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Bases, metas y consecuencias diferentes de la conquista de hispanoamérica y de angloemérica, el caso de México 1/4

Héctor Rodríguez Espinoza

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Se acerca octubre, cuando recordaremos el encuentro, nada pacífico, en los siglos XV y XVI, entre la cultura medioeval de España y las originarias del diverso nuevo mundo.

  1. Las tradiciones medievales de España, frente al estado de modernidad de Inglaterra.

De acuerdo con lo que sostiene Josefina Vázquez de Knauth, la colonización y conquista del Nuevo Mundo tuvo bases y metas diferentes en Hispanoamérica y en Angloamérica, derivándose de ello dos bloques culturales y políticos: las colonias hispanoportuguesas y las colonias inglesas (que a mediados del siglo XVIII asimilaron a las francesas). Las diferencias eran de lengua y raza, pero sobre todo de ideología, resultado de diferentes tradiciones y del momento distinto en que se realizó la penetración.

Por una parte, España entró desde fines del siglo XV, con muchos usos e instituciones medievales, y se encontró -en Mesoamérica- con poblaciones indígenas de alta cultura con las que se mezcló, empresa totalmente centralizada por la Corona.

El siglo XVIII introdujo una serie de grandes cambios en lo social, político y cultural, logrando en las colonias una estabilización y la adquisición de una conciencia de un sentimiento nacional, que produjo el ambiente para los movimientos de independencia.

Por su complejidad racial, política y económica, emprendieron su revolución libertadora hasta que el imperio napoleónico, conquistada España, les puso “ante sí un problema y una oportunidad”.

Su independencia la realizaron en el primer cuarto del siglo XVII (1808-1852) y, excepto Brasil, requirieron largas guerras que les ocasionó emerger como países, desorganizados y en bancarrota. Este fraccionalismo los hizo presa codiciada de las influencias económicas externas durante el siglo XIX, en que se trató de repudiar y superar la cultura española.

Por eso, en la primera etapa, la influencia decisiva va a ser la norteamericana. Los Estados Unidos serán el ideal por lograr, el ejemplo a seguir, ideal que “se empezará a frustrar después con la guerra con México (1847-1848). Desilusionados de la actuación norteamericana, casi toda Hispanoamérica va a caer bajo una influencia decisivamente francesa”.

Por el contrario, las colonias inglesas se iniciaron hacia el principio del siglo XVII, y estaban ya dentro de un estado de modernidad.

No se encontraron con altas culturas y combatieron al indio para realizar el avance colonizador. La empresa fue hecha por Compañías individuales y concesiones privilegiadas de la Corona, con una considerable independencia económica, social y política.

Al igual que en las colonias hispanoportuguesas, durante el siglo XVIII lograron una estabilidad y adquirieron conciencia de un sentimiento nacional base de su independencia.

Ésta, por su mayor madurez a pesar de su minoría de edad, y por su tradición política de las libertades inglesas, la obtuvieron en el último cuarto de siglo XVIII (1776-78), “con los esfuerzos de personajes que reunían a la vez cierto idealismo con una gran dosis de realismo y sentido práctico, (por el que) pudieron vencer los primeros peligros de división, entrar con éxito en la aventura republicana “y evitar el desmembramiento, como ocurrió en Hispanoamérica. (Josefina Vázquez de Knauth. 1973. p. 147.)

En el caso particular de México, los españoles que arribaron provenían de diferentes regiones geográficas y estratos sociales. El común denominador, en todo caso, es que eran típicos representantes del medioevo europeo. Arciniegas dice, a este respecto:

“El español de la conquista está supeditado por los cuatro elementos -el aire, el fuego, el agua y la tierra-, y su defensa está en lo sobrenatural. Todo gira para él dentro de la órbita de lo supersticioso, lo místico, lo santo, lo milagroso, lo providencial, lo mágico”. (Gemán Arciniegas. 1975.)

 

José Ma. Muriá escribió:

“Toda una mitología vigente en la Edad Media, de la que estaban plenamente imbuidos los conquistadores, hacía esperar a éstos encontrar en América beneficios y riquezas a flor de tierra que solo pueden existir en la leyenda… Tarde se dieron cuenta de su error, puesto que la recompensa inmediata no correspondió a los esfuerzos, sacrificios e inversiones… Para que la ansiada riqueza pudiera obtenerse era necesario trocar la espada por el látigo y quedarse en estas tierras para que el pueblo conquistado arrancase de ellas, con mucho sacrificio, lo que su nuevo amo quería con urgencia… Con la Colonia misma nacería, pues, un sentimiento de discriminación racial respecto del indio que ha estado presente en toda la historia posterior de México… La forma como se estableció la colonización, con base en una extraordinaria virulencia y con base en una tremenda explotación del hombre moreno por el hombre blanco, generó una violencia, un cúmulo de rencores y una desigualdad económica y social que hasta la fecha no ha desaparecido…” (José Ma. Muriá. 1950, p. 33)

 

  1. Bajo el signo de la ambición.

Gerardo Cornejo Murrieta, en un Ensayo cuya tesis sustenta que las dualidades fecundas que se dan entre un escritor (literato) –científico social o el científico social- escritor (ídem) -a manera de convergencia cultural científica-, es la concepción ideal que “puede darnos la visión interior del mundo indio”, sostiene que la barbarie española, expresada bajo el signo de la ambición aurífera, se inició desde el arribo de Cristóbal Colón, en 1492:

“… Colón mismo no tendrá otra preocupación sino la de hacer del descubrimiento una empresa lucrativa para sus majestades católicas, empresa que ya había ofrecido a otras Coronas con menos visión que la española. Por eso también, tiene que mentir cuando escribe a los Reyes Católicos describiéndoles una abundancia de maravillas que convergen todas en una palabra: ORO. Y será esa la palabra que predomine desde entonces en las crónicas y cartas de los descubridores y más tarde en la de los conquistadores. ORO sería el motivo principal que moverá estas empresas y que en aras de su obtención se cometerán toda clase de fechorías poco dignas de los personajes mitificados, que la historia tradicional nos ha entregado”. (Gerardo Cornejo Murrieta, 19S6. p. 47)

Desde las primeras expediciones a la Florida, vgr. la realizada por Lucas Vásquez de Ayllón en 1520, se confirma esta desmedida ambición de los españoles.

Pero en esta ocasión es muy justo memorar una actitud particular y digna de los indios de esa región. En efecto, Garcilaso de la Vega relata:

“La empresa de Lucas Vásquez de Ayllón… no tuvo otro objeto que raptar naturales para hacerlos trabajar en las minas de Sto. Domingo, lográndolo con regalos atrayéndolos a bordo de las naves; sin embargo no le dio buenos resultados esta traición, porque estos indios prefirieron morir de hambre que trabajar para esos tiranos”. (Garcilaso de la Vega. En Prefacio del editor de Alvar Nüñez Cabeza de Vaca. 1837. p. 7.)

Esta ambición metalizada de los conquistadores militares de España manchó -para siempre- este episodio, que pudo haberse producido con otras motivaciones y procedimientos. Generó, también, un razonado y ya maduro rencor histórico que muchas generaciones de Indoamérica, han tenido, tenemos y tendrán, en el futuro, hacia aquel Gobierno y sus súbditos de entonces, cristianos de palabra y anticristianos en los hechos.

Un ejemplo mundialmente famoso de esta animadversión, en el terreno de las artes plásticas, lo tenemos en la obra mural de Diego de Rivera. Este artista -junto con el brillante grupo de la época, prohijado por José Vasconcelos- sustentó, como tesis política, la socialización del arte, usando para ello la obra monumental que fuera -y es- del dominio público.

Aun cuando en sus primeras obras realizó diversos retratos del conquistador en el Palacio de Cortés de Cuernavaca, en las escalinatas del Palacio Nacional y en el Hotel del Prado capitalino, basado en la iconografía tradicional, después cambió su concepción: en efecto, en los murales plasmados en los corredores del mismo Palacio Nacional y en el Teatro de los Insurgentes, en la ciudad de México, pintó un Hernán Cortés de los 63 años, que según estudios del Dr Alfonso Quiróz Cuarón padecía el “enanismo por sífilis congénita del sistema óseo”. Según Jorge Gurría Lacroix, esta forma de pintar a Cortés fue para “afirmar aún más el sentido negativo de la conquista y colonización españolas, así como para destruir el prestigio que la figura de Cortés tiene en parte de población de México”. 6 (6 Jorge Gurría Lacroix 1971. p. 74.)

Acerca del autor

Héctor Rodríguez Espinoza es licenciado en Derecho Certificado, doctor en Derecho por la Universidad de Sonora, investigador de Derecho, expresidente del Consejo de Certificación de la Barra Sonorense de Abogados A.C; director del Centro Cultural Mario de la Cueva/Eduardo García Máynez.

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@HrodriguezEs

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