para todos.

Acerca del autor

Katia D’Artigues es una periodista política y activista por los derechos de las personas con discapacidad. Tras 26 años de trabajo en medios, aún se sigue sorprendiendo de lo que pasa y como medida de sobrevivencia personal a veces prefiere reír para no llorar- así que no se lo tomen a mal. Ha escrito en Reforma, El Financiero, Milenio, El Universal y actualmente en Vértigo. En televisión ha pertenecido lo mismo a Televisa, que MVS y TV Azteca. Tiene un portal llamado “Yo También, Discapacidad con todas sus letras” para escribir sobre discapacidad, en https://yotambien.mx/ y pertenece a la Asamblea Consultiva de Conapred y a otro consejo de la Suprema Corte para la Igualdad de Género. Autora de dos libros, también escribe otro. Es decir: es una madre mexicana (su hijo tiene 13 años) que hace “mamabarismos” cotidianos entre trabajar y criar. Le puedes escribir en lakatia@gmail.com; mandarle un tuit a @kdartigues o seguirla en Facebook: https://www.facebook.com/KDArtigues/

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Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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