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Francisco Giottonini, el sonorense que produce vinos artesanales desde Ures para el mundo

Astrid Arellano

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Vinos Giottonini es la nueva productora de vinos artesanales de Sonora que, contra todo pronóstico por las condiciones climáticas en las que le tocó y eligió desarrollarse, se alza como un nuevo negocio emprendedor en la región.

Su creador es Francisco Alberto Salazar Giottonini, un ingeniero químico de 64 años, originario de Hermosillo, quien narró que después de 17 años de trabajar bajo prueba y error, perfeccionando procesos y aprendiendo de ellos, el vino por fin salió a la venta hace apenas tres meses.

“Estamos aprendiendo durante el proceso”, afirmó, “es una lección por año y ya llevamos 17; creo que, cada uno que pasa, lo hacemos mejor”.

Si bien Sonora es el mayor productor de uva de mesa del país, no es así con la uva para la producción de vinos, pues las condiciones climáticas de más de 40 grados en el verano y temperaturas bajo cero en el invierno, lo hacen un trabajo sumamente delicado, explicó Francisco.

Eso no quiere decir que no haya esfuerzos en la región, pues existen microclimas en municipios como Ures y Yécora que son propicios para los viñedos, con los que, año con año, va aumentando la producción y Sonora está entrando al mercado nacional.

“Me han preguntado que si cómo se me ocurrió hacer vino con este calor”, dijo, “yo les contesto que me tocó nacer en Sonora y, si como seres humanos estamos adaptados, tenemos la fortaleza y el carácter para vivir aquí, entonces el vino debe tener una parte de ese carácter; no será un vino sedoso, pero sí uno auténtico, bueno, muy sano y de origen único”.

Sin embargo, la historia de esta marca inició muchas décadas atrás, con Alberto Giottonini Miossi -abuelo del ingeniero- un suizo que creció como italiano por haber nacido en la zona más cercana a ese país, y quien, empujado por la guerra y el hambre, llegó a Estados Unidos y luego a México en la década de 1920.

Fascinado por las bondades de las tierras de cultivo, Alberto llegó a la comunidad de Siete Cerros, en la costa de Hermosillo, donde junto a otros extranjeros fue pionero de los campos agrícolas en el noroeste, al unirse a trabajar como empleados de una empresa estadounidense.

Los italianos no tardaron mucho en independizarse pues, para cuando el gobierno mexicano quiso sacarlos del país, ya se habían casado con mexicanas, procreado hijos y adquirido tierras que pagaron poco a poco a los dueños originales.

“Por tradición, los italianos consumían vino en la mañana, a mediodía y en la cena, se trajeron las cepas de California y empezaron a producirlo”, contó Francisco, “pero era parte de su alimentación, no era una bebida alcohólica, sino parte de su vida”.

Y continuó: “Soy el nieto mayor de esta generación y me tocó hacer vino con mi abuelo, me tocó remojar, reposar… de ahí vienen la tradición y la vocación, una mezcla de todo; yo soy ingeniero químico y he trabajado con polímeros por 36 años pero, dentro de mi genética, estaba la semilla, algo que me estaba carcomiendo y por eso regresé a la agricultura”.

La Hacienda San Jerónimo, lugar donde actualmente se desarrollan los vinos Giottonini, con sus 11 hectáreas de siembra de uva, bodegas, cavas y centro de producción, se ubica en Guadalupe, un pequeño pueblo del municipio de Ures, ubicado a 70 kilómetros de Hermosillo.

“Estamos en una comunidad ejidal marginada donde ofrecemos empleos directos a sus habitantes, aquí vamos creciendo juntos y, afortunadamente, tenemos la bendición del agua, del clima y de la tierra dedicada a dar vida -no es la de los Burdeos en Francia- pero sí es apta para la vid”.

Solo tiene 10 trabajadores en total, quienes se dedican a sembrar, podar, cosechar y moler la uva para hacer el vino, además, Salazar Giottonini explicó que la producción es totalmente orgánica y con tanques tradicionales, hechos en México.

“No se aplican insecticidas ni herbicidas”, afirmó, “el fertilizante es natural, vía estiércol de vacas y borregos; cuidamos mucho el entorno, donde la boñiga se la echamos en tanques con lombriz rosa, que hace un caldo lixiviado de lombriz que se inyecta al sistema de goteo y le da los nutrientes”.

El vino blanco es un ensamble de Sauvignon Blanc y Chardonnay, explicó, y tiene un aroma a piña, pera, mandarina y durazno, con un sabor ácido y fresco.

“El rosado es un intermedio, porque se comporta como si fuera blanco, con acidez y frescura, pero con un toque más complejo, redondo”, detalló, “y el tinto, es de la variedad del Shiraz-Tempranillo, que son vinos rojos afrutados que saben a frutos secos, como la mora, ciruela, frambuesa… son brillantes, con un sabor sedoso suave, con un poco de astringencia, son secos y añejados entre dos y tres años”.

Su producción para este año está proyectada para elaborar 12 mil botellas de vinos tinto, blanco, rosado y generoso artesanales; para 2020, esperan entre 15 y 18 mil, pero su planeación es llegar hasta las 50 mil botellas dentro de cinco años, detalló.

“Los vinos son buenos, pero el mérito más grande es que estamos poniendo una zona vinícola nueva, un puntito en el mapa del mundo”, concluyó Francisco, “y que todo nació de una ilusión, de un sueño; todo es en honor a mi abuelo, un emprendedor de su época, para que su nombre pase a la historia y no se quede sin dejar huella”.

Sus botellas ya se venden en restaurantes y tiendas de Hermosillo y Guadalajara, y también pueden adquirirse a través de sus redes sociales en Facebook e Instagram. Además, ofrecen visitas guiadas por la Hacienda San Jerónimo, en Guadalupe de Ures, con previa reservación.

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