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viernes, julio 3, 2026

Crónica de las elecciones

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Alrededor de 13 millones de personas salieron a votar el primero de junio, lo que equivale al 13 % del padrón electoral. La elección de personas juzgadoras generó discusiones públicas complejas y polémicas. Mi experiencia como votante fue inquietante, abrumadora y llena de ansiedad. Recibí tantas boletas que se me dificultó tomar decisiones acertadas. Aunque los votos no siempre responden a principios racionales —muchas veces se emiten por motivaciones emocionales o irracionales—, mi preocupación durante todo el proceso nacía de tres cuestiones fundamentales.

Primera preocupación: elegir mal por ignorancia, sabiendo que los comités de evaluación no hicieron bien su trabajo y que ciertos perfiles vinculados a crímenes o relacionados con organizaciones criminales podían obtener mi voto, simplemente por lo difícil que fue investigar a todos los candidatos. Por mis propias limitaciones y por las del proceso, mi voto podía terminar colaborando con el mal. Algunos atribuyen toda la responsabilidad al elector: “si tan solo hubieras investigado bien”. La realidad es que carecí del tiempo, las herramientas y, francamente, del interés necesario para hacer una investigación exhaustiva de todos los perfiles. Voté en mi ciudad de origen, pero no estoy familiarizado con la realidad judicial de ese estado, lo que también dificultó mi participación. A mis 27 años, nunca he estado inmerso en asuntos complejos relacionados con tribunales o juzgados.

Dentro de la casilla, después de más de 20 minutos y con una sensación constante de inseguridad, decidí dejar en blanco los recuadros en los que no me sentía capacitado para decidir. La presión era similar a la de un examen profesional, porque —contrario a lo que algunos piensan— yo sí creo que se puede votar incorrectamente. Si tan solo los comités de evaluación y los filtros previos hubieran realizado un trabajo impecable, mi estrés habría disminuido. Bastaron unas cuantas búsquedas para descubrir irregularidades en los procesos de selección que resonaron en mi conciencia. ¿A quién le estaba otorgando la facultad de juzgar?

Segunda preocupación: algunos de mis apuntes no coincidían con la información de la boleta. Me equivoqué en parte de mi investigación, especialmente con las boletas relacionadas y selladas por el Instituto Estatal Electoral. En medio de la elección, en un espacio reducido, tuve que usar mi celular y mis datos móviles para aclarar dudas sobre ciertos perfiles. Lo hice sobre la marcha, tratando de confirmar información en tiempo real, lo cual no solo fue incómodo, sino también ineficiente.

Tercera preocupación: viví un momento de catarsis. De golpe, en plena concentración, una distorsión cognitiva —catastrófica y fatalista— invadió mi visión del futuro: ¿y si todo este ejercicio pseudodemocrático nos lleva a cavar nuestra propia tumba? Fue tan fuerte y tan oscuro lo que vislumbré, que estuve tentado a anular todo y abandonar mi puesto. Nunca he defendido al poder judicial anterior, pero ante tantas irregularidades en el proceso de reforma constitucional que dio pie a esta elección, me pregunté si realmente estaba legitimando uno aún más vulnerable.

El centro de votación al que acudí estaba vacío; fui a mediodía. Acostumbrado a esperar en largas filas en elecciones pasadas, la escuela parecía un lugar fantasma. Rápidamente accedí a la urna. Los funcionarios y observadores comentaban que solo habían llegado 90 personas a votar de un total de 2,000 registradas. En ese momento dimensioné la baja participación de un proceso tan cuestionado. ¿Es válido afirmar que la voluntad general decidió a las nuevas personas juzgadoras cuando hubo un abstencionismo de más del 80 % y gran parte de los votantes anuló su voto? Esta discusión pertenece a los padres de la democracia moderna. ¿Rousseau defendería que esto fue una verdadera elección popular?

Esas preguntas invadían mi mente cuando, con la curiosidad despierta, observé detenidamente a los presentes. Otros votantes llevaban una lupa para leer los nombres y comparaban sus respuestas con un acordeón. Un joven elector se confundió y depositó todas las boletas en una sola urna, cuando debían separarse entre federales y estatales. Tuvieron que abrir la urna para reacomodar los papeles. Una funcionaria se tardó mucho en explicar las boletas porque estaba confundida; entre tantos colores, no supo orientar al ciudadano que se presentaba. La confusión y un poco de caos reinaban.

Por primera vez voté con miedo y preocupación. Una inconformidad moral alimentaba mi sentido de culpa. Me sentía incapaz de terminar un proceso tan dificultoso. No me arrepiento de haber votado; me arrepiento de mi falta de activismo social para evitar que se consumara tal despropósito.

Dicen la presidenta y Noroña que aprenderemos con el tiempo y perfeccionaremos la metodología. Pero lo hecho, hecho está: consummatum est. Las consecuencias las sabremos más adelante. Puede que esta curva de aprendizaje le cueste tanto al país que sea casi imposible redirigir el rumbo de la justicia.

Los primeros resultados no han sorprendido a nadie. No importa que la voluntad general no se haya manifestado plenamente en este procedimiento, en teoría democrático. Lo que de verdad importa es que están llegando los candidatos que el poder, minuciosamente, eligió para hacerse cargo de nuestra justicia.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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