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Enseña a tus hijos a tener metas y se convertirán en adultos exitosos

Ilustración: Internet

POR Paulina Pimentel

Juan estudia el cuarto semestre de la carrera de Ingeniería industrial y está confundido. Su rendimiento académico ha disminuido significativamente. Tiene tres materias a punto de reprobar y miles de tareas pendientes por entregar. Se cuestiona si realmente desea esta profesión para el resto de su vida.

Mariana es estudiante de preparatoria. Siempre se había destacado por sus certificados de excelencia en la primaria y secundaria; era una estudiante ejemplar, pero de algún modo, al ingresar a primero de prepa su promedio comenzó a bajar. Les dice a sus padres que no se siente motivada y que no tiene ni la mejor idea de qué es lo que quiere estudiar.

Alejandro está a punto de finalizar su último año de prepa, ha realizado algunos veranos debido al atraso por materias reprobadas y dice que al finalizar este último ciclo se dedicará a viajar por todo el mundo, quizá se tome uno o dos “años sabáticos”, puesto que la escuela no es su principal interés, nunca ha sido bueno y, además, ninguna carrera le convence.

Todos ellos tienen algo en común: no tienen un plan de vida, esa brújula que te motiva a alcanzar todo aquello que sueñas lograr.

¿Te acuerdas de esas clásicas películas americanas en donde siempre salían niños vendiendo limonadas en el jardín?, ¿o aquellos niños que tocaban tu puerta ofreciéndote “bolis” de todos los sabores? ¿Niños que vendían dulces en su salón o posters de dibujos animados? Pareciera que todo esto hoy es un atentado a los derechos de los niños. No están siendo educados a través de una cultura que enseña el valor del trabajo y el dinero, no se establecen metas de ahorro, no cuentan con hábitos como la disciplina, la perseverancia, la tenacidad y el sentido de responsabilidad. Los niños piden, pero no luchan por obtener lo que desean.

El asunto es que el “plan de vida” es una estrategia que desarrollas e implementas para alcanzar tu propósito. Cuando encuentras tu propósito elaboras una serie de pasos que sabes que te llevarán a alcanzar todo aquello que te propones. Eso por esto, que el plan de vida está construido en base a metas (a corto, mediano y largo plazo).

Pero, entonces, ¿en dónde radica el problema? El problema radica en que las personas que nos encontramos alrededor de estas nuevas generaciones no nos detenemos a reflexionar sobre cómo podemos ayudarles a construir su plan de vida; de hecho, ni los hacemos batallar ya que nos dedicamos a proveerles todo aquello que nosotros no pudimos tener y de pronto pareciera ser que, de unos años a la fecha, hasta hemos hecho responsables a las instituciones educativas de orientar a nuestros hijos sobre la elaboración de éste.

Durante la preparatoria, los estudiantes cuentan con el área de orientación vocacional, en donde se les ayuda, a través de la aplicación de diversos test, a detectar el perfil profesional destacando las áreas de fortaleza de cada uno de los alumnos. Esto te orienta hacia cierto tipo de carreras afines a tus habilidades y conocimientos. Cuando el alumno ya se encuentra cursando la carrera y el área de psicología u orientación educativa detecta “focos rojos” (un bajo rendimiento académico, por ejemplo), se acercan al estudiante para trabajar en conjunto la elaboración de un plan de vida. Hay otras escuelas que canalizan al estudiante a psicología externa para que un profesional se encargue de apoyarlo en esto. ¡Excelente atención por parte del sistema educativo! Pero no hay que dejar de cuestionarnos, ¿hasta qué punto influye la educación en casa?

Es importante recordar que el plan de vida es una “forma de vida”, no un fin. Los jóvenes piensan que mágicamente encontrarán una señal que les indicará que elecciones deben tomar para construir su camino. Y no es así, el plan de vida no viene como una respuesta a través de los sueños. El plan de vida se piensa, se construye y se diseña día a día.

A continuación, te dejo unas preguntas para reflexionar: ¿Qué tanto intentas resolverle la vida a tu hijo? ¿Tratas de darle todo aquello que nunca tuviste? ¿Le enseñas de algún modo el valor del trabajo? ¿Cómo le inculcas el valor de la responsabilidad? ¿Lo premias cada vez que tiene un logro o por sus buenas calificaciones? ¿Le das regalos en Navidad o en sus cumpleaños excesivamente caros? ¿Tiene todo lo que te pide? ¿Le enseñas a ahorrar para adquirir lo que desea? ¿Cómo le enseñas a fijarse metas? ¿Lo motivas a que se esfuerce por alcanzar todo aquello que sueña lograr? No olvides que hay muchos caminos para aprender el valor del esfuerzo, más nunca será el camino más fácil ni el más corto, así que deja de facilitarle la vida.

Te recomiendo que platiques con tu pareja y juntos respondan estas preguntas para así, poder elaborar un plan de educación en casa enfocado al sentido del esfuerzo, del trabajo y del establecimiento de metas.

Acerca del autor

Psicóloga, practica terapia Gestalt, es docente en la Universidad del Valle de México, y atiende niños, jóvenes y adultos en su consultorio particular.

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