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A 5 años del derrame, finaliza atención médica para pobladores del Río Sonora; “Es nuestro regalo de aniversario”, afirman

POR Astrid Arellano

Una obra negra se convirtió en la promesa jamás cumplida y la mayor evidencia del incumplimiento de Grupo México hacia los afectados del Río Sonora.

La Unidad de Vigilancia Epidemiológica Ambiental en Sonora (UVEAS) -el hospital que empezó a construirse en el municipio de Ures en febrero del 2016- nunca se terminó y jamás fue utilizado.

Pero hoy, en la fecha exacta en que se cumplen cinco años de la contingencia ambiental provocada por la mina Buenavista del Cobre, ocurrida el 6 de agosto de 2014 con el derrame de 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre, la poca atención médica que llegaron a recibir los habitantes del Río Sonora, otorgada en un sitio provisional, podría darse por terminada.

“El cierre de la UVEAS es nuestro regalo de aniversario”, dijo Martha Patricia Velarde, activista y habitante del municipio de Banámichi, entrevistada en su casa mientras revisaba un cúmulo de documentos digitales acerca del tema.

Afectaciones en la piel, enfermedades renales y casos de cáncer fueron las principales enfermedades que los habitantes del Río Sonora atribuyeron al agua que consumieron y que estaba contaminada con metales pesados. Sin embargo, estas afirmaciones nunca se comprobaron científicamente.

De acuerdo con el convenio de concertación de acciones entre el consorcio minero y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), las atenciones médicas a los afectados culminarán el 6 de agosto de 2019, fecha límite que se estableció en el documento público ubicado en el sitio web del Fideicomiso Río Sonora.

Este convenio indica textualmente que Grupo México y la Cofepris debían concertar acciones conjuntas y coordinadas con la finalidad de garantizar la continuidad al seguimiento epidemiológico y monitoreo “y, en su caso, atención médica de los 381 casos identificados para seguimiento y los que se presenten, a fin de evitar la ocurrencia de potenciales riesgos a la salud, única y exclusivamente con motivo del derrame”.

Para este propósito, Grupo México debió contar con un inmueble específicamente acondicionado y con los recursos humanos y materiales necesarios para cumplir con sus obligaciones.

Referente a la UVEAS, textualmente, el documento postula que la empresa minera debe:

“Mantener en operación y dar cumplimiento constante a la instalación, hasta el día 6 de agosto de 2019, pudiendo darlo por concluido por escrito antes en caso de haberse agotado y cumplido el objeto del presente instrumento, o bien, prorrogarse por acuerdo escrito de las partes, considerando las necesidades de salud estrictamente relacionadas con el objeto del presente convenio que justifiquen la decisión”.

Sin embargo, Grupo México nunca cumplió.

Enfermos, sin agua y sin empleo, así viven los pobladores del Río Sonora a cinco años de la contingencia ambiental

Don Marco Antonio se resbaló cargando un garrafón de agua y se golpeó las costillas. En 2014, apenas pasadas unas semanas del peor desastre ambiental provocado por Grupo México en el Río Sonora, el hombre de entonces 69 años empezó con su historial de enfermedades.

Cinco años después, fuera de su casa en el municipio de Aconchi, a don Marco Antonio Preciado, hoy de 74 años, lo acompaña su esposa, la señora Guadalupe Gámez Vindiola, de 76, quien afirma que, si bien a él no le tocó una enfermedad atribuible al consumo directo del agua, todos sus padecimientos sí tuvieron origen en la búsqueda del líquido limpio para beber, un derecho que les ha sido negado sistemáticamente.

Al anciano, sentado en la banqueta sobre una silla de plástico y con el bastón que le sirve de apoyo descansando a un costado de su asiento, le tiemblan las manos.

“Me dijo una psicóloga que como era muy andariego, muy activo y ya no pudo hacer eso después del golpe, entonces ‘cargó el juicio’… le afectó el cerebro y luego ya le resultó el Parkinson”, explicó doña Lupita.

Don Marco Antonio habla despacio y arrastra las palabras. “Me afectó la voz, dijo el doctor”, sólo atinó a decir.

La señora Lupita, una maestra jubilada, dice que, en Hermosillo, Marco Antonio es atendido por un neurólogo, un psiquiatra y un traumatólogo, a quienes deben visitar por su cuenta cada cuatro y seis meses.

Con el dinero de su jubilación y las aportaciones de sus hijos que viven en Hermosillo, pero también con su organización y quehaceres, doña Lupita mantiene la casa; “yo soy hombre y mujer”, dice, “yo hago todo y mis rodillas ya no aguantan andar acomodando garrafones”.

Ella hace todo esto aún con sus problemas de vista que, en su caso, sí atribuye a la contaminación del agua.

“Yo veo muy poquito, me vio un oculista de México y dice que es porque nos bañamos con el agua que de todas formas nos penetra en los ojos y en la boca al bañarnos, entonces, pues es veneno”, afirmó.

“Yo no tenía esos problemas, ya me había jubilado, pero veía bien y ahora tengo muy opaco el iris”, agregó.

Junto a Lupita y Marco Antonio, su vecina, la señora Bertha Vásquez, una enfermera retirada de 74 años, dice que tampoco tolera más cargar los garrafones de agua purificada que, encima, les cuestan hasta 35 pesos.

Luego agrega que, en su calle, además de los árboles que han muerto poco a poco, también lo han hecho sus vecinos. Otros tantos, luego de la contaminación, mejor se fueron a vivir a Hermosillo.

“Lo mío es desgaste y eso me pasó cuando cargué los tambos de agua”, dijo Bertha, “por andar cargando pesado -un tambo de 20 litros- hasta donde estaba la pipa donde estaban dando el agua; se me falsearon las rodillas”.

Antes del 2014, la gente era más fuerte y no se exponía a estos riesgos, afirmó. “No se conocían los bastones, la gente no los usaba hasta ahora; yo, porque me hago la fuerte, no lo traigo, por puro orgullo, por el ego”, dice.

Problemáticas y padecimientos

En cualquier pueblo que se visite, siempre habrá alguien que diga que las cosas no van nada bien. Los problemas de salud, la mala calidad del agua y la caída de la economía en todas sus ramas, están acabando con la tranquilidad y la paciencia de la gente.

Muchos otros ni siquiera tienen ganas de hablar al respecto, pues han repetido tanto sus carencias a oídos sordos durante cinco años, que piensan que las palabras ya están de sobra.

En el municipio de Banámichi, Jesús Arvizu Moreno habla debajo de la sombra de un árbol. “No hay empleo, no hay nada”, asegura, “tenemos que estar unos juntando hasta botes (latas de aluminio), los muchachos y muchachas donde quiera andan porque no hay nada de nada”.

Junto a él, Rafael Andrade Medina, un agricultor originario de Sinoquipe, sólo puede decir que su pueblo está cada vez peor. “Antes estábamos mejor, ya la siembra no se quiere dar”, dijo, “ha caído mucho la agricultura y ya mucha gente no siembra comida en las milpas porque les tienen miedo, tienen desconfianza y los productos ya no se venden como antes”.

Elda León, activista y habitante de Banámichi dice que los pueblos del río no han podido levantarse del todo. “En ciertas cosas sí se ha levantado, pero habrá gente como que no analiza y que dirá que no pasó nada, pero no es cierto, lo notamos mucho en la salud, en los casos de cáncer que siempre ha habido, pero no tanto como ahora, uno tan rápido y tan agresivo”.

Lo que imploran, agrega, es la instalación y puesta en marcha de las plantas potabilizadoras de agua, porque la contaminación los está matando.

”Han pasado cinco años y no hay seguridad en nada, ni en el agua que tomamos, ni siquiera de las aguas purificadas, porque no sabemos si realmente les quitan los metales pesados”.

María Antonia Salazar, de 71 años y habitante de Baviácora, se muestra molesta. En la plaza central de su municipio, personal de Grupo México ofrece un campamento de verano para niñas y niños.

“Ahorita, Grupo México le está dando clases a los niños en periodo de vacaciones, les ponen juegos, manualidades… quisiera decir que está bien por los niños, pero, la verdad, no beneficia en nada, en cuanto a lo que en realidad han afectado”.

Martha Patricia Velarde, activista y habitante de Baviácora, coincide con esta visión. “¿Cuánto le cuesta a Grupo México esto? Nada. Y, con eso, le dan el distintivo de Empresa Socialmente Responsable”.

Peces chicos…
Doña Lupita Gámez piensa en una metáfora: Se imagina como un pequeño pez integrante de un banco de muchos otros pequeños peces.

“Tengo la esperanza de que algún día sí se nos va a hacer, porque el pez grande se come al chico -nosotros somos los peces chicos- pero también nos podemos comer al grande”, dice.

“He leído y me he documentado, y sé que el pez grande se come a los chiquitos y ellos, desde adentro del pescado, les empiezan a comer los ‘dentros’ y se lo acaban”, expone.

Según su punto de vista, Grupo México es el gigante, pero los afectados son muchos más. “Dicen que los poderosos son ellos, que nadie les hace nada y que ni el presidente de la república les puede hacer nada, pero yo les digo que sí”, argumenta con determinación.

Para ella, comerse a Grupo México desde adentro, como lo haría un banco de pequeños peces, sería su forma de hacer justicia.

Lee en este link la última entrega completa sobre el quinto aniversario del derrame de tóxicos de Grupo México, mismo que contaminó el Río Sonora y provocó el mayor desastre ecológico de la historia y afectó la economía y salud de los municipios que cruza.

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