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De los cuarentas, el 6 de agosto no se olvida

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Desde que, según el pasaje bíblico, el agricultor Caín mató a su hermano el pastor Abel, por envidia, la violencia ha acompañado a la humanidad. La guerra, como expresión de la agresividad humana pero reguladora con fría lógica, es una violencia finalizada por un estado para destruir al enemigo. Ni el helenismo, ni el cristianismo, ni el islam, ni el capitalismo, ni el comunismo han podido evitarla.

A más de medio siglo del fin de la 2° Guerra Mundial, la más mortífera que registra la humanidad, la conciencia nos llama a recordar una de sus tristemente célebres efemérides: la bomba atómica —el domingo 6 de agosto de 1945—, símbolo de la violencia y solución armada de los conflictos.

La gota que derramó el vaso del átomo, para fines no pacíficos, fue el bombardeo sorpresivo, en diciembre de 1941, que Japón hizo a Pearl Harbor, puerto en Hawaii, mismo día que le declara la guerra. Por la alianza de Japón con Alemania e Italia, los países del eje, EE.UU. les declara la guerra también, el 11 de diciembre.

En 1943, Italia se rinde el 8 de septiembre, mientras que Alemania se resiste. Para 1944, Roma es capturada intacta, el 4 de junio y por fin llega el famoso día D, desembarcan las tropas en Normandía, el 6 de junio.

En 1945, los aliados toman Berlín y acorralan a Adolfo Hitler el 1 de mayo, quien se suicida con su esposa Eva Braun y ambos cuerpos son quemados, por órdenes del Fürher. En mayo termina la guerra en Europa, con una rendición incondicional el 7 de mayo. La obstinación de Japón para rendirse provocó el más aterrador de los hongos pseudo científicos.

En la segunda mitad de los 40s, después del holocausto judío, el mundo atestiguó, horrorizado, la experiencia de Auschwitz y la calculadora decisión del Presidente norteamericano Harry S. Truman —del Partido Demócrata, por cierto— de estallar las dos bombas atómicas sobre grandes ciudades abiertas (“para garantizar la paz”, expresó), concibiendo su visión humanista: “Admito que la guerra estaba casi terminada, pero habría sido tonto no usar la nueva arma mortal … La victoria obtenida ha depositado sobre el pueblo norteamericano la responsabilidad permanente del liderato del mundo”. Con esta lógica se arrasó Hiroshima (197,000 muertos) y Nagasaki (74,000), el domingo 6 y jueves 9 de agosto de 1945, decidió la rendición del Japón y canceló cualquier razón para luchar o para sobrevivir. Los japoneses firmaron su rendición el 2 de septiembre de 1945 y el Emperador Hiroito fue obligado a aceptar una Constitución democrática.

Los niños que nacían en Europa eran conocidos como los hijos del miedo, la institución del hogar desapareció; participaron millones de hombres, luchándose en casi todos los continentes, mares y cielos; su desarrollo y desenlace influyó en el destino de todos los pueblos; produjo 55 millones de muertes, más civiles que militares; y sus consecuencias todavía afectan a la economía y política de la actualidad. Como lo grande se percibe a distancia, su complejidad fue tal que se prolongó por años y cambió el mapa del mundo, surgiendo los nuevos Estados socialistas, hoy desintegrados.

Terminada esta guerra industrializada, vino la paz, pero rodeada del silencio, las ruinas, los cementerios conocidos y desconocidos, de uno y otro bando. La geografía entera se vistió de luto y el mundo se cubrió de un manto de desmoralización. La ONU emite la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En las décadas siguientes, la guerra fría, la crisis de los misiles soviéticos en Cuba —lo más próximo a una 3° Guerra Mundial—, la lucha por la conquista del espacio, las guerras del medio oriente, de Corea, de Vietnam, del Golfo Pérsico, de los Balcanes, de Chechenia y en el este de África. Armamento que impresiona más, pero que ha matado menos. ¡Qué consuelo!

Hoy, cansadas de pelear y matar en la tierra, las super potencias velan su armamento convencional, sofistican aún más el del futuro y navegan hacia otros planetas.

¿Aprendimos la lección?

Caín, Caín ¿dónde está tu hermano Abel?

Acerca del autor

Héctor Rodríguez Espinoza es licenciado en Derecho Certificado, doctor en Derecho por la Universidad de Sonora, investigador de Derecho, expresidente del Consejo de Certificación de la Barra Sonorense de Abogados A.C; director del Centro Cultural Mario de la Cueva/Eduardo García Máynez.

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agendaculturalsonora@hotmail.com

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@HrodriguezEs

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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