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Una historia de la lectura de Alberto Manguel

Foto: El País

POR Fernando Celis

Aunque solo he leído dos de sus obras, una de ensayos y la otra, una especie de enciclopedia temática sobre la lectura, yo no definiría a Alberto Manguel como un escritor. En todo caso es un lector que divulga biografías, historia, literatura y diez mil curiosidades más, por medio de textos que delinean impecablemente el estilo literario del autor como si fuese escritor, pero Manguel es otra cosa.

Sin llamar mi atención, su nombre me era familiar hace tiempo, hasta que un día del año pasado compré dubitativamente La ciudad de las palabras. Jovana estaba conmigo y le pregunté si debía comprarlo o no, a lo que después de leer la contraportada respondió que parecía que sería de mi interés.

Lo compré y me gustó mucho, tanto que en la FIL-Zócalo 2018 celebrada en octubre adquirí Una historia de la lectura. Ambos libros son de una editorial mexicana, Almadía, que me parece está haciendo bien las cosas y de la que ojalá un día me nazca el deseo de hablar aquí de ella.

El libro estuvo arrumbado hasta el pasado 2 de marzo y mi impresión es que inicia un poco flojo. Dos páginas describiendo imágenes de personalidades que están “haciendo” el tema del cual se hablará, que es la lectura. Lo paradójico es que para poder describir esas imágenes uno tiene que saber leer, no en el sentido ortodoxo del término, sino en el más polisémico de la actividad, como el autor señala: “los lectores de libros […] amplían o concentran una función que nos es común a todos. Leer letras en una página no es más que una de sus muchas formas”. No solo las letras son susceptibles de leerse.

Una historia de la lectura está dividida en cuatro secciones y 22 capítulos que tratan de temas tan diversos como la lectura en silencio, leer para otros, libros con páginas ausentes, las formas del libro, leer al aire libre, leer en espacios privados, robar libros y los traductores como lectores, entre otras cosas. El texto narra una de las muchas historias que existen sobre la iniciación en el hábito de la lectura por lo que al mismo tiempo podemos ir reconstruyendo nuestra propia historia.

Mi historia, por ejemplo, es de inicio incierto e involucra a mi familia nuclear –aunque parezca perogrullada, puede no ser así-, desde los libros que cuando era pequeño mis hermanas le pedían a mi mamá que comprara para que ellas me los leyeran; los cómics de Batman y Condorito que no sé bien si mi mamá compraba por iniciativa propia o yo se los pedía; una lista de libros que mi papá me pidió que apuntara para comprarlos cuando hubiese dinero y que incluía el diccionario María Moliner, el diccionario político de Bobbio, libros de Fernando Benítez, De la Rochefoucauld, Ortega & Gasset, García Lorca y Robert Graves; hasta el librero que había en casa de mi tía Paty, que creo fue instalado ahí después de la muerte de mi abuela, y que recuerdo haberme acercado sin encontrar algún título que me llamara.

El libro de Manguel es infinito y no tiene conclusión, cada persona tiene su propia historia inacabada y puede reconstruirla de una y mil maneras mientras se entera de la semblanza bibliográfica del autor, que también señala que “la lectura es acumulativa y avanza por progresión geométrica; cada lectura nueva se construye sobre lo que el lector ha leído antes”.

Gracias a este libro caí en la cuenta de que algunas ideas que tenemos sobre la lectura son prejuicios, en el mejor de los casos, románticos y naíf; como pensar que el puro acto de leer mejora la memoria o que tiene poderes mágicos como los publicitados por la campaña de una librería que reza “leer evitará que…”. Lo único que leer puede evitar, es hacer otras cosas mientras uno está en ello.

También me enteré de que la esposa de William Shakespeare se llama Anne Hathaway, como la actriz, por lo que puedo intuir e imaginar que a sus padres les gustaba Shakespeare, o que la actriz se cambió el nombre por admiración a la misma, incluso que se dedicó a la actuación debido a que al mismo tiempo que fue bautizada, sus padres determinaron su destino por medio de un estigma inocuo. Supe también que la estadounidense Margaret Fuller fue la primera crítica profesional de libros en su país.

Al inicio dije que no considero al argentino un escritor, pero es hasta que lo leemos que tenemos el derecho a intentar clasificarlo. En algún capítulo hilvana la idea de que “las categorías son excluyentes; la lectura no lo es, o no debería serlo. Sea cual fuere la clasificación elegida, toda biblioteca tiraniza el acto de leer y obliga al lector –al lector curioso, al lector atento- a rescatar el libro de la categoría a la que ha sido condenado”. Condénense a leer a Manguel y rescátenlo de cualquier categoría en la que, involuntariamente, este escrito lo haya clasificado.

Acerca del autor

Fernando Celis es licenciado en Derecho por la Universidad de Sonora; maestro en Gobierno y Asuntos Públicos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Ha trabajado en el gobierno federal y en el de la Ciudad de México en los ámbitos Ejecutivo y Legislativo. Ha sido publicado en la revista Junio 7 (Sonora) y Cucaracha de Papel (Jalisco).

Correo Electrónico

fer.celis@gmail.com

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