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martes, septiembre 28, 2021

Nos cayó del cielo: el norteamericano extraviado en Huásabas

José Pedro Elías Urquijo Durazo
José Pedro Elías Urquijo Durazo
Docente de la Universidad de Sonora con más de 20 años de experiencia y con especialidad en Estrategias Pedagógicas.

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En homenaje a Jesús (Santos) Urquijo (1915-2014) y al Capitán Robert L. Nashold (27 de octubre de 1923, fallece en su departamento, víctima de inhalación de humo en octubre de 2003).

A nombre de mi familia les contaré esta interesante historia. Nuestro padre, Jesús Venancio Urquijo Leyva (Santos), fue un testigo presencial de este acontecimiento, y no sólo eso, también fungió como traductor del piloto, gracias a que dominaba la lengua de Shakespeare, que aprendió fluidamente en su niñez y adolescencia en los Estados Unidos, donde prestó su servicio militar como soldado del ejército en 1943-44, durante la S.G.M. En agradecimiento por su ayuda y colaboración, el Capitán Robert Nashold le obsequió su bitácora de vuelo, que aún conservo con mucho cariño, como recuerdo de mi padre y como fuente primaria del acontecimiento. Así como el regalo de un encendedor (lamentablemente extraviado), de parte de THE FOREIGN SERVICE OF THE UNITED STATE OF AMÉRICA, tal como lo explica la carta de envío al señor Ignacio Fimbres, traducida por el coautor Francisco Leyva Fimbres, del libro Huásabas, Sonora su historia y genealogía, en coautoría con Ricardo Durán: “Por separado el suscrito está enviando, en expedición, dirigido a Sr. Santos Urquijo, Sr. Jesús Fímbres y a Ud. Mismo a Huásabas, tres encendedores automáticos con la insignia del Escuadrón de la Fuerza Aérea al que perteneció el Capitán Nashold”.

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Como dato curioso, el avión cayó en la noche del martes 4 de agosto de 1959, estuvo en Huásabas hasta el 5, y nuestro padre fallece el 6 de agosto de 2014.

Los hechos

En la tardenoche del día martes 4 de agosto de 1959, entre truenos y relámpagos que iluminaban el verde valle de los pueblos de Huásabas y Granados, el señor Jesús (Santos) Urquijo se encontraba leyendo una revista de Selecciones de Readers digest, bajo la tenue luz de una lámpara de petróleo, y la suave brisa de las lluvias de agosto que entraban por las ventanas de las casas. De pronto, el sutil silencio del caer de las gotas de una delgada lluvia, súbitamente es interrumpido por el potente ruido de la turbina de un avión de propulsión a chorro, que extrañamente sobrevolaba el nublado cielo de los dos pueblos. Luego de unos minutos, se escucha por segunda vez más fuerte, pero a una menor altura. Se trataba de un bombardero cuyo sonido, aparte de ser ensordecedor, era totalmente desconocido para los lugareños, perdido, en medio de una noche extraña y tormentosa y en un cielo extranjero.  Los medios de comunicación norteamericanos ya lo reportaban como perdido. Y la búsqueda del piloto y del avión, se habían intensificado en el vecino país del norte.

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Cuenta en Sr. Paco fimbres en su libro de Huásabas, “que Santos Urquijo, se levantó y con Nacho Fimbres y otros hombres del pueblo cogió camino hacia el río donde vieron que caía el paracaídas. Aunque con el agua hasta la cintura, cruzaron el río y se fueron con rumbo a “La pirinola”.

Una tormenta lo había traído a este lugar desconocido, alterándole sus instrumentos de navegación y desviándolo de su ruta original (rumbo al oeste de Estados Unidos), hacia el somontano sonorense. El piloto, confundido, creía que seguía en su propio país, con dirección a su segunda escala, la Base Williams, en Phoenix. Donde se reabastecería de combustible que lo llevaría a su destino final, Los Ángeles; y que las tenues luces que podía divisar desde el aire, eran chozas de alguna reservación indígena de Arizona.  Varias veces emitió mensajes de que se encontraba extraviado, pero no recibió respuesta. Después se supo que sí fue escuchado por los radares militares de Monte Leemon Tucson, Columbus y Douglas, pero él no recibió respuesta alguna.

Se trataba del Capitán Robert Leslie Nashold, un experimentado instructor de aviones de prueba militares, con 16 años de experiencia en la Fuera Aérea de los Estados Unidos, de 35 años de edad, y participante en tres guerras como piloto. Quién, en esta ocasión, milagrosamente había podido salvar su vida, gracias al uso de su paracaídas; después confesó que jamás se había visto en la necesidad de utilizarlo, y que era la primera vez que lo hacía, así como el primer avión que había averiado.

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Había despegado por la mañana desde la Base Aérea Langley, en Hampton Virginia, con la intención de asistir a una conferencia sobre aviones jet en la ciudad de Los Ángeles california. El largo viaje, de este a oeste, comprendía dos escalas, una en Oklahoma y la otra en la Base Aérea Williams AFP, cerca la ciudad de Phoenix, Arizona.  

La gente de los dos pueblos que había escuchado el aturdidor sonido del avión, nada familiar para ellos, salió despavorida de sus casas a ver qué era lo que estaba pasando en el cielo. Ya que en esa época sólo habían oído aviones de motores convencionales, y no de turbina como en esta extraña ocasión. Mucho menos el sonido estruendoso de un bombardero de alta tecnología, como lo era el Lockheed T-33, un Avión que había utilizado Estados Unidos, por primera vez, durante la guerra de Corea (1950-1953). Sin embargo, y por simple sentido común, los lugareños advirtieron que el desconocido aparato estaba en serios problemas.

El piloto contó, que cuando ya sólo le quedaban 2 horas de combustible, fue cuando se dio cuenta que los instrumentos de vuelo se habían descompuesto, por lo que se sintió extraviado, sólo, y a merced de cualquier vicisitud que surgiera. Dependiendo sólo de sus sentidos y de su experiencia, a modo de sobrevivencia y en un cielo obscuro y tormentoso. Así lo describió el Capitán Nashold, al periodista Jim Johnson, del Arizona Daily Star de Tucson: “De verdad empecé a preocuparme cuando el combustible bajó a 100 galones y yo no sabía dónde estaba”, dijo, “después bajó a 10 galones y vi esas montañas”.

Esas montañas a las que se refería, era la majestuosa Sierra Madre Occidental, una muralla natural que franquea los verdes valles regados por el río Bavispe, a las orillas de los pueblos de Huásabas y Granados. Donde, irónicamente, su moderno avión de guerra, minutos después encontraría su morada final, bajo las faldas del cerro de “La pirinola”.

“Estaba muy oscuro pero vi dos grupos de luces abajo. Me dirigí a ellas una vez y al empezar a regresar, escuché un ruido parecido a un resoplido y supe que me había quedado sin combustible”.

“Nashold dijo que estaba volando aproximadamente a 8 mil pies de altura cuando detonó la expulsión de la cabina del jet. Afirmó haber abandonado el avión a los 5 mil pies“ y que nunca olvidará ese viaje a tierra”. Dijo a Johnson en su entrevista.

“Primero tuve un jok terrible cuando me sacó del avión. Después, de pronto me sentí completamente relajado”.

“Me sentí un poco rígido después del salto, pero fuera de eso estaba bien, ni siquiera me torcí un tobillo”, le comentó al reportero.

“El jet de entrenamiento T-33 se estrelló aproximadamente a la mitad de una montaña de 1800 métros (6 mil pies) de altura. Nashold aterrizó a unos ocho kilómetros (5 millas) del lugar donde cayeron los restos del avión” (en otra entrevista cuenta que cayó arriba de unos mesquites, árbol muy típico de Sonora), “cerca del pueblo de Huásabas, ubicado a cerca de 50 kilómetros (30 millas) de Moctezuma”, explica el reportero.

“Después de una hora de discusión, los rescatistas lo llevaron en burro a la casa de uno de ellos. Luego recogieron sus ropas de los restos del avión, el cual no se incendió”.

Los rescatistas a los que hace referencia el reportero, eran Juan Dávila y Nicolás Noriega (Nico), de Buena Vista. Y los que fueron a rescatar las pertenencias del piloto a su avión, eran Julián Acuña y Prisciliano Acuña (Chayo), de Huásabas. Y no era un burro, como dice el reportero, sino un caballo, como contó varias veces el mismo Juan Dávila. El que escribe le escuchó oír una de esas veces.

Una vez rescatado el piloto, fue llevado a la casa de Ramón Ignacio Fimbres (Nacho), donde lo asistieron y le dieron de tomar algunos tragos de bacanora, “para el susto”. “Después le hicieron una gran comida en casa de Adalberto fimbres”, Cuenta Paco Leyva en su libro.

Al otro día, fueron a hablar por teléfono a la casa de Don Ángel Ríos Márquez (Tío Kilo), que era la única casa que contaba con un viejo teléfono que se le daba cuerda (luego el teléfono se cambió a la “Ganadera”). Se reportó el suceso y se recibieron las instrucciones para esperar la llegada de dos helicópteros que mandaría el gobierno norteamericano, desde el fuerte Huachuca, por el piloto accidentado. Éstos, llegaron al pueblo en punto de las 2 de la tarde, del día miércoles 5 de agosto, una vez que por error habían aterrizado en el pueblo de Moctezuma y corregido el rumbo. Se despidieron y agradecieron a los lugareños presentes en el lugar su valiosa Ayuda, y posteriormente despegaron y se dirigieron a la Base Aérea de Tucson-Davis-Monthan AFB, en los Estados Unidos.

Como reflexión

Si bien este acontecimiento no cambió el curso de la historia de forma relevante en nuestro país, ni tampoco se convirtió en un problema de tipo internacional que comprometiera nuestra seguridad nacional, al menos sí cumple con el requisito de formar parte de un proceso histórico concreto, que fue etapa de la guerra fría (la lucha entre no armada entre Estado Unidos y la URSS). Además, cumple también con las categorías de tiempo, espacio, estructura y coyuntura, que forman parte de la ciencia de la historia. Sin embargo, hay algo en esta historia que es muy fascinante, la estela de significados culturales-emocionales que deja tras de sí este acontecimiento para los habitantes de Huásabas y Granados, que es digna de ser contada y conocida por otras personas, y por qué no, estudiada desde algunas ramas de las ciencias sociales y las humanidades.

El hecho de que un avión militar y extranjero haya aparecido de la nada, de forma abrupta y sorpresiva no es poca cosa, rompiendo con la monotonía de un pueblo que simplemente se preparaba para realizar las actividades rutinarias de la agricultura y la ganadería, al otro día, ya es un hecho inédito y significativo. Quizás para la historia no son tan relevante los significados psico-emocionales que subyacen en cada individuo, pero a lo mejor para la antropología humana, la psicología y la filosofía, sí lo son. Dichos significados representan para el ser individual y social un impulso o acicate, que pueden generar una cadena de hechos que modificarían hasta el propio rumbo de la historia. Sin embargo, no se pueden medir ni calcular cuantitativamente, pero todos sabemos que existen. Las emociones, los arraigos y las identidades, le dan sentido a la vida, y por ende, a los hechos históricos. Lamentablemente son poco valorados por su propia naturaleza subjetiva. Estos hechos inéditos marcan un antes y un después en cualquier pueblo, y casi siempre le dan orgullo e identidad a los lugareños, una vez que forman parte de su cotidianeidad, y hasta en ciertas ocasiones, están dispuestos a arriesgar la vida para defender lo que consideran les es propio. La suma total de estos pequeños, y a veces invisibles significados, construyen la cultura en cualquier sociedad.

La memoria colectiva está siempre viva y presente. Y en la mayoría de los casos trasciende las categorías de tiempo y espacio, a las que se encuentra confinada la misma historia. El relato de la caída del avión en Huásabas, es equivalente a una carrera generacional, cuya estafeta la seguimos viendo pasar por la ventana de cada Huasabeño y granadeño, en manos de las nuevas generaciones, como un vigoroso acontecimiento que se niega a morir; de esa magnitud son los significados en el ser humano. Por suerte, el relato sigue vivo en la memoria colectiva, tiene un carácter universal y perene, y no necesita permiso para existir, eso es lo que importa. Está por encima de cualquier adoctrinamiento por parte de una historia oficial. Mi familia, por ejemplo, es testigo de la fuerza que tienen estos significados.

Para complementar lo antes dicho, les compartiré un fragmento de una obra de teatro escrita ya hace un tiempo, sobre este mismo hecho histórico (no publicada, la hice para mis alumnos). Es un pequeño monólogo donde explica uno de los personajes (el norteamericano), el tesoro que encontró en el pueblo donde cayó.

Norteamericano: Gracias por su amabilidad (se retira dando los saludos de buenas noches).

El norteamericano se queda solo y pensativo. Recuerda todo lo que ha ocurrido durante las últimas 24 horas. (se acerca a la ventana y mira). Llueve aun – piensa para sus adentros – Pareciera que esta lluvia que me trajo aquí, se ha empeñado en no dejarme partir ¿Debería culpar a esta lluvia de mi tragedia? ¡Tragedia…! Quizás para mí, pero para esta gente la lluvia siempre será una bendición. No lo sé. Me pregunto ¿Qué hago solo en estas tierras que jamás imaginé…? ¿Cuántas veces nos encontramos donde no queríamos estar, y maldecimos y lloramos nuestra soledad…? Muchas veces. Y de pronto comprendemos que era necesario que estuviéramos ahí. La vida es como es, y no sigue nuestros propios patrones. Quizás la clave esté en tomarla como viene. Estoy aquí, sin haberlo pedido siquiera, pero no me siento tan mal. Tan desconocido y extraño me parece el lugar como yo a mí mismo. Un buen lugar y un buen momento para preguntarme ¿Quién soy?, mejor dicho, ¿Quién he sido? Un héroe norteamericano llamado Robert Nashold, que ha puesto la guerra tecnológica de los Estados Unidos en la cumbre del mundo… O quizás un gringo loco más que no teme a la muerte… No teme a la muerte, pero a la vida sí. Ahora comprendo que ese temor a la vida hizo que yo ingresara al ejército por miedo a convivir con los demás, con mi propia familia, con el otro. El miedo a la propia comunidad humana. El miedo a la única alternativa de sobrevivir como persona, como individuo. Tengo 35 años de edad, y 16 de servicio, y aun no he pedido comprender quién es el otro. (Afuera relampaguea. El norteamericano, saca su pipa y la enciende con un tizón que aun arde en la hornilla). Debo aceptar que de haber sabido quién era el otro, jamás me hubiera empeñado en quitar su derecho a ser diferente. Empiezo a pensar que no eran mis enemigos. Que los tuve que inventar para poder estar en paz conmigo mismo. Paradójicamente, sólo el ejercicio de la guerra me ha podido ofrecer paz. Nunca pude perdonar a los comunistas ser diferentes a mí… Creo que ellos tampoco. Ellos fueron la contraparte de mi propio juego, por eso lo jugamos tan bien ¿Por qué fui tan sensitivo a la uniformización del mundo? ¿Qué punto neurálgico me tocaba? ¿Acaso no es la variedad la base de la comunidad humana? ¡Guerra estúpida de predominio! ¿Cuándo acabará? Nos hicieron creer que éramos libres, muy libres. Se les olvidó deciros que todo acto de libertad tiene sus propios límites que lo protegen. Que no somos más fuertes que los principios que nos sostienen, y son precisamente ellos los que, por contradictorio que parezca, nos dan libertad. Cómo pude olvidarme que soy hijo de una naturaleza creada por Dios ¡Qué soberbio! Es como si en todo este tiempo que he vivido hubiera estado drogado. Una canción popular española, que un día oyera en un bar, expresa este sentimiento de una forma bastante acerada: “Para no darme cuenta de la vida, yo vivo en un eterno aturdimiento, así no sufro la ilusión perdida así no sufro el mal del pensamiento”. Es como si hubiera neutralizado el dolor en busca del Nirvana perdido. Ni más ni menos que neutralizar el síntoma principal del “ser-humano”, en el sentido más literal de la expresión. Aquello que nos recuerda cual vulnerables somos. Suprimir el dolor, por miedo al propio dolor. Alguien dijo alguna vez, y no estaba errado, que “el miedo mata el alma”. En mi loca carrera olvidé que el dolor como la felicidad, son caras de la misma moneda. Un pasaje del Talmud, planteaba divinamente un espejo a sus criaturas.

¡Qué clase de individualista he sido!, ¡Qué mierda de vida he vivido!, si es que se le puede llamar vida, a lo que la mata: ¡La intolerancia! Esta gente sencilla, me ha dado una lección. Dentro de toda su sencillez, parecen haber captado mucho mejor que yo, el verdadero sentido de la existencia. Hasta ahora no les ha importado quien soy; simplemente me ayudaron. Eso era lo que verdaderamente necesitaba: ¡Ayuda! Y ellos parecieron comprenderlo muy bien. Y, lo que es más, me brindaron su confianza. Me dieron la gran lección, de la ayuda desinteresada. Me brindaron todo aquello necesario para curar mi espíritu y mi cuerpo lastimado. Ni más ni menos que lo que necesita el ser humano para sobrevivir. En definitiva, no llegué a tierra de cíclopes, como Ulises, en uno de los pasajes de “la Odisea”. No, a mí no me espantó el aislamiento de unos para con los otros. Me sorprendió precisamente lo contrario. El gran interés y cariño que mostraron por el que sufre, por el que necesita ayuda ¿Podemos hablar de algo más humano que eso? ¿Acaso no es este sentimiento el que ha salvado a la humanidad de su extensión? ¡Bendito sea el universal sentido de la amistad!

Provengo de un mundo movido por una terrible racionalidad: La esclavitud del tiempo. Ellos, en cambio, parecen vivir todavía en el regalo de la naturaleza. Tienen bien definido su sentido de pertenencia. Y lo que es más importante, practican la vida en comunidad. Aquí parece haber tiempo para todo. El tiempo les pertenece. Por eso conviven, charlan, gozan. El relato es razón de su existencia… Nosotros lo hemos perdido… No hay tiempo para ello. No cabe duda, la verdadera felicidad no tiene conciencia… Por eso ellos no lo saben. Ignoran qué tan humanos son. En nuestro medio parecieran torpes e ignorantes, pero ¿Acaso no lo seríamos nosotros en el suyo? No se le puede llamar torpe al que es capaz de conocer y descifrar los más ocultos secretos de la naturaleza… Ellos parecen conocerlos todos. Creo que desde allá no los hemos valorado. Me cuesta aceptar que su sencillez ha puesto mi propia existencia en jaque. Siento que he evolucionado. Definitivamente, mi vida ya no será la misma a partir de ahora, porque este incidente me ha hecho consiente de que la vida tiene un verdadero sentido, como diría Víctor Frankl. Sentido que estaba perdiendo. Tengo tanto que cambiar. Es curioso, estoy solo, pero no me siento así. He comprendido que el enfrentarse con la muerte hace a la vida aún más hermosa. Es extraño, pero me siento feliz, muy feliz. (Apaga la lámpara y se acuesta).

Referencias: “Huásbas, Sonora su historia y genealogía. Ricardo Durán y Paco Leyva Fimbres. Diciembre 1993. Primera Edición. Huásabas Sonora.

José Pedro Elías Urquijo Durazo

josepedroelias@gmail.com

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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