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María Elena repara bicicletas en la San Benito, además enseña a otras mujeres

Astrid Arellano

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Cada día, María Elena se remanga la camisa, toma sus herramientas y se mancha de grasa las manos. Su labor: cambiar cadenas, desponchar llantas, revisar frenos y dar consejos. Ese trabajo le encanta, asegura, en su taller de reparación y refacciones para bicicletas.

“Se sorprenden, porque soy mujer, ¿no?”, dice sonriendo María Elena Méndez, “pero el trabajo es el trabajo y a mí me da mucho orgullo y mi hijo está orgulloso de mí; eso me fascina”.

Ella aprendió sobre reparaciones con su padre en los años 70, en un local ubicado en la colonia San Benito, en Hermosillo, llamado Refacciones y Servicios “El Güero”, donde supo sobre coolers, calentadores y demás aparatos cuando era una niña de 12 años y que continuó siendo su oficio mientras estudiaba la preparatoria.

“Trabajamos mucho mi papá y yo”, narra María Elena, quien también es administradora de profesión, “trabajamos de la nada, porque pedimos un préstamo -en aquel entonces, de 10 mil pesos- e iniciamos nuestro negocio; fue muy fructífero, porque salimos adelante”.

Su familia era grande en aquel entonces: papá, mamá, un tío y siete hermanos.

“Éramos mucha familia y con muchas necesidades”, recuerda, “empezamos de la nada y yo, sin ninguna experiencia… la verdad, la necesidad te hace aprender muchas cosas y ahí mismo fui obteniendo conocimiento y ahora sí que no se me atora nada en mi casa: yo pongo coolers, pongo calentadores, arreglo las llaves de mi casa; bendito Dios, él me ha ayudado bastante”.

Pero el negocio de las bicicletas no llegó sino hasta tres décadas después, luego de que la familia decidió sobreponerse a dos grandes robos que los dejaron casi en la ruina en la refaccionaria.

“Mi papá dijo ¿y por qué no? Si ya nos quitaron todo de la refaccionaria, ahora vamos a empezar con las bicicletas”, narró María Elena, “donde son más prácticas las refacciones, hay muchas bicicletas y que eso no se va a acabar”.

Entonces, María Elena empezó de nuevo, igual que con los coolers: poniendo una rosca aquí, cambiando un tornillo allá, observando y aprendiendo.

“Fue un momento especial entre mi padre y yo, porque siempre habíamos trabajado juntos, desde que yo tengo uso de razón y hasta que él falleció, y ahora yo trabajo con mi hijo”.

Resulta curioso que, estando rodeada de bicicletas, María Elena nunca se haya subido a una y que no sepa andar en ellas.

“Qué raro, ¿verdad? Pero pues es algo que no sé y me fascina ver cómo otra gente se siente satisfecha de un trabajo que yo hago y que yo no he podido atreverme a montarme en una bicicleta”.

Sin embargo, por encima de las reparaciones, a María Elena Méndez le encanta platicar con la gente que llega a su taller. Todos los días abre por la mañana y dispone una silla para su mamá, de quien heredó el nombre, y ella se ubica detrás del mostrador a esperar a su clientela.

Es común que al negocio se acerquen personas -sobre todo jóvenes- con problemas de adicciones o con necesidades económicas, y María Elena y su mamá siempre tienen algo para ellos, ya sea un plato de comida o una palabra de aliento.

“Cuando nos toca la hora de la comida, aquí comemos todos”, dice, “es servir a las personas, por eso aquí hay muchas sillas”.

Por invitación de Karla Soto, una ciclista urbana y feminista de Hermosillo, María Elena inició a dar talleres teóricos y prácticos a mujeres con el objetivo de que aprendan a salir de una emergencia en el camino, como un freno descompuesto o una llanta ponchada.

“Es algo excepcional ayudar -más que todo, como mujer, a mi género- a una persona que está en condiciones difíciles”, dijo María Elena, “todas deberíamos de saber de todo un poco, defenderse, tener armas para poder trabajar y, más que todo, a las muchachas, en todo lo que les pueda ayudar, y a los jóvenes varones también”.

María Elena abrió su espacio a diez jóvenes mujeres que le hicieron preguntas y aprendieron cosas básicas observando a la maestra: tomaron fotos y videos, resolvieron todas sus dudas, practicaron en sus propias bicicletas y quieren volver pronto para continuar capacitándose.

Para ella, aunque ahora el internet provee múltiples herramientas de conocimiento, no hay nada como aprender haciendo las cosas, tal como su padre le enseñó.

“Hoy está todo tan accesible, los medios, las redes sociales… ahí dice cómo se puede hacer, pero no es lo mismo estar frente a una pantalla, que estar viendo las piezas; llegaron muy puntuales y fueron dos horas de estarles dando teoría y las puse a practicar.

Se sorprendieron de cómo una mujer sí puede hacer muchas cosas que se cataloga que un hombre tiene que hacerlas, que se supone que por género una no puede”, contó, “y nosotras aquí estamos para servirles”.

Si hay algo que María Elena tiene muy claro y que lo ha convertido en lema, es la actitud de servicio, pues detrás de cada una de sus frases, siempre agrega lo importante que es ayudar y ser de utilidad para las personas, así como su madre le ha enseñado y de la forma que ella misma lo practica.

“Ella me fascina”, dice María Elena sobre su mamá, “es la que está aquí pendiente de mí y yo de ella, ha pasado muchas situaciones de enfermedad, ha tenido varias últimamente; más que todo, juntas hacemos oración para que todo marche bien y para que las personas que entran, sea para servirles, para ayudarles”.

El taller de María Elena se encuentra en Reforma #103, entre Quintana Roo y Tlaxcala, colonia San Benito, en Hermosillo.

“Estamos a la orden”, concluyó, “cuando vienen, les doy mi teléfono para estar en contacto y, si algo les pasa por el camino, yo les puedo auxiliar”, culminó.

COMENTARIOS

2 Comentarios

  • Carlos F. Seldner Lizárraga dice:

    Excelente artículo, muy interesante.
    Ojalá puedan poner mas historias como las de María Elena, humanas, positivas y hasta por que no, ejemplares.
    ¡Felicidades María Elena! y ¡Felicidades a Proyecto Puente!
    Saludos
    Carlos F. Seldner Lizárraga

  • Mirna dice:

    Muchas felicidades María Elena por su fortaleza, por su ánimo y ganas de salir adelante.

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