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¡Amigo Trump!

tomada de Quinto Poder

POR Victoria Ríos Infante

Y los mexicanos se reunieron en el Ángel de la Independencia en Ciudad de México, en la Minerva de Guadalajara, en la Macroplaza de Monterrey gritando al unísono: ¡Trump, hermano, ya eres mexicano! Todos aquellos agradecidos por hacerle a México manita de puerco para frenar la migración de personas centroamericanas.

Mientras Donald agradecía con un twit: “Thanks Mexico for helping me make America great again…”, y los políticos se abrazaban en Tijuana festejando el éxito de las negociaciones con el queridísimo vecino del norte, porque la amistad entre las naciones se mantenía, mientras buscaban su mejor ángulo para la foto del festejo con imágenes de Benito Juárez de fondo.

Así me imaginé mi país, o al menos esa grande parte xenófoba de mi país xenófobo, después de que se anunciara que México y Estados Unidos habían llegado a un acuerdo.

Lo que inició el 30 de mayo, con el statement de Trump anunciando la imposición del 5% de aranceles a todos los bienes de México, se resolvió una semana después dejando claro que, como mencionó el secretario de Relaciones Exteriores, ambos países coinciden en que es trascendente “resolver rápidamente la emergencia humanitaria y la situación de seguridad prevalecientes…”.

Pero, ¡ojo!, porque cuando se combinan las palabras emergencia y seguridad en una misma frase, lo humanitario es mero adorno; igual que con los derechos humanos en el discurso político.

Escucho analistas y políticos dando su opinión, hablando del “estilo de Trump” que a nadie nos gusta, pero que afortunadamente hemos de encontrar canales para trabajar en conjunto.

¿En serio, México? ¿Acorralados sin salida? El estilo manipulador funciona muy bien ante un México que no juega sus cartas fuertes y que le ha comprado al tío Donald la concepción que él tiene de nosotros mismos.

Lo que en un principio parecían berrinches, se materializaron y lo que Trump desea, México se lo cumple.

Yo me pregunto, en esta guerra de manipulación ¿cuál es nuestro límite? La negociación del viernes está condicionada al cumplimiento de acuerdos, ¿quién y cómo se medirá el éxito de las acciones implementadas? ¿cuánto nos va a durar “el gusto”?

Ese triunfo que muchos mexicanos se encuentran festejando es una sentencia de muerte para muchas personas.

México tiene años simulando que la dignidad y las vidas de quienes huyen de Guatemala, Honduras y El Salvador son importantes para nuestros gobiernos; los pasados y el actual.

Pero la línea de México no es la protección internacional de estas personas, eso quedó claro —desde antes de las negociaciones del viernes— con el recorte presupuestal que sufrió la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) este año.

En 2018 cerca de 30 mil personas pidieron ser reconocidos con la condición de refugiados en México (para contrastar, en 2016 fueron casi 9 mil los solicitantes).

A principios del 2019, el 80% de estas personas seguían en espera de una resolución y la cifra de quienes solicitan se ha seguido incrementando.

En mi trabajo acompañamos y atendemos a población solicitante de refugio. Los retos son gigantescos, en Tapachula, tener una primera cita con COMAR es el primer reto.

La Comisión se encuentra tan rebasada que los citatorios para un primer contacto con ellos son de semanas.

Mientras tanto, lo que una persona —que no puede ser devuelta a su país— tiene para impedir una detención y devolución frente a un agente migratorio es un papel con la leyenda CITATORIO que en ocasiones tiene folio, pero que por lo general carece de este ¿qué creen que haría un agente de migración, un policía federal con esta hoja?

Entonces, ante el éxito de las negociaciones con Estados Unidos y el recurso de la Guardia Nacional para frenar la “migración irregular” ¿quién va a garantizar que las personas puedan acceder a su derecho a solicitar protección internacional?

El Canciller de México, cerró el viernes diciendo que habría esfuerzos “para construir una Centroamérica próspera y segura… con el objetivo de que los ciudadanos puedan construir mejores vidas para ellos y sus familias en casa…”.

Mientras tanto en Tapachula, ese mismo día por la mañana María, una madre acompañada de tres de sus hijos adolescentes, me narraba que la salida de su país no había sido suficiente para frenar la ira de sus agresores, quienes —ya habiendo ella dejado su tierra— llegaron a la casa de su tía y arremetieron contra quienes no la debían ni la temían.

María recibió videos de la masacre, pidiéndole que entregara a su hijo adolescente. “No volvás, seguí… no vuelvas a entregarte en bandeja de plata con todo y tus hijos…” le dijo su padre.

Esa es la casa de María en donde ella, si continúa sin papeles, tendrá que regresar a “continuar con su vida” o entregarse a la muerte.

Así, la política migratoria de Estados Unidos y México se unifica cada vez más, y el objetivo es claro: buscar formas sutiles —y no tanto— de erradicar las vidas que no importan.

La filósofa Judith Butler dice que en tiempos de guerra tenemos que decidir qué vidas merecen ser lloradas y que vidas no.

La guerra de aranceles, la guerra de la manipulación desatada por Donald Trump ya hizo que México decidiera qué vidas no se van a llorar. Y yo vuelvo a preguntar ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Acerca del autor

Victoria Ríos Infante es migrante permanente. Licenciada en Estudios Internacionales (Universidad de Guadalajara), estudiante del doctorado en Ciencias Sociales (ITESM Campus Monterrey). Ha colaborado con organizaciones y redes especializadas en el estudio y atención de la migración

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martha_victoria@hotmail.com

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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