
Cuba Libre es el nombre de un famoso cóctel que se disfruta desde los años 40. Recordemos campañas publicitarias de la firma Bacardí que coreaban: “La Cuba libre se sirve con ron…”.
Irónico todo esto, después de décadas en que el único cóctel en el mapa geopolítico de la sufrida nación caribeña se mezcla con otros ingredientes: la triste historia de cubanos y cubanas, matizada por la sombra de Fidel Castro, las reacciones del gobierno norteamericano y, ahora, el desconcierto de México.
Porque el famoso cóctel caribeño, el de verdad, el de ron, limón y Coca-Cola, nació en La Habana alrededor de 1901. Fue cuando soldados cubanos y estadounidenses alzaron sus vasos y gritaron “¡Por Cuba Libre!”, invocando el sueño de una isla por fin soberana, liberada del dominio español. Era la mezcla perfecta entre lo local (el ron cubano) y lo global (la naciente Coca-Cola), entre la esperanza de un pueblo y el eco de una guerra que cerraba el siglo XIX.
La Isla y el Bloqueo: Una Receta Amarga
“No se puede ahorcar a un pueblo así, de esa manera. Es muy injusto.” Palabras de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, que, aunque muy cuestionada, envió dos buques de la Armada mexicana —el Papaloapan y el Isla Holbox— que atracaron en el puerto de La Habana con 814 toneladas de víveres.
México envió alimentos porque Cuba, asfixiada por un bloqueo que lleva más de seis décadas, ya no puede alimentar a sus hijos. Pero lo que la isla realmente necesita, lo que grita en silencio cada vez que un hospital se queda sin electricidad o una escuela suspende clases, es petróleo. Y ese grifo, el del combustible, está sellado por las sanciones de Estados Unidos, que amenaza con aranceles a cualquier país que se atreva a venderle crudo a La Habana.
Es la ley del hielo en este vaso: “No ayuden a Cuba. Déjenlos morir solos”.
Y México se pregunta: ¿hasta cuándo?

Queda claro: el gobierno norteamericano atacó a Cuba por la vía más corta. Simplemente, la desconectó de su fuente: Venezuela. Y México, que hasta enero enviaba petróleo a la isla, hoy solo puede mandar leche en polvo.
Pero en todo bar hay un “barman”. Alguien que sirve, que mezcla, que decide quién bebe y quién no. En este cóctel geopolítico, el barman no puede ser otro que Marco Rubio, secretario de Estado del gobierno de Donald Trump.
Si la vida fuera un cóctel, Marco Rubio sería el ejemplo viviente de una mezcla imposible. Nació en Miami, pero su esencia es cubana. Sus padres, Mario y Oria, dejaron la isla en 1956, cuando todavía no sabían que no volverían. En 1975 se hicieron ciudadanos de Estados Unidos, pero jamás renunciaron a ser de allá. Y ahora, Marco, el hijo de dos trabajadores migrantes —él, camarero de banquetes; ella, obrera y camarera de hotel mientras criaba a sus hijos—, es quien decide desde la barra más alta del poder qué ingredientes lleva el futuro de Cuba.
Es la historia del sueño americano. Pero también es la historia de una herida: la de quienes dejaron su tierra atrás, la de quienes miran a Cuba desde la distancia con una mezcla de nostalgia, dolor y, quizás, un deseo profundo de redención.
Y ahí está la paradoja: el líder del gabinete de Trump, el hombre que hoy aplica la ley del hielo contra Cuba, habla español perfectamente y lleva en la sangre la historia del exilio y la persecución de su propia familia. La ironía más grande es que se apellida Rubio y es totalmente latino.
¿Secuela o Cirugía?
Es difícil no preguntarse: ¿Es esta la secuela de una continuidad del sufrimiento? ¿O es la operación quirúrgica, dolorosa y con riesgo de muerte, que salvará a Cuba y por fin la hará libre?
Porque las cirugías duelen. Y a veces, para sanar una herida profunda, hay que cortar más hondo. Pero también hay cirujanos que confunden el bisturí con el hacha. O peor aún, quienes pierden al paciente en la mesa de operaciones por circunstancias inesperadas.
La historia, como el cóctel, se sirve con hielo. Pero el hielo, cuando aprieta, mata. Y los cubanos llevan décadas en la nevera.
¿Qué Sigue?
Lo que sigue es pensar si, en La Habana, alguien pedirá otra Cuba. Quizás un Cuba realmente Libre.
Tal vez México solo se hace presente para recordar que ningún cóctel sabe igual cuando se toma a solas.
¿Tendrá consecuencias la actitud de la presidenta de México? ¿O acaso cuenta con la venia del poderoso secretario de Estado norteamericano?
Saber eso será lo que sigue.


