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martes, mayo 26, 2026

El virus del absolutismo

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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En 2004, la película alemana El hundimiento (Der Untergang) ofrecía un crudo retrato de los últimos días de Adolf Hitler en su búnker. Una escena en particular —donde el líder nazi estalla en ira contra sus generales ante la inminente derrota— se convirtió en un fenómeno de internet. Con subtítulos modificados, el momento se ha usado para satirizar desde crisis políticas hasta polémicas deportivas o incluso errores de gestión empresarial.

El meme, aunque polémico por su origen histórico, refleja cómo la cultura digital resignifica imágenes dramáticas para criticar, con ironía, el presente. Lo verdaderamente revelador es que los movimientos políticos usaron este “meme cinematográfico” de ida y vuelta en sus enfrentamientos dentro de las operaciones de campaña negra, tan populares desde la primera década del siglo. Sin embargo, jamás repararon en que, a ambos lados, les quedaba el saco del amor al absolutismo, bajo un supuesto goce de democracia total y abierta.

La escena internacional no podría evidenciar más claramente este fenómeno: la arrogancia de Donald Trump no tiene límites y la sumisión de sus “seguidores” menos. La puesta en escena en Alaska del presidente estadounidense no busca la paz en Ucrania; busca la foto histórica que lo consagre como “el gran negociador”, y eso lo sabe Putin. Su estrategia no es multilateral, sino unipersonal: excluye a congresistas, gobernadores y aliados clave porque, en su lógica, el éxito debe tener un solo nombre: el suyo. El secretario Marco Rubio, que parece jugar el juego de “la tolerancia hasta llegar”, no hace más que reforzar este culto al repetir como mantra: “Debemos darle el crédito al presidente”.

De la película a la realidad, hoy vivimos en un eterno “Hitler 2.0” que ya no usa uniforme: ahora lleva traje, tuitea y grita “¡Fake news!”. La oda al líder sigue igual: antes era “Heil Hitler”, hoy es “Es un honor estar con Obrador” (sea AMLO, Trump o el que ustedes quieran). Y no es que los demás partidos no lo hicieran igual: lo hicieron, aunque sus ritos cantados no fueran tan visibles. Al final, hicieron del brainwash un culto aspiracional que impactó y confundió a varias generaciones.

Los fanáticos de los primeros círculos de influencia ya no se autodenominan soldados: son legisladores que aplauden leyes sin leerlas, ciudadanos que repiten eslóganes como loros y youtubers que venden odio con “no likes” sin sentido. Como si no viviéramos todos en el mismo país o planeta. Lo más incongruente es que todo odio y cuestionamiento desaparece en cuanto alguien se registra en otro partido.

La película fue un drama histórico… y terminó siendo un retrato del actuar de toda la clase política mundial. Por cierto, estuvo nominada al Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

Advertencia para México y el mundo:
Cuando los ciudadanos aplauden a un líder por “hacer las cosas rápido” y sin debate, validan el mismo virus que hoy Trump exporta con sonrisas congeladas y apretones de mano.

Es irónico, ¿no? Que en pleno 2025, con más tecnología que nunca, la democracia se esté desinstalando como si fuera una app obsoleta… ¡por culpa del virus más viejo del mundo: el ego humano!

Respiremos hondo, y sí, todos los mismos aires, aunque algunos líderes crean que el suyo es de polvo de oro. Las democracias no nacieron de un wishlist de buenas intenciones. Surgieron de guerras, revoluciones y de la lección más sangrienta: “Nadie —por más selfies con banderas que tome— lo sabe todo ni lo puede todo”.

El poder compartido no es un capricho: es el sistema más sofisticado que inventamos para “neutralizar al que se pasa de listo”. Si lo borramos, no avanzamos: retrocedemos a cuando “gobernar” era gritar más fuerte que el de al lado.

Así que, señores líderes y ciudadanos distraídos en las demás cosas del mundo: si el plan es resucitar el absolutismo (pero con WiFi), al menos no nos vendan que es “el cambio” o la gran “transformación”. Ni mucho menos llamen “lealtad” al culto al jefe en turno.

¡Es solo el mismo viejo instinto de poder de Adolf Hitler, disfrazado de vanidad pura… pero ahora golpea la mesa en un Zoom desde su iPhone!

Y si lo pensamos, este modelo de comportamiento es observable en todos los ámbitos cuando se trata de administrar poder. Lo grave es que parecemos aceptarlo voluntariamente.

Quizá lo que sigue sea “desaprender”, un término de moda pero necesario de reflexionar. Hagamos conciencia: no todo está perdido.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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