
Donald J. Trump nació en 1946, en el alumbramiento mismo de la generación que heredaría el mundo. Su América formativa fue la de los años cincuenta y primeros sesenta: una silueta nítida, dominante, proyectada en blanco y negro. Una América donde el poder tenía un rostro, un acento y un código que él aprendió a navegar y explotar a la perfección. Su eslogan, “Make America Great Again”, no es solo un lema de campaña; es la brújula rota de un hombre que añora la cartografía moral de un país que ya no existe. Un país anterior a la globalización, a la irreversibilidad mestiza, a la confusión de identidades que él percibe como caos.
Mientras tanto, en la bahía de Santa Clara, el capitalismo del siglo XXI celebraba su ritual máximo: el Super Bowl LX. Y, en su altar, colocó a Bad Bunny. Allí, en el corazón del hipernegocio, el espectáculo más visto del planeta no fue una oda al exclusivismo anglosajón. Fue un himno en español. Un torbellino de referencias latinas, ritmos caribeños, símbolos de una resistencia cultural que Trump y su corriente ven como una afrenta. La ironía es sublime: la máquina de hacer dinero más perfecta que Estados Unidos ha creado eligió, por puro cálculo de mercado, reflejar exactamente el mundo multicultural que la política de Trump niega y que, evidentemente, se resiste a desaparecer.
Este es el reflejo perdido de Trump. Él mira al espejo de su época y busca la fuerza de una América que comandaba, no negociaba. Pero el espejo del mundo real, el que le devuelve el Super Bowl, le muestra otra cosa: una América que, para ser poderosa, debe ser imán, no muro. Que, para vender, debe seducir, no imponer. Que su cultura ya no es una exportación, sino un cristal donde lo “ajeno” se vuelve propio con una velocidad irresistible.

Era mitológico ver a un público en el estadio y en las pantallas del mundo, integrado por blancos, afroamericanos, asiáticos e hispanos, que no necesitó traducción para bailar. La fusión, ese proceso que la mentalidad preglobal no logra asimilar, ya fue consumada en el ámbito del ritmo, con la entrega y la emoción compartida, que claramente ya no era prestada, sino propia.
El “reflejo perdido” es, en el fondo, la relación ciega entre un poder político nostálgico y el poder cultural y económico que reclama su lugar en el tiempo. El Super Bowl con Bad Bunny no fue un acto de activismo; fue un acto de realismo. Los reflectores no estaban solo sobre el espectáculo, sino sobre la escena del mundo.
La NFL, ese pilar del establishment, entendió lo que Trump no logra asimilar: que el futuro no es hacer a América “grande” otra vez según un modelo antiguo, sino abrazar la grandeza compleja, ruidosa y mestiza que ya es.
Trump puede ganar elecciones explotando el miedo y la especulación. Pero no puede detener lo que ya sucedió. El Super Bowl Bunny le mostró al mundo, y sobre todo a él, su reflejo más elusivo: el de un líder cuyo anhelo más profundo es gobernar un país que dejó de ser, mientras el verdadero país, vibrante, contradictorio y unido por el ritmo de la música latina, sigue bailando, sin pedirle permiso, hacia un futuro al que él no logra adaptarse.
¿Qué sigue? Sigue la tensión entre esa nostalgia política y esta realidad cultural. Sigue el ruido de la lucha por el poder, contra el silencioso pero imparable rumor de un mundo ya fusionado. Y sigue, quizás, la lenta y dolorosa aceptación de que, en el espejo del siglo XXI, el Conejo Malo tiene más que enseñarle al rey que el rey a él. A menos que el presidente norteamericano abra, por fin, los ojos.
Vean el video. Ese medio tiempo es una obra de arte.
Bad Bunny's Full #SuperBowlLX HalfTime Show pic.twitter.com/2iI5dzkdB4
— celebsnapz (@celebsnapzx) February 9, 2026


