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La necesidad de la comunicación sin estigmas y prejuicios en la sociedad sonorense

POR Fernando Tapia Grijalva

Si algo es realmente inquietante en nuestra sociedad, es la forma despiadada e injusta en que juzgamos sumariamente a nuestros semejantes. La pregunta obligada que emerge de las entrañas de un entorno enrarecido por la confusión y la ignorancia es ¿por qué estamos tan incomunicados y divididos?  Comparto con ustedes algunas reflexiones que surgen de mis propias experiencias y de lo que observamos en el cotidiano trajín de la vida.

Por un lado, la pasión muchas veces desmedida que genera la filiación a un determinado partido, en múltiples ocasiones ha dividido a familias enteras, ya que si los hermanos, los primos y demás parientes directos se afilian a partidos políticos diferentes a los de un sector influyente de la parentela, es muy posible que se generen diversas formas de violencia manifiesta o simplemente se retire la palabra a esos miembros incómodos de la familia; por otro lado, en los ambientes laborales, ya sean éstos oficinas de gobierno o empresas del sector privado, la comunidad artística y cultural o incluso espacios académicos, el juzgar y estigmatizar a la ligera a los compañeros de jornada, está a la orden del día.

Estos ambientes donde domina la pasión y la emotividad son campo fértil para que florezcan prejuicios y estigmas, que como barreras inquebrantables nos distancian y dividen.

Sucede en conversaciones de café, en el bar o en cualquier espacio público donde interactúas con amigos o personas sobre temas cotidianos.

Salta a la conversación un tema recurrente donde nuestros interlocutores siempre se expresan negativamente de alguien o con una facilidad inquietante descalifican, juzgan a la ligera y hablan mal de sus “amigos” o del prójimo.

Lo más penoso del asunto es que los medios de comunicación electrónicos, escritos, la radio, la televisión y las redes sociales, reproducen impunemente los prejuicios y los estigmas que degradan a las personas, las desacreditan y las juzgan, sin que los aludidos tengan la oportunidad de defenderse y contestar oportunamente las imputaciones, agravios y descontones traicioneros.

Desde el punto de vista de Erving Goffman, el concepto de estigma en la sociología ha sido acuñado para describir a un grupo social menospreciado, en ese sentido la estigmatización se asocia a la degradación y disminución del otro. El prejuicio por otro lado, viene del latín praeiudicium, “juzgado de antemano”, y se ha definido como una opinión generalmente negativa que alguien emite sobre una persona, objeto o situación sin tener conocimiento verdadero que la sustente.

Como pueden concluir, ambos conceptos son propios de una sociedad empobrecida moralmente, que requiere urgentemente corregir el rumbo de la comunicación y la expresión razonada de sus pensamientos.

Vayan algunos ejemplos de la vida pública que ilustran sobremanera nuestras reflexiones: hace algunos días, escuchando un programa de radio, el locutor hablaba de una reunión de políticos que discutían desordenadamente un tema, el locutor calificó la reunión como “una cena de negros”, si este señor hubiera dicho esta frase en cualquier ciudad de los Estados Unidos, le hubieran cancelado el programa y le hubieran obligado a disculparse con la comunidad afroamericana.

Otro ejemplo que escuché en la radio local hace unos meses, es que una locutora al referirse a las personas que son de origen mixteco o zapoteco que venden sus productos en las esquinas de la ciudad, les llamó las Marías. Expresión por demás estigmatizante y prejuiciosa que debe desterrarse del lenguaje de los comunicadores.

En la política proliferan estas expresiones, con el fin de inmovilizar al contrincante o al ingenuo interlocutor que cree se encuentra posado sobre suelo parejo, es muy común escuchar expresiones como: fulano es beltronista, padrecista, morenista, priísta, panista y demás.

Estos estigmas ensucian la comunicación y victimizan por largo tiempo a los individuos señalados, de tal forma que los sitúan en los espacios del rechazo social y los colocan en un estado de indefensión injusto, que propicia la marginación y la soledad. Creo que en una sociedad que pretende ser justa, democrática y equitativa debemos ser cuidadosos de no lastimar a las personas con etiquetas que las disminuyen como personas o ciudadanos. Es injurioso y repugnante juzgar a los seres humanos desde una posición de seguridad prepotente y alevosa.

Aún en la academia se percibe el problema, me refiero a los profesores universitarios, quienes deberíamos ser modelos paradigmáticos y representativos de los nuevos tiempos, los cuales nos exigen correctivos políticos, lingüísticos y de integración grupal respetuosa.

Sucede que en nuestro ambiente imperan los prejuicios y estigmas grupales, mismos que son producto de viejas guerras por los espacios de poder y de un antivalor tan antiguo como la envidia. Estas divisiones no permiten la integración de equipos de trabajo multidisciplinarios donde debe reconocerse y respetarse el quehacer de los demás.

Todo este entorno improductivo genera un ambiente silencioso y hostil, que no propicia la sana comunicación integradora y al igual que la sociedad en general, requiere de una urgente autogestión reconstructiva, donde impere la razón analítica, la autocrítica y la acción comunicativa.

Acerca del autor

Fernando Tapia Grijalva es profesor investigador de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Sonora e integrante del comité ejecutivo del Consejo Cultural Ciudadano de Sonora.

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tapiagrife@psicom.uson.mx

Twitter

@cccsonora

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