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jueves, agosto 6, 2026

Elvira es enfermera y ayuda a rarámuris en un hospital; ella tradujo Lorena, la de los pies ligeros

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Chihuahua 14 de enero (Raichali).- Del documental Lorena, la de pies ligeros la crítica ha elogiado la fotografía, música y ritmo con el que se cuenta la vida de la ultramaratonista rarámuri de 25 años de edad, una historia que incluso algunos conocedores han asegurado que merece llegar a los Óscar este 2020.
Uno de los detalles que también ha llamado la atención del cortometraje dirigido por Juan Carlos Rulfo es su narración al rarámuri, una de las 68 lenguas indígenas que están en riesgo de desaparecer en México.
Esas frases emotivamente breves con las que Lorena cautivó a la audiencia nacional e internacional llegaron a la pantalla chica gracias al trabajo de traducción de la joven Elvira Luna Cubesari quien, con apenas 30 años, también es la voz de cientos de rarámuri enfermos.
Desde hace un año, trabaja un programa de atención médica intercultural en el Hospital Central, iniciativa que busca dignificar el servicio que recibe la población indígena.
Es casi imposible ignorar el caminar lento y seguro de Elvira. La caracteriza su sencillez, sonrisa amable y el profesionalismo con el que avanza por los pasillos del Hospital Central: va orgullosa de portar su uniforme blanco de enfermera adecuado a la vestimenta tradicional de su pueblo rarámuri.
Pero llegar hasta ahí no fue fácil. Cuando estaba por terminar la preparatoria, en 2007, su abuela se enfermó de diarrea. La enfermera de la comunidad en la que vivía en el municipio de Batopilas no la quiso atender y murió sin que supieran qué le había pasado.
Elvira no se quedó tranquila y decidió viajar a la capital para estudiar medicina para ayudar a su comunidad. Ese año se convirtió en la primera joven rarámuri que aplicó para el examen de admisión de esa carrera.
“Era la primer rarámuri que entraba con su vestido a hacer ese examen, pero salí muy baja. Para mí era algo sin importancia, pero la doctora Martha Céspedes se fijó en mí. Me mandó a buscar para que regresara de la sierra, me abrazó y me dijo que tenía que pasar ese examen”.
Repitió la prueba un año después sin conseguir los créditos necesarios para entrar, resultado que no la detuvo pues encontró un espacio en la escuela de enfermería Florencia Nightingale.
Mudarse a la capital fue una de las pruebas más difíciles que ha enfrentado. Recuerda que ella se sentía como un bebé porque la ciudad la movía, pero el tiempo y sus ganas de salir adelante le dieron la fuerza para agarrar el ritmo y moverse por sí sola.
Elvira aprendió a moverse, se graduó, consiguió sus primeros trabajos y ahí se vio reflejada en varios pacientes rarámuri que no hablaban español, que no podían entender los requisitos que les pedían para ser atendidos porque allá, en sus comunidades, los papeles no son importantes.
“Me fijaba en el trato, veía cómo llegaban y sentía que les faltaban al respeto. No les preguntaban cómo estaban, les querían quitar la vestimenta sin explicarles nada… era una entrada brusca y pensé que debía hacer algo”.
Como enfermera empezó a realizar trabajo social con los pacientes rarámuri. Iba con ellos como intérprete y les ayudaba a conseguir papelería como sus actas de nacimiento, transporte y hospedaje, hasta que creó el programa de interculturalidad.
El trabajo de Elvira va más allá de los trámites burocráticos. Gracias a su intervención, también ha logrado que los médicos conozcan aspectos de su cultura.
Uno de los casos que la han marcado es la de un joven que fue trasladado de la Clínica Santa Teresita en Creel con tuberculosis. Pero, por su estado, los médicos decidieron darlo de alta como máximo beneficio.
Ella inició con la familia del paciente el proceso administrativo para que regresara a su comunidad, ya que para los rarámuri es muy importante morir en casa, en su tierra, para que puedan descansar.
La Comisión Estatal de Pueblos Indígenas (Coepi), encargada de manejar los albergues y apoyar con transporte, les negó el apoyo porque él ya no podía valerse por sí mismo y su madre tampoco estaba en condiciones de cuidarlo.
Tras varias semanas de gestiones y negativas, el joven murió en el hospital.
“Me estresaba mucho, me ponía en el lugar de la familia. Pedían documentos y ellos no sabían qué eran, hasta la familia se puso mal porque no pudo con la presión y es cuando dices ¿dónde está la empatía?…
…con ese caso yo decidí seguir con el programa. Dar a conocer mi cultura, como pensamos, como vemos la vida, en la sierra no se vive ni se piensa igual que aquí y falta que una persona les haga ver eso para dar una mejor atención”.
Para Elvira las experiencias buenas son más que las malas. Desde que inició con el programa ha ayudado a cientos de pacientes y sus familias, como es el caso de otro joven al que dieron de alta para que los sanadores de su ejido lo atendieran, pues su madre estaba desesperada al ver que la medicina no lo estaba ayudando.
También le ha enseñado a sus compañeros palabras en rarámuri para que saluden y les pregunten a los pacientes cómo están o cómo se sienten en su lengua.
“Es muy importante el programa. Somos el primer hospital que está haciendo eso. Yo veo que con el uniforme y hablándoles en su lengua brindas confianza, muchos ya saben que en este hospital hay una persona rarámuri, que habla en rarámuri, te atiende bien y ayuda”.
Elvira no conoce a Lorena en persona. En 2018 fue contactada por el equipo de No Ficción, la productora que realizó el documental disponible en Netflix desde noviembre pasado. Le enviaron audios, videos y música y, en una semana, ella les entregó la traducción.
– ¿Cómo te sentiste haciendo la traducción, te gustó participar?
Sí. Hace como 11 años, cuando yo me vine a vivir para acá… no es que sufriera discriminación, pero nos tenían considerados (a los rarámuri) como flojos, que dependíamos del gobierno, que no trabajábamos, que somos borrachos… y de tres años para acá veo que se habla de cosas positivas.
Hay más profesionistas trabajando en lo que les gusta, con sus maestrías. Lorena, en su área, está mostrando lo mejor de nuestra cultura y están volteando a vernos. Me ha tocado llevar a extranjeros a Batopilas, y ellos mismos dicen que no es verdad que no trabajamos, miran dónde vivimos y se dan cuenta de que ayuda de dónde… no llegan, pero trabajamos y no nos morimos, como dicen en las noticias.
– ¿Cómo te sentiste con el testimonio que da Lorena? Hay frases muy fuertes, como el de si la gente seguirá tomándole fotos cuando pierda.
Sí fueron palabras muy fuertes. Te podías a pensar, de alguna manera, en lo que vives y lo que ves… te sientes usada, por ejemplo, el gobierno, usa este tipo de trabajos para sacar beneficios.
Yo pensaba en lo que decía, decía que si deje de correr la van a dejar de buscar, que dejaría de ser una persona importante porque no todos hacemos algo así y no todos dejamos que nos tomen fotos.
Cuando estaba haciendo la traducción cuando inicié con este proyecto yo pensé, “me va a pasar lo mismo” jaja… y a veces te esfuerzas en hacer algo…. Ella corre para ella, no para la publicidad.
– ¿Qué piensas de que espacios como el cine documental miren se respete la lengua materna?
En general preservar nuestra cultura es muy importante. Lo que te distingue como etnia es la lengua, ahí te das cuenta de si eres parte de una. La vestimenta es importante, pero hablar tu lengua es adentrarte a tu cultura.
– ¿Qué le dirías a las niñas, niños y jóvenes rarámuri que, por la razón que sea, están dejando atrás su cultura?
Más que nada, que no se avergüencen de ser quienes son, cada persona es como es y nosotros venimos de este grupo y debemos sentirnos orgullosos, entender que no nos conocen y por eso no nos tratan así. Pregunte por su cultura, que se interesen por ello. Somos la riqueza patrimonial de aquí de Chihuahua.

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