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A sus 82 años, “el Saro”, pionero de la comida italiana en Hermosillo, regresa con su ristorante

POR Astrid Arellano

Real del Arco número 214 A. El ristorante está ahora en un local que antes era una papelería. Ahí, en un pequeño espacio, el exitoso restaurantero y hotelero de los años setenta, hoy empieza de cero. La jubilación no le gustó, pues tiene claro que si no se trabaja, no se come.

Se trata del responsable de que la pizza exista en Hermosillo y, muy posiblemente, en Sonora. Rosario Restivo Tomacello es su nombre, pero en la capital y en Bahía de Kino, lugares donde se forjó una reputación y una historia, le llaman “el Saro”.

A mediados de 1970, el Saro era popular. Por su pizzería, desfilaron políticos, empresarios, artistas, comerciantes, estudiantes, periodistas… allí se disfrutaba, se cantaba, se bebía y se comían las mejores pizzas, lasagnas y pastas.

El italiano, de Sicilia, ahora tiene el cabello gris y blanco. La piel de su frente, que adoptó el color de tres décadas viviendo frente al mar, está decorada por sus cejas despeinadas hacia arriba. Sonríe mucho, cada vez que habla con su acento marcado, y eso se nota en las arrugas que se le dibujan en el rostro cada vez que suelta una carcajada.

Este 5 de febrero cumplió 50 años en Sonora y, a sus 82 años, no titubea al hablar de un recomienzo en su historia.

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Su vida en Italia y 50 años en Sonora

“Yo te puedo decir todos los nombres de los presidentes de la República, desde que llegué, ¿te los digo?”, y entonces, para romper el hielo en la entrevista, el Saro empieza a recitar: “Gustavo Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo, de la Madrid, Salinas…

¿Quieres los gobernadores de Sonora? “, continúa, “¿Los presidentes municipales? Esos cuéntalos, haz una rayita por cada uno, cuéntalos, también te los digo todos. Si tú le preguntas esto a un político, seguramente no se los sabe”, afirma entre la risa y una actitud retadora.

“Tengo 82 años”, agrega, “los viejitos andamos lento, vemos poco y escuchamos menos, pero nadie tiene que empujarme”.

El Saro nació en Palermo, la capital de la isla de Sicilia, en Italia, el 9 de mayo de 1937. De niño, vivió la Segunda Guerra Mundial muy de cerca, pues su padre había peleado primero en la Guerra civil española, enviado de Italia a España por la dictadura de Benito Mussolini, para apoyar a otro dictador: Francisco Franco.

“En Italia yo sufrí la guerra”, narra Saro, “la Segunda Guerra Mundial… a los seis años, me acuerdo cuando entraron los americanos que invadieron Italia para liberarla de los nazis y de los fascistas; yo vi cuando quemaron el aeropuerto de Palermo -que es la capital- donde yo nací”.

Sus recuerdos son de hambre. La gente se peleaba por un costalito de harina, cuenta, y su mente vuelve a los zumbidos de los aviones bombarderos y de las explosiones que provocaban.

Después llegó el tiempo de terminar la secundaria y no querer estudiar más, pero sí entró a la Fuerza Aérea Italiana (Aeronautica Militare), donde durante cuatro años aprendió de los motores de los aviones cazabombarderos. Así inició su recorrido en trabajos con maquinaria, automóviles y aviones en un astillero en Holanda y en empresas como Fiat y Alitalia.

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“En Roma, era como 15 de agosto, ya no trabajaba… a mis 30 años hacía de latin lover”, recuerda y se ríe, “resulta que me encontré un grupo de mexicanas de Hermosillo, eran como once, entonces platiqué con una, yo no hablaba ni español, a señas, total… yo me casé con una de ellas”.

El Saro vendió su Fiat 500 para pagar los pasajes y llegó a Sonora en 1969. Fue un principio muy duro, aseguró: en un lugar donde no se hablaba su idioma, donde no tenía amigos y no tenía ni un peso. En la capital, con su experiencia de trabajo, su primer empleo fue en el Taller Aello, rectificando motores. Allí aprendió a hablar el español entre obreros. “Sin palabras domingueras”, explica, “con un léxico muy populachero”.

Después trabajó con los Mazón, en Servillantas, donde le pagaban 97 pesos diarios por ocho horas. Cansado, pero siempre con la mira puesta al trabajo, el Saro tuvo una revelación.

“Era el 20 julio de 1969 y pasó un acto histórico: la fecha cuando los americanos llegaban a la luna. Esperábamos todos que abriera la puerta, el astronauta, para salir a la luna. Pasaron horas y horas y horas… todos en el televisor esperando que abriera la puerta, y yo pensando: ¿qué voy a hacer aquí? ¿Con 97 pesos? Yo quiero hacer, yo quiero hacer…”.

Entonces agarró un papel y escribió una carta.

“Director del periódico Il Mattino -que quiere decir, ‘La Mañana’, es de la ciudad de Nápoles-, soy un emigratto que vive en el desierto de Sonora, al norte de la República Mexicana y me di cuenta de que aquí no hay ni una pizzería. Yo quisiera hacer pizza. Por favor publíqueme la carta, saludos y gracias”.

“Mando esa carta. En aquel tiempo no había internet, ahora pones ‘pizza’ y te da miles de recetas… y como al mes y medio o dos, me llegaron tres recetas y empecé a hacer pizza. Digo, no soy tan tonto: si podía arreglar el motor de un cazabombardero, ¿cómo no voy a hacer una pizza? Entonces agarré la receta de Nápoles, de donde es la mejor pizza, y empezó la aventura de la pizzería. La primera, se llamó Napolitana”.

Ese mismo año, fundó la pizzería con su esposa, por la calle Pino Suárez y tiempo más tarde, se cambiaron a la “Italia”, que todavía existe -con otros dueños- frente al Auditorio Cívico del Estado. La publicidad la hizo siempre por amiguero y servicial, todo de boca en boca, en uno u otro evento social, haciendo amigos en las bodas, en las fiestas de la ciudad y hasta en los funerales.

“Empecé bien, la verdad, luego, el producto era barato… en aquel tiempo, la pizza costaba 10 pesos y una soda, dos pesos.

En El Imparcial, conocí toda la sociedad de Hermosillo, luego me iba a Catedral cuando se moría gente, yo no sabía ni quién se había muerto y yo de todas maneras iba a ver… luego empezaba a ver las caras y decía a ‘ese yo lo vi en el periódico’, andaba buscando para todos lados, luego siempre iba al Grito de la Independencia; ahí estaban los soldados enfrente de mí y yo atrasito de ellos en el balcón, ‘ahí está Saro, dando el grito’, decían… yo estaba en todo”.

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Hubo años en los que Saro también hacía comida en vivo en la televisión hermosillense y, como siempre le ha gustado cantar, hasta aparecía en el programa de “Los Aficionados”.

Después llegó el divorcio y el Saro regresó a su país, donde trabajó tres meses en un restaurante de la vieja Roma, donde aprendió a hacer más platillos, como fettuccine y lasagna.

Luego vendría un viaje por México y, en una parada de tres meses en Puerto Vallarta, conoció a una mujer estadounidense que se convertiría en su esposa.

“Era secretaria de Ronald Reagan, ¿quién iba a saber?”, se carcajea, “total que me casé con ella, para hacer corto el cuento, en San Diego, entonces la traje a Hermosillo. Una noche en un restaurantito que yo tenía por la Pino Suárez, llegaron como 50 viejos, y ella me preguntó que si de dónde habían salido; le expliqué que aquí cerca, como a 60 millas, había un resort de puro viejito americano; ella agarra su Mercedes Spider y se fue a Bahía de Kino.

Le gustó y me dijo ‘se cierra aquí y nos vamos a Kino’, y ahí empezó mi aventura ‘kineña’. Duré 30 años en Kino”.

Ahí fundaron el Hotel Saro, en 1989, que inició como una casita a la orilla del mar: primero un cuarto, luego cuatro, luego ocho, dieciséis… hasta llegar a los 32.

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“La hotelería es una preciosidad”, afirma. Su segunda esposa murió en 1999, pero el hotel continuó trabajando todavía veinte años más. Cuando se vendió hace apenas unos meses, Saro, en búsqueda de un descanso, volvió a Hermosillo.

En ese tiempo, casi nunca salió a caminar, pero sí leyó el periódico de Italia, vio la televisión en italiano y usó el internet para hablar con su familia también italiana. Así pasaron tres meses. Luego se dio cuenta de que la vida de jubilado era muy aburrida.

“No me gustó, no sabía qué estaba pasando y yo dije esto no puede ser, voy a abrir un changarrito, a ver cómo lo hago y me animé”, contó Saro, “mucha gente me dice que tengo 80 años, que vaya a disfrutar… pero yo ya disfruté, es más, disfruto más con el trabajo, porque se saluda gente, porque hay anécdotas, porque hay de todo”.

Vuelve con “Forza Italia”

El Ristorante Saro, en su nueva ubicación, tiene como vecinos a un local de burros percherones, otro de pollos rostizados y uno más de tacos cebocitos.

De la entrada a la primera mesa, sólo hay tres pasos de distancia. En el lugar que apenas tiene dos habitaciones de unos seis por seis metros y otra de unos cuatro por tres, lo primero que recibe a los comensales, es un muro blanco y con letras garabateadas con plumón indeleble azul: son mensajes de sus amigos más queridos, quienes le han escrito felicitaciones y buenos deseos en su nueva aventura.

“Yo les digo que me escriban dónde nacieron, no dónde están viviendo, porque luego se olvidan de su patria”, explica, “mi Sicilia… digan lo que digan, yo soy siciliano; Sicilia, tierra caliente de hombre valiente, ¡como los sonorenses!”

Las mesas sólo son cuatro. Están adornadas con manteles de tela a cuadros rojos y blancos, a su vez, cubiertos por otro mantel de plástico transparente para evitar que se manchen.

Alrededor, la decoración es sencilla. Una bandera impresa con la frase “Forza Italia”, alusiva a la Copa Mundial de la FIFA, con un fondo a tres colores -los mismos que ese país comparte con México- y que se repetirán con mesura en cada detalle: un listón que cuelga de la guitarra de Saro, una calcomanía en el cofre de su carro y una bandera más pequeña en la entrada.

Hay también un par de mapas de Sicilia, los favoritos de Saro, pegados a la pared con cinta para ductos. En ellos, se muestran la cartografía y curiosidades de su isla natal. Allí, el host no escatima en detalles cuando se trata de hablar del lugar que ama. Señala un sitio y otro, y explica, en un recorrido de su dedo índice, todo lo que hay para ver: la iglesia de Santa Maria dell’Ammiraglio, conocida también como La Martorana; los viñedos y fábricas de vino tradicional en Marsala; la Fiesta del Almendro en Flor, en Agrigento; la pequeña ciudad de Corleone, que recuerda al protagonista de “El Padrino”; Siracusa, la ciudad natal del científico griego Arquímedes…

Su Sicilia, dice, siempre fue muy cotizada, por eso hay rastros de la conquista de árabes, fenicios, griegos, romanos, normandos, españoles y franceses, quienes dejaron algo de su cultura cada tantos cientos de años.

La cocina de Saro es pequeñita. Tiene dos estufas, un refrigerador, una tarja, una barra de trabajo y tres repisas. El espacio huele a salsa de tomate caliente, recién hecha. “Ven, huélela”, invita, al mismo tiempo que mete el tenedor a la olla, para sacar un gran pedazo de carne que allí se cuece, “mira lo que puse adentro, es cuete, tú sabes que en la cocina hay que inventar… quiero estrenar un platillo nuevo”.

De momento, ya no hace pizzas por falta de espacio pero, orgulloso, muestra una charola con lasagna recién apilada entre queso parmigiano y mozzarella, antes de meterla al horno. Sobre la mesa, además tiene unas tiras de pasta ancha, que él mismo amasa y luego corta con una maquina con dientes que cambian para hacer fettuccine o tallarines.

“Yo uso producto original, la pasta me la fabrico yo”, explica, “por ejemplo, una pasta comprada, para cocerse dura 10 minutos, la mía dura tres minutos -yo no te voy a decir cómo la hago, pero es muy rica-, la carne la compro aquí donde sea mejor.

Una cosa: si tú vas a un restaurante italiano, el dueño a lo mejor es chino o es árabe, como Italianni’s, que para empezar está escrito mal: es ‘Italiani’, con una ene, no con dos… el dueño es árabe y ¿qué va a saber? Yo que soy italiano, ¡ya parto aventajado con un 50 por ciento!”, se carcajea.

Cuando Saro recibe a clientes y amigos, se dedica a atender con esmero y detalle cada mesa, tan es así, que a ratos hasta se sienta con ellos, bromea, se toma fotos y les toca con su guitarra alguna tarantella napoletana para acompañar. A dos semanas de abrir al público, el cuartito que es el ristorante, se convierte en una fiesta de la que nadie se quiere ir.

“Ahorita me da pena porque viera cómo llegan amigos, y no entran o no caben, porque un día me puse en la modernidad de internet y si antes batallaba para pegar, ahora en uno o dos días tenía 2 mil likes, ¡y ya no sé qué hacer!

Me voy a ir al Estadio Sonora a hacer lasagna; necesito un local un poco más grande, efectivamente, porque gracias a Dios pegué”.

A Saro se le ve caminando aprisa entre las mesas y la cocina, donde tiene tres ayudantes; recoge un plato de pasta y lo deja en la mesa donde bromea con algún amigo, luego regresa a la cocina a abrir el refrigerador y vuelve a otra mesa a dejar refrescos, se va de nuevo a la cocina, después a otra mesa… y así en incontables ocasiones.

Se non si lavora non si mangia”, grita y traduce, “si no se trabaja, no se come… así es esto”.

 

Ristorante Saro se encuentra en la calle Real del Arco número 214 y atiende de martes a domingo en un horario de 13:00 a 16:00 horas y de 19:00 a 22:00 horas, teléfono 213 6827.

 

COMENTARIOS

17 Comentarios

  • Ana dice:

    Me acuerdo de los anuncios artisticos de herrería q ponía en las calles colgados q decian tire la basura en su lugar. y ponía du nombre pir varias calles fe la ciudad principalmente por la Rosales

  • Luca Geremia dice:

    ottima intervista al mio caro conterraneo, mi fa piacere che sia arrivato qui ad Hermosillo, sicuramente lo andrò a trovare molto presto e magari organizzerò anche una cena con i miei allievi.

    Bentornato Saro, sei una delle radici della cultura italiana qui in Sonora.

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