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viernes, septiembre 4, 2026

Sueño del que no deseo despertar

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Le comento, traigo un problema existencial, o más bien, no quiero aceptar que me estoy volviendo niño, o a lo mejor nunca he dejado de serlo, cuando hoy por la mañana, Mago mi hija (lectora voraz) me trajo de regalo dos libros de cuentos de Irene Vallejo, la misma que escribió “El Infinito en un junco”. El caso es, que veo mis arrugas en el espejo, y con miramientos, esto me dice: “No te hagas, José, ya estás viejo, recuerda la tomografía que te hicieron hace menos de un año; los radiólogos diagnosticaron que tienes disminuida tu corteza cerebral”. “Espejito, espejito, dime que esto no es así”. “José,” me responde el espejo, “Tu Narciso ya pasó de moda. Además, la neuróloga te dijo que tus neuronas ya están…” “¡No! No me lo repitas”. “Sí te lo voy a repetir, y acéptalo: la imagen del estudio muestra lo propio de tu edad, pero para tu fortuna, y para tu edad, la panorámica de todo tu cerebro no muestra ningún infarto cerebral, y esto es una buena noticia para la edad. Además, las conexiones de tus dendritas neuronales están íntegras, y lo más importante, tú lo sabes muy bien, la neuro plasticidad, y la de todo tu cuerpo, depende del sentido que le sigas dando a tu vida”.

En este sentido, hoy por  la mañana me vino el recuerdo (no sé si lo soñé, que toda (la vida es sueño, y los sueños, sueños son) que caminaba por la Isla del Tiburón, y de un salto, estaba en el borde del Cráter McDougal, en el Pinacate, en donde Manuel leía un mapa que lo tenía fijo  en el suelo con unas pequeñas piedras, en eso vino un viento y el mapa voló alto por todo el centro de aquel enorme agujero volcánico, y pronto volando, llegaron una parvada de pájaros para picotear a aquel intruso que invadía su territorio.

Pero mejor le platico por separado aquellos dos viajes que Manuel, mi sobrino, me invitó a conocer las bellezas de nuestros rumbos.

Empiezo por el primero: La estrella de la mañana (aquel reloj despertador de mis abuelos), que contento nos veía, cuando preparábamos nuestras mochilas para ir a la Isla del Tiburón. Las olas mansas de la Bahía de Kino ni cuenta se dieron cuando partimos. Por el camino, el lucero le abrió paso al alba, el alba a la aurora, y por su relucencia, se asomó el sol anunciando  nuestra llegada a Punta Chueca. En la playa, unas pangas dormitaban, veladas por un domesticado coyote que con recelo nos miraba. El sol se adueñó del día. Manuel y Mateo (uno líder del grupo y conocedor profundo de las ciencias de la  Tierra, y el segundo, experto en la Isla del Tiburón) fueron a buscar a las autoridades locales para mostrar los documentos federales que portábamos. Ahora necesitábamos su permiso para pisar el sagrado territorio de los KonKaak. Mientras aquello ocurría, mi memoria me llevó hasta 1966, año que empecé a atender como médico a familias enteras de la Comunidad Seri, gente que no acostumbra a decir “gracias”, pero es profundamente agradecida. Mi oficina, a través del tiempo, se engalanó de collares, coritas y figuras de palo fierro, que a regalar me traían… En esto estaba, cuando me despabila un imperativo: “¡Acércate!”, era la voz de un viejo Seri, sentado en la arena, quien pulía una figura de palo fierro. “¿Eres burro? Acércate”, repitió. “Solo los burros miran de lejos”. Y mientras me arrimaba, sus pupilas escanearon mi figura. Enseguida preguntó, “¿Qué andas haciendo? ¿Quieres comprar la Isla? Te la vendo” y de su bolsa sacó unos arrugados papeles. “Aquí están las escrituras”.  En esto estábamos, cuando apareció el resto del grupo.

Enseguida nos subimos a la panga; el motor zumbaba a todo lo que daba. Era la hora en la que la marea bajaba en un torrente feroz que descendía desde la desembocadura del Río Colorado (a más de 300 kilómetros de distancia), y de rondón se metía por el angosto Canal del Infiernillo.  Juan, la persona Seri quien nos llevaba, era experto en navegar por este riesgoso canal de 3 kilómetros de ancho. La playa en donde desempangamos estaba llena de caracolas de todos los colores en donde dominaba el morado de los mejillones. Mateo bajó un bidón con gasolina y una batería para carro, se apalabró con dos militares federales que custodiaban esta reserva natural de vida silvestre. Enseguida bajo un derruido tejabán estaba una camioneta Willis con una carrocería llena de boquetes que el salitre se había comido; Mateo la surtió de combustible, le puso la pila y el motor, tosijoso arrancó con toda su carga por un camino desde hace tiempo no andado, recorrimos más de 10 kilómetros entre ocotillos, saguaros ribeteados con nidos de águilas pescadoras, y en el fondo, allá al pie de la sierra, nos topamos con una olvidada oficina-casa construida con ladrillo de Querobabi. Ahí armaríamos nuestro campamento, pero Mateo prefirió que lo hiciéramos por fuera de la construcción. Nos acomodamos en un terraplén al lado de la casa, hurgamos por su alrededor y encontramos una pila seca, y más seca en su interior estaba una momificada zorra cola roja. Al atardecer, los que sabían hacer fogatas hicieron lumbre, y a su alrededor, cada cual buscamos nuestro lugarcito de poder. En esto, la tarde pardeaba cuando empezamos a escuchar el silencio sinfónico del crepúsculo, con un acorde que anunciaba la presencia de la luna, mandona de la noche, que con autoridad despedía a los últimos rayos de sol que pintaban el horizonte de un rosa pastel, con trazos amarillos, naranjas, azules, jamás lineales, como la creación de un niño que se fueron tornando grises, más grises por donde descendía la “estrella” del anochecer. Manuel nos dio el nombre de aquel hermano de nuestro planeta, no recuerdo cual, quizá dijo Venus, Mercurio o Marte. Aquel ambiente cósmico nos integró a nuestro origen: Tierra, tierra pensante, nano átomos del universo.  En aquella cadencia estábamos, cuando Mateo nos sugirió: “Si quieren conservar sus zapatos, pónganselos como almohadas, porque por su olor, los coyotes en la noche se los puede robar”, Dentro de mí, pensé, “está loco”. A las pocas horas de nuestro sueño, por todo nuestro alrededor, como un tiovivo se oía el aulladero de los coyotes. Al amanecer, como buenos expedicionarios, todos nos calzamos los zapatos. Mateo contestó las preguntas de lo sucedido. “No eran muchos, quizá, fueron unos dos los que estuvieron dando vueltas a nuestro alrededor, y no se atrevieron a quitarnos las almohadas”.  Después del desayuno, Manuel sugirió dividir el grupo en dos. Yo me fui con Mateo, y las anécdotas empezaron a brotar: “Por esta vereda por donde vamos, un día me salió una víbora de cascabel, muy panzona, se movía despacito, y yo intrigado, le saqué de la panza, siete tortuguitas de tierra que acababa de comer. Las codornices volaron. En esto Mateo me pregunta: “Doc, a qué le saben estas hojitas”, “A orégano”, respondí. Mi pantalón se abombachó de hojitas que por el rumbo fui pepenando. Seguimos de subida, el viento ligero empujaba nuestro andar, los mezquites, los palo fierros y los palos verdes aumentaron de tamaño y por allá en lo alto, Mateo se detiene, se acuclilla, observa, y quedo me dice: “Mire doc, allá están ochenta mil dólares”. “Está loco de remate”, dije para mis adentros. “Mire”, y miré con su mira lejos y nada miré. “Mire con calma”, y echando calma empecé a ver que algo se movía y allá en un recodo de la cuesta, echado estaba un borrego cimarrón y mi visión se fue abriendo, era uno, dos, tres, en total eran ocho. “Cada permiso en la temporada de caza cuesta diez mil dólares, por cada uno”. Esto me hizo recordar mi tiempo de nobel estudiante de medicina cuando el Maestro Gallardo me pidió que escuchara los ruidos intestinales de una persona enferma. “No oigo nada”.  “Concéntrese, escuche con atención”, y mis oídos se abrieron. Esta relación sensitiva se la comenté a Mateo. “Un día,” continuó nuestro guía, “pasó por la oficina un gringo pidiendo permiso y que un guía lo acompañara a conocer la isla, y yo vine como su guía. Él era un piloto aviador, que en ruta pasaba volando por encima de la isla, y que por eso quería conocerla, y empezamos a subir el cerro, me dije a mi mismo, este gringo no va a aguantar, y el que no aguantaba era yo, y allá en la cumbre se nos hizo tarde y en un planito que encontramos nos acomodamos para pasar la noche, en eso veo que viene una cascabel directo a donde estábamos, me espanté, el gringo con la mano me calmó y con el dedo en sus labios me indicó que no hablara, y a señas me dijo que se iba a meter en el agujero, que estaba a nuestras espaldas, pasó junto a nosotros  y se metió en el agüero”.  El viento pegaba frío. En otra ocasión…,” Mateo siguió con sus vivencias,  “me tocó enterrar los huesos de un joven alemán que pidió permiso para venir a aquí, pero quiso venir solo, pasaron los días y no regresaba, venimos a buscarlo, y tardamos tiempo y lo encontramos muertito. En un cuaderno que encontramos en su mochila, fue escribiendo lo que le fue pasando, lo mordió una cascabel. Estaba perdido, desorientado. Se le acabo el agua, tenía sed…los coyotes… La Secretaría buscó a sus padres. Vinieron desde Alemania y decidieron enterrarlo en Bahía de Kino, lugar que él eligió”.

El tiempo se hace un instante. Extasiado, me subí a la caja de aquel crónico, pero fiel tosijoso, Willis y cruzamos el Infiernillo.

Y habiendo hecha mía a la Isla del Tiburón (el Título lo conservo dentro de mí), llegué a casa en un sueño, con olor a orégano. Sueño del que no deseo despertar.

José Rentería Torres, septiembre de 2026.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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