
Nicolás y Antonio eran un par de médicos quienes, al mismo tiempo, empezaban a trabajar en una clínica hospital rural en la Costa de Hermosillo. Cierta noche, Antonio le comentó a Nicolás que Juan iba a presentar un trabajo de investigación en el Congreso Nacional de Gineco-Obstetricia que se iba a llevar a cabo en la ciudad de Tijuana.
“Me acuerdo que tú hiciste una investigación igual”, le dice Antonio a Nicolás. Entre ellos había una gran amistad que venía desde que eran estudiantes en la escuela de medicina. Los dos habían trabajado antes en otro hospital, y ahora, por cosas de la vida, trabajaban en el turno nocturno para otra institución. Uno trabajaba una noche y el otro en la siguiente. Fue en ese entonces cuando Antonio le preguntó a Nicolás sobre la autoría de aquella investigación. “Sí, yo la hice, y Juan fue mi asesor”. “Entonces, ¿quién es el autor?”, preguntó Antonio.
Ante la duda, a la mañana siguiente, Nicolás, pronto y ojeroso después de su desvelo laboral, fue a buscar a Juan para preguntarle sobre cuál trabajo era el que había inscrito en aquel congreso. “No, no”. La voz temblorosa delataba su engaño. “No, no”. No encontraba las palabras para justificar aquel robo, y ya encontradas, se le atoraban en la lengua, hasta que por fin balbuceó: “Es que ya no te volví a ver desde que te fuiste del hospital”. “Cierto, tú sabes el por qué y cómo salí del hospital, pero esto es otra historia”. Juan se remolineaba en su asiento, su cara de semáforo se ponía roja de vergüenza y pálida por temor. “Es que no sabía dónde encontrarte”. “Juan, tú tienes mi número de teléfono, sabes dónde vivo y sabes ¡que el trabajo es mío! Y tú lo inscribiste como de tu autoría: ¡Esto es un plagio!”. Juan se hundió en su asiento y, con voz queda, expresó: “No, no, Nicolás, si quieres ve y preséntalo tú. Aquí están los boletos del avión”.
La presentación en el congreso de aquella investigación estaba programada para el viernes a las 10 de la mañana y aquel día era jueves, un día antes. Nicolás buscó a su compañero de desveladas y le propuso que le cubriera su turno y él le pagaría de igual manera.
Aquel mismo día al anochecer, en compañía de su esposa, y habiendo dejado antes a sus dos hijos con sus abuelos, manejó toda la noche, y a las 10 horas anuncian a Juan, del hospital tal, con el tema tal…, y Juan, que no era Juan, expuso su investigación. Enseguida vinieron las preguntas y Nicolás las respondía. Siguieron las felicitaciones y los aplausos que recibió Juan, que no era Juan. Nicolás bajó del estrado, con ganas reprimidas de no haber descubierto aquel hurto. “Lo hubieras hecho”, le reclamó su esposa. Enseguida se subieron a su bochito, comieron por el camino, para llegar justo a tiempo a pagar la deuda laboral que tenía con Antonio. Pero la cosa no paró ahí.
Cuando el director de la clínica hospital se enteró de aquel acuerdo, que en ningún momento los servicios médicos fueron desatendidos, ambos médicos fueron despedidos.
El sueldo de aquel trabajo era necesario para Nicolás. Frustración tras frustración. Pronto pidió una cita con el director de la clínica hospital. “Doctor, ¿por qué nos despidió?”. “¡Porque no me pidieron permiso!”, respondió lacónico. “Pero nunca dejamos el servicio solo… Doctor, tengo dos hijos, necesito el trabajo…”. Nicolás insistía: “Fui a presentar un trabajo a un congreso nacional de mi autoría”. El director, con mirada de hielo, miraba al infractor. A Nicolás se le retorcían las tripas, sabía que venía plagiado, y ahora se quedaba sin trabajo. Las lágrimas mojaron sus mejillas. “¡Fue una falta grave al reglamento!”, sentenció de despedida el director.
No pasaron dos meses cuando en aquella clínica hospital requerían de médicos y, al no encontrarlos, Nicolás y Antonio entraron de nuevo. Y ¡saz!, el director, al verlos de nuevo, con su autoridad herida, los recibió: “En esta clínica, solo trabajan buenos médicos y el buen médico tiene la capacidad de ver más de ochenta pacientes por turno”. Por ahí supieron que el Dr. Guerrero era el mejor, porque en su turno veía más de ciento veinte personas. El reto era mayúsculo.
El tiempo pasa, y en este pasar, el director encarga el servicio de Pediatría a Antonio y a Nicolás le asigna atender los servicios de urgencias, la sala de partos y el hospital. Nicolás se hizo experto en mordeduras de víboras de cascabel. La clínica quedaba en el centro de aquellos inmensos sembradíos de algodón, en donde los aviones fumigadores esparcían sobre aquellas plantaciones eficaces mata insectos compuestos con cloro y fósforo para que las motas de algodón se abrieran llenas de blancura. Sin embargo, aquellos insecticidas eran inmensamente tóxicos también para los humanos, donde los trabajadores agrícolas, con sus familias enteras y sus esposas gestantes, vivían en barracones, bebían y se bañaban en el agua de los canales de irrigación, los aviones rasantes pasaban encimita con sus eficaces venenos (en la Primera Guerra Mundial se usaban como armas químicas), y en estos campos se expandían sus efectos donde Nicolás atendía a aquellas mujeres que parían a sus niños sin cerebro (todo un conflicto ético con aquellos enencéfalos). ¿Qué hacer con aquello que recién nacía? ¿Qué decidían aquellos padres? De esto dialogaban Antonio y Nicolás, mientras a urgencias llegaban en racimo trabajadores de los campos con sus pupilas cerradas como la punta de un alfiler, con sus pulmones llenos de secreciones, con sus músculos tremolinando finamente y sus mentes perdidas. Nicolás tomaba nota, llevaba registro, investigaba y ensayaba tratamientos. Con su hacer, Nicolás reafirmaba su ser como médico. El viejo director observaba todo aquello.
Tiempo después, Nicolás y Antonio, cansados ya de tanto ir y venir desde lejos, solicitaron en repetidas ocasiones su cambio para trabajar más cerca de sus hogares. Las respuestas no llegan. El viejo director detenía mañosamente las solicitudes de aquellos médicos. No deseaba que se fueran de su dirección.
Nicolás, por las tardes después de retornar a Hermosillo, iba a su consultorio privado. Ahora, los vientos corren a su favor. Había días que se le dificultaba presentarse a su trabajo. Se lo hacía saber a su director. “Doctor, no tenga pendiente, venga cuando se desocupe, yo resuelvo el problema”. Así le respondía don Raúl (el director). El tiempo sigue y un día a don Raúl le hicieron un homenaje para despedirlo, se jubilaba, pidió permiso para invitar a dos de sus médicos. Los discursos vinieron y cuando le tocó el turno a don Raúl, empezó diciendo: “Deseo presentar a dos médicos que son como mis hijos”. En ese momento Antonio levanta el brazo para pedir la palabra: “Don Raúl, termine la frase, diga que somos sus hijos, pero hijos de la c…”. La sala en pleno se tiró de risas y vinieron los aplausos.
Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.
José Rentería Torres. Junio de 2026


