
La economía mexicana creció 1.9% anual durante el segundo trimestre de 2026. El dato permite descartar, por ahora, un escenario de recesión, pero está lejos de representar una expansión capaz de transformar la vida de las familias. Una economía puede mantenerse a flote sin avanzar lo suficiente. Y cuando el crecimiento es débil, la estabilidad corre el riesgo de convertirse en conformismo.
El mejor ejemplo está en el mercado laboral. Mientras el producto interno bruto aumentó, 31.9% de la población se encontraba en pobreza laboral: casi una de cada tres personas no podía adquirir la canasta alimentaria con los ingresos obtenidos por su trabajo. El contraste obliga a hacer una pregunta elemental: ¿de qué sirve que la economía crezca si ese avance no llega al bolsillo de quienes la sostienen todos los días?
El crecimiento económico no es una cifra reservada a especialistas. Se vuelve tangible cuando una persona encuentra un empleo formal, cuando su salario le permite cubrir lo indispensable, cuando una pequeña empresa puede invertir y contratar o cuando una familia tiene posibilidades reales de mejorar su vivienda, educar a sus hijos y construir un patrimonio. Si nada de eso ocurre, el crecimiento existe en las estadísticas, pero difícilmente se reconoce en la vida cotidiana.
México necesita mucho más que evitar números negativos. Requiere una economía que eleve la productividad, atraiga inversión, genere certidumbre y permita que las empresas —especialmente las micro, pequeñas y medianas— crezcan y creen puestos de trabajo con seguridad social. También necesita educación pertinente, infraestructura suficiente, energía confiable y reglas claras. Sin estas condiciones, los empleos creados serán insuficientes, precarios o informales.
El problema de acostumbrarnos a crecer poco es que también terminamos normalizando sus consecuencias: jóvenes que no encuentran oportunidades, trabajadores cuyo ingreso se agota antes de terminar la quincena, negocios que sobreviven sin poder expandirse y regiones enteras que permanecen rezagadas. El bajo crecimiento no siempre produce una crisis visible, pero sí una pérdida silenciosa de posibilidades.
La estabilidad económica es indispensable, pero debe ser el punto de partida, no la meta. Gobernar la economía no consiste solamente en impedir que retroceda, sino en crear las condiciones para que avance con mayor velocidad y, sobre todo, con mayor inclusión. México no puede conformarse con crecer lo suficiente para evitar una recesión. Debe crecer lo necesario para que trabajar vuelva a ser una vía efectiva para vivir mejor. Porque una economía que aumenta sus cifras, pero no las oportunidades de su gente, crece sin desarrollarse.
Moisés Gómez Reyna, economista y maestro en derecho constitucional.



