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viernes, febrero 13, 2026

“Duele que compañeros pierdan la vida y la gente que no hace caso”, Rodrigo Romero, enfermero del Hospital General

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Hermosillo, Sonora. 04 de diciembre de 2020.- Rodrigo ha visto de cerca el rostro de la muerte. Se ha enfrentado a un adversario invisible por más de 250 días. Ha experimentado el lado más crudo y cruel de la angustia, del miedo y la desesperación ante lo desconocido.

Si pudiera tener un deseo de Año Nuevo o Navidad, Rodrigo solo pide tener salud. Salud para él, para su familia y para todos los que han visto en los últimos meses lo frágil que es la vida y lo rápido que puede acabar, incluso cuando pareciera apenas iniciar.


Desde el 16 de marzo de 2020 la vida le cambió. No imaginó que aquel lunes se convertiría en el inicio de un largo camino al que, después de nueve meses, no se le ve un final cercano y mucho menos feliz.

Rodrigo Romero Duarte tiene 41 años y es enfermero en el Hospital General del Estado de Sonora, donde ha entregado su tiempo, su esfuerzo y también su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), al servicio de pacientes cuyo diagnóstico es positivo al SARS-CoV-2, mejor conocido como COVID-19.

“Como toda persona, sentí temor a lo desconocido, miedo, ansiedad, piensas muchas cosas, piensas en la familia, piensas en qué va a pasar, no conoces mucho de la enfermedad. 

Entonces se implementan protocolos con equipo de protección y cuando es el primer día, piensas en si lo harás bien aunque lo practiques y lo estudies, vas con el temor de que algo puede fallar; aunque lo repases por tu mente, vas con temor”.

Hay cuatro razones que esperan a Rodrigo en cada regreso: su esposa y sus tres hijos, quienes han sido parte importante cuando necesita la fuerza para volver al área de batalla y repetir ese proceso que ha realizado durante nueve meses.

Pero hay otros rostros que ya no encuentra en los pasillos del hospital; rostros que lo acompañaban en el día a día y que después desaparecieron, de repente o tras una dura lucha contra el virus: sus compañeros doctores o enfermeros que han fallecido a causa de la pandemia.

Rodrigo se detiene una que otra vez al hablar. Respira. Piensa un poco sus palabras y, a través del cristal blanco de sus lentes, se puede observar esa rojez que refleja más que las ganas de llorar, y es esa nostalgia al recordar a quienes, como él, se han enfrentado a un virus letal y han fallecido en el camino.

“Son personas que realmente dan todo en la atención al personal, al paciente, gente que realmente te apoyan en todo como compañeros y uno piensa que por qué ellos, si son gente trabajadora.

Son personas que hacen mucho por los pacientes y por nosotros. Sí duele que gente valiosa del sector salud pierda la vida combatiendo la enfermedad y otra mucha gente no hace caso”, comentó Rodrigo.

Han transcurrido ya nueve meses desde que se dio a conocer el primer caso de coronavirus en Sonora, pero en ese lapso ha pasado algo más que el tiempo: negocios han cerrado, personas han muerto y aún hay quienes continúan escépticos o dudosos a la existencia del virus.

Aquellos que continúan de fiesta, que salen sin cubrebocas y que ponen primero sus intereses personales antes de la salud de los demás; ver esto causa enojo y rabia, dice Rodrigo, ver que no se cuidan y que no cuidan a los otros mientras los doctores y enfermeros dan sus vidas por personas que no conocen.

Como Rodrigo, hay miles de trabajadores de la salud trabajando incansablemente todos los días, perdiendo días festivos, cumpleaños o fechas especiales para dar todo en el campo por aquellos que sufren a causa del COVID-19.

“Uno no se acostumbra a esto”, asegura. Y es que aún después de más de 250 días luchando en la primera línea de batalla, no hay nada que le parezca normal o usual, nada con lo que se sienta familiarizado.

Cada vez que entra a la Unidad de Cuidados Intensivos el miedo sigue siendo el mismo, el temor y los nervios continúan estando presentes como aquel primer día de marzo.

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