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Natalia Serna, “La Muna”, una colombiana que desde Hermosillo escribe y canta historias sobre migrantes

Astrid Arellano

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Al fondo del comedor, Natalia canta mientras decenas de personas, en su mayoría hombres, limpian sus platos de frijoles y sopa con una tortilla. En un albergue de Nogales, Sonora, cansados de caminar en el desierto y saltar entre vagones de tren o solo anhelando volver ‘al otro lado’, donde ya vivían, todos esperan.

En Estados Unidos buscan la esperanza de un asilo contra la pobreza y la violencia que los hicieron huir de sus países o regiones de origen, o quizás regresar con sus familias con las que ya estaban antes de la deportación. Y, mientras eso sucede, conversan y escuchan sus propias historias.

Los albergues y los comedores solidarios, las vías y los vagones del tren, el desierto interminable y los muros, las palabras y las vidas de las personas migrantes, se han vuelto su medio para contar y cantar historias. Natalia Serna, “La Muna”, canta y, como los migrantes y los deportados, también busca.

Ella, mujer de origen colombiano y al mismo tiempo estadounidense, pero mexicana-sonorense por adopción y convicción, se dedica a la música y a recorrer los lugares donde la canción ayude para lo que se ofrezca.

“En términos vagos o generales, uno diría que el objetivo último es aportar a la justicia, de una u otra manera”, dice Natalia, “y para mí, sin duda, el arte solo tiene sentido cuando es herramienta”.

Y continuó: “Pero, sencillamente, absorbes la historia y la devuelves, las canciones tienden a ser crónicas, la historia de una vida, de la experiencia de ser deportado, la experiencia de estar en medio del desierto añorando estar con tus hijos, la experiencia de haber dejado a tu papá en Guanajuato.

Empecé a grabar, a escribir canciones y a cantarles a los deportados y me di cuenta de que algo de esa experiencia, algo de compartir esa música, les generaba un alivio del alma, en ese momento”, dijo.

Mucha gente se enfoca en toda la tragedia que rodea al fenómeno migratorio y es algo completamente real, dijo Natalia, pero, finalmente, la persona que decide salir de su casa, es alguien que desafió todas las condiciones que le dio la vida.

Familia

Hija de un papá muy colombiano y de una mamá muy gringa que se conocieron en Nueva York y que la tuvieron en Roanoke, Virginia al sur de Estados Unidos, Natalia tiene 33 años y dos nacionalidades.

“Me llevaron a vivir a Colombia desde bebé y crecí en esos dos mundos”, narra sobre su propio ir y venir entre países, y sobre la infancia que vivió en el campo colombiano.

Como paréntesis, dice, esa semejanza entre aquel lugar y Hermosillo, fue lo que más adelante la llamó a quedarse a vivir en la capital sonorense. “Es la sensación de vivir en un pueblo sin estar en uno, por la calidez de la gente, de ser ranchera sin ser ranchera”, ríe.

En 2001, con las complicaciones que trajo la guerra en Colombia, se fue a Chicago a estudiar la universidad. En 2008 se graduó como socióloga y vivió durante todos esos años en un barrio totalmente mexicano.

“Era un barrio ‘blue collar’, trabajador, muy mexicano”, explicó, “el viernes salías a escuchar son jarocho, comías mango en la calle, jugabas futbol los domingos; era un barrio con mucha vida cultural y cuando llegué a México y me enteré de que los norteños no conocían el son jarocho me quedé impactada, ¡de eso vivía yo en Chicago!”

En aquel tiempo se empezaron a dar los primeros momentos de conflicto migratorio en Estados Unidos, recordó Natalia, donde vivió aquellas protestas masivas de hasta 100 mil personas en las calles manifestándose en torno al fenómeno de la deportación.

“No se habían visto estas redadas de Immigration and Customs Enforcement (ICE) dentro del país y a mí, estando en un barrio mexicano, viendo lo que estaba pasando, me empezó a entrar esta curiosidad sobre la migración; como sociología siempre tuve mucha curiosidad por entender a la gente y lo que estaba pasando en el mundo”.

Eso la trajo a México en el 2009 por primera vez, luego de ver documentales y películas sobre la frontera mexicana, como “Sin Nombre”, donde actuaban Gael García y Diego Luna. Eso, no sin antes pasar por Tucson, Arizona, para trabajar con “No más muertes”, una organización que se dedica a realizar rescates y repartir agua a migrantes en el desierto.

Luego se fue a Veracruz, donde hizo su primer viaje en tren, al que subió como una migrante centroamericana más, con un grupo de muchachos que la adoptaron como una de ellos.

“Si uno lo piensa, no lo hace”, ríe Natalia, “llego a Veracruz como la gringuita turista, con una guitarrita, llegué muy tímida, pero me puse a hablar con la gente… ahora conozco bastante más y puedo decir que fue muy peligroso, porque yo no sabía nada sobre los secuestros y mi único referente era una película de Gael García.

Fue de esas experiencias en la vida que te quedan muy grabadas”, recuerda, “eran 50 muchachos en la orilla del tren y que en un momento me dicen ‘pues vienes con nosotros y te vamos a cuidar, vas a ser como de la familia’…en ese momento no sabía en qué me estaba metiendo”.

Entonces el tren empezó a correr y los muchachos agarraron sus cosas. “En un momento, iba yo por un lado, mi mochila por uno y mi guitarra por otro, y pues corro y me subo, los muchachos me echaban porras diciéndome que yo podía y yo nada más preguntándome qué estaba haciendo”.

Natalia dice que le resulta difícil ponerle palabras a las cosas que vive, pero esa experiencia fue aleccionadora, eso es lo que ella considera que debería significar un bautizo, para sentirse parte de la familia humana, con gente que no te conoce y no quiere nada de ti, sólo acompañarte y ser parte de tu vida porque, en realidad, son lo único que tienen.

“Recuerdo tan fuerte del cariño de los muchachos, de solidarizarse de la nada, de vivir en el presente la vida, sin saber qué va a pasar mañana”, dijo, “esas características propias me enamoraron del fenómeno, donde tienes que tenerle mucha fe al presente para seguir caminando, porque el futuro no te promete mucho; entonces, el migrante tiene esa capacidad singular de seguir, de ser un visionario que camina, sin tener seguro por dónde, pero apostando”.

Aunque Natalia siguió viajando por Latinoamérica y cantando sus viejas canciones personales en diversos espacios, 2013 sería el año definitivo. Ser cantautora no le hacía mucho sentido si no encontraba un propósito. Entonces recordó a los migrantes y se fue a Nogales.

“En 2013 llego como voluntaria a un proyecto de atención a migrantes que se llama Iniciativa Kino, duré casi tres años; básicamente, me dediqué a la labor del comedor que recibe deportados mexicanos, centroamericanos que van a Estados Unidos y gente de otras nacionalidades.

Lo que sucedió ahí es que venía de escribir canciones toda la vida, pero la gente, en esos lugares, tiene un anhelo de contarte lo que está viviendo, donde no está allá ni está acá, como que se abre un abismo de su vida, el momento donde puede hablar”.

Entonces decidió empezar a retratarlos en sus letras.

Logro musical

El 7 de mayo, en Hermosillo, “La Muna” presentó su disco más reciente, titulado “Ay de ti Sonora”, que ella define como una producción”enojada”. En este es donde empezó a plasmar otras realidades, como la de los campos agrícolas sonorenses.

“Ese es un tema que me picaba porque en Nogales acompañábamos a los migrantes a los campos de tomateras y lo que veíamos era espeluznante.

En el disco, hay temas de un migrante secuestrado y toda su experiencia con el narco, también habla de la explotación laboral y de la cultura del dinero, de la migración, es un disco un poco más amplio.

‘Corazón Norte’ -el anterior- era un disco que tenía mucha ternura y mucho cariño por las historias de la gente, pero ‘Ay de ti Sonora’ es un disco que sencillamente está enojado, es mi enojo sublimado en algo que yo consideraba productivo”, dijo.

El disco también muestra las raíces que Natalia empezó a echar en Sonora y que la hicieron quedarse en Hermosillo. De la región, afirmó, admira su geografía, las problemáticas y la forma que tiene la gente de enfrentarlas, en medio de una vida en el desierto. Esa, para ella, es la mejor parte.

“Es esta cultura de querer vivir cercano al otro, que se atreve a mirarlo y hablarle a la cara sin conocerlo”, concluyó, “esa forma de saludarte en la calle sin conocerte se me hace muy gustosa del sonorense, no sé si es porque traigo sombrero que la gente me pregunta que si dónde tengo el caballo”, se carcajea, “qué divina es la gente… si no fuera por eso, no me quedo”.

 

 

COMENTARIOS

1 Comentario

  • Ma. Engracia Robles Robles dice:

    Natalia, no sabía mucho de ti a partir de que vives en Hermosillo. Me alegra mucho la realización de tus sueños en los que vas caminando. Admiro tu espíritu libre, artístico, solidario en búsqueda de justicia…Mil felicidades!!!

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