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jueves, julio 9, 2026

Margarita

L. Carlos Sánchez
Periodista y escritor sonorense, autor de varios libros en los géneros cuento, crónica, y novela.

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L. Carlos Sánchez 

El lugar de la armonía. De un blanco impecable las paredes, de adobe, el techo confeccionado de vigas y carrizo. 

Acudía por las mañanas, de manera intermitente, cuando la suerte proveía. De par en par las puertas para recibir mi nombre. Conversábamos con café, totopos y frijoles. En ocasiones pan de dulce. 

Sus manos narraban al filo de la mirada ese paso por la vida, sus peripecias. En silencio también decía. 

Nos conocimos en el barrio, El cerro, justo a un costado de donde se imprimió mi primer libro de crónicas: Linderos alucinados, en Impresiones Los Arcos. Hicimos del afecto nuestro pasatiempo favorito. 

Una vez me pedía que le cantara, después con su risa me llamaba al grito aquel que le hacía soltar la carcajada. Con estruendo correspondía para verla reír y reír: Muera el maldito gobierno. La Magui era un regocijo de fiesta. 

Margarita Morfín, de oficio encuadernadora, el más refinado estilo para conservar los libros en estado impecable, ni la polilla, ni los gusanos, la eternidad del papel. Con amor la percalina, las costuras, la tela (cabeza de indio), el pegamento blanco. 

De a poco los de la raza, el Diego, El Gil, El Donas, yo, nos convertimos en su familia. Ya en su octogenaria lucidez trepaba al vocho también blanco, recorría los caminos del trabajo, recibía su pensión y puntual ordenaba los pagos de servicios. Nunca una deuda, todo bajo control del rigor de los compromisos. 

Se lavaba las manos una y otra vez, al terminar de comer envolvía la basura, la empacaba luego en bolsa, lavaba los trastes: el antídoto contra las cucarachas. 

Ordenaba impermeabilizar el techo, blanco, blanco, pintar las paredes, dar servicio al aerocooler, suavizar los rieles del portón. Vivía eternizando el orden, la precaución para que no le agarrara el temporal las manos detrás de la puerta. 

Alegre y repartida, como dice el otrora activista Sabina. Margarita se paseaba por las calles del centro, visitando los lugares de su entraña, a veces en la compra de materiales para su trabajo, a veces nomás de visita con sus amistades. Para el barrio también desplegaba sus manos amigas. 

Un día tuvo un accidente, primero lo de la fisura en la muñeca izquierda (¿o la derecha?), el llanto aquel de niña, inevitable, Mi mano, mi mano, me repetía ante mi mutis y mirada contemplativa, el Diego a su lado como fiel y fiero guardián.

Luego el accidente en la cadera, los días y días en el hospital. De a poco y de manera accidental se alejaba de su casa de paredes anchas y paredes blancas infinitas. Dejó de ir a la imprenta, se ausentó la risa ante mis gritos desaforados: Qué muera el maldito gobierno. 

Ya no más la compañía de las rolas del Buky que interpretaba para ella, porque me lo pedía con una dulce sonrisa. Y me hacía bailar con su carcajada abierta. 

A los días El Diego me contó que la llevaron a un asilo, que de a poco se fue sintiendo bien, feliz de la compañía de las otras internas. A veces El Diego hablaba con ella por teléfono. Me contaba luego cómo estaba la Magui. 

El proyecto de visitarla se quedó en proyecto. Ya nunca más volví a verla de frente, salvo en la memoria, como ahora que escribo para retenerla aunque sea un poco más, lo que dure también, el avión.  

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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