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Bernardo desapareció hace un año en Hermosillo, su madre lo espera, como al menos otras 800 familias de personas desaparecidas en Sonora

Astrid Arellano

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La pared de la casa de Franca quedó adornada por una gorra deslavada, colgada de un clavo. Lo desteñido de la tela, las marcas de sudor y algo de tierra, rodean el bordado -ubicado al centro- de un gallo de plumas platinadas y cresta roja.

“Es la favorita de mi hijo”, dice María Franca Molina, “no sé ni quién se la regaló, pero le gusta mucho y no se la quita nunca”.

Aunque Bernardo Alán, de 21 años, desapareció en Hermosillo desde el 13 de julio de 2018, su madre no deja de hablar de él en tiempo presente. Franca tiene la certeza de que está vivo y que así es como lo va a encontrar.

En la sala de su casa, intenta recordar el día en que dejó de verlo: Salió a las dos de la tarde, era viernes. Iba a cortarse el pelo, porque, por la noche, iría a una fiesta. Más tarde, sonó el celular: “Mamá, ¿ya está la comida?”, le preguntó Bernardo, exactamente a las tres treintaiseis. “Ya estoy cociendo el pollo; pasa a la frutería y compra verduras”, le respondió.

“Yo le regreso la llamada a las cinco y su teléfono ya estaba apagado”. Franca supo esa misma noche que lo habían secuestrado o, más bien, que lo “levantaron”, como suele decirse en el lenguaje del crimen organizado.

Su hijo mayor, fue quien localizó a Juanito, uno de los amigos de Bernardo, quien le narró que los dos habían sido víctimas de esa experiencia, pero que a él lo habían soltado por rumbos del Real del Catorce, al sur poniente de Hermosillo. De Bernardo, no supo más.

Un elemento de la Policía Estatal de Seguridad Pública (PESP) le recomendó a Franca que no hiciera nada y que no interpusiera la denuncia de inmediato, sino que esperara al lunes. Ella, aturdida por la situación y sin cuestionar, respondió que estaba de acuerdo. Y esperó.

“Cuando salgo el lunes, le llamo a Juanito y le digo que es mi testigo y que quiero que me acompañe, y la respuesta de él es que va camino al ‘otro lado’ a trabajar; yo me molesto y le digo que no es posible que no me apoye. Pero así se queda todo.

Yo le doy misas a Bernardo por su regreso, los días 13 de cada mes, y en uno de esos, vi a Juanito, pero muy lejos… no tuve contacto con él, lo vi entre la gente; yo pedí que lo buscaran y supe que después declaró, se supone… pero nunca supe lo que dijo”.

Calculan más de 800 desaparecidos

Aunque la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora (FGJE) no ha hecho público un registro con el número de personas desaparecidas en la entidad, el colectivo Guerreras Buscadoras de Sonora tiene una lista con más de 800 personas, mientras que ya han encontrado al menos 60 cuerpos, o “tesoros”, como ellas los nombran, pues los han sacado de entre la tierra, en fosas clandestinas.

Franca se unió a esta agrupación para buscar a su hijo en abril de este año y después se convirtió en una de las organizadoras de un nuevo grupo de rastreo, conformado por más de 90 madres de desaparecidos en la capital sonorense, al que nombraron Buscadoras de Hermosillo por una Esperanza.

Del primero de diciembre y hasta junio de 2019, Sonora se ubicó como el cuarto estado de la República con el mayor número de fosas clandestinas que fueron ubicadas y destapadas por las Buscadoras, y reconocidas por la Fiscalía y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

De las 36 fosas registradas, se extrajeron 56 cuerpos.

“Yo le pido a Dios que a mi hijo lo regrese vivo, sé que está en algún lugar”, dice Franca sin poder contener las lágrimas, “yo entré a este grupo que sé que busca ‘tesoros’, a personas que ya están fallecidas, pero yo sé que mi hijo está vivo, y así lo estoy buscando”.

Hoy 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y, aunque es una fecha declarada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para recordar a las personas que fueron desaparecidas como producto de las dictaduras militares y de conflictos políticos, también se aprovecha para hablar de las desapariciones involuntarias en diversas regiones del mundo.

Este mismo día, el colectivo de buscadoras hermosillenses toma las calles, en silencio, para pedir por el regreso de los suyos.

“Aunque lo encontrara a él, seguiría en el grupo”, asegura Franca, “porque en esta vida hay que ser agradecidos, y así como yo pasé por esta situación -que yo quisiera que nadie más volviera a pasar en un futuro, pero que sé que va a seguir- entonces yo seguiré en el apoyo”.

El pajarito del amor se fue con Bernardo

Bernardo Alán estudió hasta la secundaria, trabajaba en un negocio de burros percherones y era un excelente futbolista. Jugaba de delantero. “Es de los que meten más goles en su equipo; el Casablanca”, dice Franca.

Además, tiene la casa de su madre llena de animales. Hay una jaula con un periquito y, en el estrecho pasillo del patio, cuatro cabras. Al fondo, hay un gallinero. Bernardo mostraba un gran amor por todos ellos, los cuidaba con esmero y la gorra que nunca se quitaba y que, justo el día de su desaparición dejó en casa, con el gallo bordado, era un símbolo de esto.

“El afán de los animales es por Bernardo”, ríe Franca, “yo, por mí, ¡nombre! No los tuviera, pero mi esposo siempre me dice ‘hay que tenerlo entretenido, hay que apoyarlo, hay que darle lo que le gusta’; yo soñaba con que estudiara veterinaria”.

Franca recuerda a un pajarito del amor que Bernardo se encontró un día que fue a caminar al cerro y lo llevó a casa. Se encariñaron tanto, que el pajarito andaba libre y nunca se salía. “Nunca tuvo jaula”, explica, “y un día, Bernardo me pregunto que si lo podía sacar al árbol, pero le dije que no, porque se me iba a ir. Entonces lo dejó adentro”.

Pero el día que Bernardo desapareció, ella “no extrañó” al ave y reparó en su ausencia hasta el día siguiente. Lo buscó el sábado, movió todo, pero no lo encontró. “Qué curioso, ¿verdad?”, dijo Franca, “creo que se fue junto con él”.

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