
Uno se pregunta qué hubieran hecho aquellos personajes que, con sus acciones, lograron cambiar el curso de la historia, si hubieran escuchado —o de haberles hecho caso— a los fatalistas políticos que siempre han existido.
Esos que a cada rato repiten con insistencia: “¿Para qué luchar?”; “¿Para qué ponerse a las patadas con Sansón?” o que, desde su conciencia determinista, sentencian: “Las cosas son como son porque así han sido siempre y no hay nada que hacer”.
¿Qué hubiera pasado si el mártir mexicano Francisco I. Madero les hubiera hecho caso? “No te metas en esa lucha” —“¡El dictador se va a ir cuando él quiera, no hay poder que lo pueda obligar!”; “No hay nada que hacer contra él”— y hubiera dejado de lado la lucha contra el gobierno de Porfirio Díaz?
Madero quizá hubiera vivido más años —murió a los 40 (1873-1913)— y hubiera dejado en otras manos un proceso revolucionario que ya nadie podía detener.
Madero, perseguido, encarcelado y acosado, decidió rebelarse y seguir en la lucha junto al resto de los revolucionarios, y lideró la renuncia y el exilio de Porfirio Díaz en mayo de 1911, emocionando a la gente que en noviembre de ese año votó por él para la Presidencia de la República. Solo duró 16 meses como presidente, al caer asesinado por instrucciones directas de Victoriano Huerta en febrero de 1913, en una conspiración donde participaron emisarios del pasado porfirista (Huerta, Félix Díaz, Mondragón, etc.) y el entonces embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson.

Algo similar ocurrió con Abraham Lincoln, a quien algunos deterministas aconsejaban abandonar la carrera política: no tenía dinero, provenía de los sectores más humildes, había perdido varias elecciones y enfrentaba el tema de la esclavitud, que dividía a Estados Unidos.
Lincoln, con un modesto despacho jurídico, persistió hasta llegar a la presidencia en 1861 y reelegirse en 1865. Mantuvo la unidad de Estados Unidos durante la guerra civil y emitió la Proclamación de Emancipación en 1863, además de impulsar la Decimotercera Enmienda, que abolió la esclavitud. Fue asesinado el 14 de abril de 1865 en el Teatro Ford por John Wilkes Booth.

También Nelson Mandela, nacido en 1918 en Sudáfrica, combatió el apartheid instaurado en 1948. Fue acusado de terrorismo y pasó 27 años en prisión en Robben Island. Rechazó negociar sus principios a cambio de libertad y apostó por la presión internacional en favor de los derechos humanos.
Mandela fue liberado en 1990, obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1993 y llegó a la presidencia en 1994. Murió en 2013 a los 95 años.

Por su parte, Martin Luther King nació en 1929 en Atlanta y encabezó la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos mediante la no violencia. Denunció la discriminación racial que persistía incluso décadas después de la abolición de la esclavitud.
Aunque el presidente John F. Kennedy simpatizaba con su causa, no impulsó la ley por cálculos políticos. Tras su asesinato en 1963, fue Lyndon B. Johnson quien promovió la Ley de Derechos Civiles. King recibió el Nobel de la Paz en 1964 y fue asesinado en 1968 en Memphis.

Ninguno de ellos fue mercader de la política. Todos lograron cambiar la historia por no caer en el fatalismo ni en la predeterminación política. Creyeron en sus ideas, resistieron obstáculos y, en muchos casos, pagaron con su vida (Madero, Lincoln, King) o con años de cárcel (Mandela).
Frente a ellos se estrelló el fatalismo político. Y, pese a las dificultades, terminaron imponiéndose las ideas.


