
No es una pregunta menor, en lo cotidiano es una preocupación constante. Tampoco es una exageración. Cada vez más personas vivimos con el celular en la mano, es ya una extensión de nuestro brazo, en horas laborales y fuera de ellas. Respondiendo correos, revisando notificaciones del trabajo, contestando mensajes “urgentes”, subiendo avances, logros o contenidos profesionales a redes sociales. Todo esto ocurre, curiosamente, en nombre de la productividad, la responsabilidad o el compromiso.
Pero ¿qué estamos alimentando realmente?
Lo que antes tenía límites claros —la jornada laboral, el espacio físico del trabajo, los horarios— hoy se diluye en una pantalla que llevamos en el bolsillo. El celular dejó de ser una herramienta y se convirtió en una extensión permanente del trabajo y de nosotros mismos. Como advierte Hartmut Rosa, “cuando todo puede hacerse en cualquier momento, ya no existe el verdadero tiempo libre”.
En México, este fenómeno es particularmente evidente. Se estima que más del 80 % de la población cuenta con un teléfono celular, y casi la mitad de las personas afirma que regresaría a casa si lo olvidara. Además, los mexicanos pasan en promedio alrededor de ocho horas al día conectados al celular, principalmente en redes sociales, mensajería y consumo digital. El dispositivo no se apaga: nos acompaña al comer, al descansar y al dormir.
Paralelamente, el trabajo también ha cambiado de forma. La adicción al trabajo ya no se expresa únicamente en largas jornadas presenciales, sino en una disponibilidad constante. Correos nocturnos, mensajes de fin de semana, pendientes mentales que no se sueltan. En México, casi el 49 % de los trabajadores ha experimentado en algún momento conductas asociadas al workaholism, y cerca del 75 % reporta fatiga vinculada al estrés laboral. La ENDUTIH 2024 reportó que más de 98 millones de personas en México utilizan teléfono celular, lo que representa un 81.7 % de la población de 6 años o más.
Estudios sobre adicción digital identifican que patrones de uso excesivo de pantallas se asocian con dificultades de atención, ansiedad y problemas de sueño.
El cuerpo se va, pero la mente se queda trabajando.

Desde la psicología sabemos que la adicción no siempre está ligada a una sustancia, sino a la función que cumple. El celular calma, distrae, valida, conecta; el trabajo otorga identidad, reconocimiento y sensación de valía. Como señala Byung-Chul Han, “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se realiza”. Así, el celular y el trabajo se entrelazan en un mismo estilo de vida: hiperconectado, exigente y agotador.
Entonces la pregunta vuelve con más fuerza:
¿Estamos frente a una adicción al celular o a una adicción al trabajo sostenida por la tecnología?
Probablemente no sea una u otra, sino la combinación perfecta de ambas. Un dispositivo que nunca se apaga y una cultura que glorifica el estar siempre disponibles. El resultado es una vida donde el descanso genera culpa, el silencio incomoda y la desconexión se vive como amenaza. Hemos abandonado la agenda personal, la agenda de pareja, el tiempo en familia, con una presencialidad ficticia, casi una utopía, porque estando presentes no estamos, la atención esta dividida, el tiempo ha perdido su función y la inmediatez se ha vuelto una constante.
¿Qué podemos hacer para disminuirlo?
Reducir este ciclo no implica renunciar al trabajo ni demonizar la tecnología, sino recuperar límites claros y conscientes. Algunas acciones posibles son:
Establecer horarios definidos de entrada y salida laboral, y respetarlos.
Limitar notificaciones de trabajo fuera de esos horarios.
Dedicarnos tiempo real a la familia y a la agenda de pareja, sin pantallas de por medio, vivir en un contexto multipantallas nos hace migrar del teléfono a la televisión, de la televisión a la tableta, de la tableta regresamos al celular, sumergidos en este ciclo sin salida.
Construir una agenda personal que incluya actividades que no tengan relación ni con el trabajo ni con el dispositivo: ejercitarse, descansar, leer un libro, relajarse, hacer actividades lúdicas, creativas o simplemente estar.
Recuperar espacios cotidianos sin celular, como las comidas o el momento previo a dormir.
En esa desconexión, paradójicamente, reconectamos con algo esencial: una vida que no necesita ser productiva todo el tiempo para tener valor.

Tal vez el problema no sea el celular, ni el trabajo, sino que hemos olvidado cómo y cuándo soltar. Nos llenamos de estrategias, datos y recomendaciones, pero no hacemos un análisis profundo del estado actual de nuestras familias: ¿Cuántas televisiones tenemos? ¿Cuántos dispositivos hay en casa? ¿En que nos ayudan o que tarea resuelven? ¿Cuál es la verdadera necesidad, mostrar nuestra capacidad económica, o cumplir con una función en específico? ¿Podemos compartir con la familia una sola televisión o necesitamos una en cada habitación para aislarnos? ¿Aislarnos de que?
El uso desmedido de dispositivos nos ha llevado a la adicción al trabajo, a estar disponibles, al FOMO, a la búsqueda de validación, convirtiendo la máxima herramienta tecnológica en un grillete.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024. INEGI.
Villavicencio-Ayub, E. (2019). Mexicanos de 29 a 48 años, los más workaholics. Fundación UNAM.
OCC Mundial. (2024). Workaholism y cultura laboral en México. OCC.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
Rosa, H. (2019). Resonancia: Una sociología de la relación con el mundo. Katz Editores.
Zavala-Romero, E. Á. (2018). Ansiedad y adicción vinculadas a las tecnologías de la información y la comunicación. Revista Iberoamericana de Psicología.


