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Incompletudes y contradicciones de la cultura oficial sonorense

POR Fernando Tapia Grijalva

Son varios los temas que ameritan el análisis y reflexión a partir de los porqués del estancamiento cultural de nuestro estado, enseguida enumero los que a mi juicio son los más importantes y evidentes: la ausencia de un proyecto cultural oficial de impacto comunitario, los magros desarrollos culturales que se han logrado en la época posrevolucionaria; el desdén de los gobernantes por prestar atención a la educación de la sensibilidad de sus ciudadanos; una comunidad cultural poco participativa y despreocupada por corregir el rumbo de las instituciones culturales, entre otras. Es motivo de preocupación, que en la actualidad el proyecto cultural esté sometido a los caprichos y programas de los partidos políticos y por añadidura de los gobiernos emanados de sus filas.

Debido a la extensión de los temas que han motivado mis reflexiones, en un esfuerzo marcado por la necesidad de síntesis, trataré en esta ocasión de ocuparme de los signos contradictorios que proyecta la infraestructura cultural.

Para esto me traslado a la época del general Abelardo L. Rodríguez. Es inconcebible que, desde la época del General, nuestro estado muestre claras contradicciones en su desarrollo cultural. Fue en ese período cuando se construyó uno de los edificios más emblemáticos y representativos del patrimonio edificado de los sonorenses, se trata del actual edificio que alberga el Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora.

Es ciertamente un signo imponente de los afanes apresurados del gobierno estatal por afiliarse a los monumentales desarrollos que tuvieron lugar durante esos años en Europa y en el mundo. Sin embargo, esa inquietud por imitar los paradigmas y modelos prestigiosos imperantes, podrían leerse como caprichos oficialistas del gobernador Rodríguez, quien no fue capaz de tomarle el pulso al sentir de sus comunidades.

Me atrevo a expresar, que las ínfulas de grandeza que se reflejan en la imposición de modelos que nos llegan desde el exterior, son una muestra irrefutable de la visión parroquial y acomplejada que ha caracterizado a nuestros incultos gobernantes.

El edificio en cuestión es un símbolo viviente de nuestras incompletudes y contradicciones. Se trata de una obra inconclusa, ya que si usted la visita se podrá percatar que todavía quedaron las varillas expuestas en el último piso en el lado norte del edificio, donde se supone que iban a construir otra sección del monumento; además, se dejó expuesta una oquedad donde iban a colocar un ascensor, que hasta la fecha no han colocado. Se pueden visitar los diferentes pisos, pero para ello se tiene que transitar por escalinatas mal construidas, ya que los escalones no guardan las proporciones para que los pies se acomoden y se puedan aplanar placenteramente en cada escalón.

En fin, el edificio es una metáfora de los afanes de grandeza de Don Abelardo, pero también oculta vergonzosamente nuestras limitaciones para sintonizarnos con un mundo moderno que exige la perfección y la funcionalidad de sus construcciones.

Semejante apropiación del discurso arquitectónico ha causado tensiones inevitables, ya que las obras monumentales de infraestructura, a fuerza de estar presentes en nuestra cotidianidad, terminamos por aceptarlas como presencias inevitables y eternas. Es esa inquietud crítica la que me encamina a revisar lo que ante nuestros ojos aparece como una obra lograda y felizmente terminada. Una obra que con su autoridad presencial pretende silenciar nuestra capacidad de escudriñar, analizar y criticar las construcciones oficiales, que mañosamente pretenden ocultar sus imperfecciones.

No dudo de las buenas intenciones de nuestros gobernantes. Pero no dejan de ser actos voluntariosos, caprichosos y autoritarios. En el comentario de café cuando evaluamos sus obras relevantes, siempre se mencionan las aportaciones que en su momento se miraron como avances incuestionables en el desarrollo cultural del estado.

Por ejemplo, si analizamos el período de Samuel Ocaña, un gobernador respetado y bien visto por los ciudadanos, no sólo por su conducta ciudadana, sino por el legado que nos dejó en edificaciones y monumentos, encontraremos incongruencias y desaciertos de su gobierno.

Si evaluamos con ojos críticos sus aportaciones, podremos percatarnos con certeza, que durante su período se destruyeron importantes monumentos en los municipios de Sonora, supuestamente porque era necesario edificar y “modernizar” los palacios municipales.

En Rayón y Sahuaripa, solo por mencionar los espacios que más conozco, se derrumbaron importantes caserones históricos con el fin de construir adefesios que empañan contradictoriamente el sexenio de este gobernante.

Es por demás preocupante, que las contradicciones que emergen entre tradición y modernidad, entre progreso material y progreso espiritual y entre regionalismo y mundialización, sean los principales problemas que tendrán que resolverse para arreglar las descomposturas y averías que los gobiernos tradicionales han causado en el patrimonio cultural edificado de los sonorenses y que en el futuro podría solucionarse, si los gobernantes escuchan a los expertos y a los conocedores de estos temas.

Asimismo, tendrán necesariamente que modificar sus actitudes autoritarias y antidemocráticas para permitir la participación activa de la sociedad civil organizada. En próximas contribuciones continuaré explorando lo que para mí son reflexiones desinteresadas y apartidistas, que quizá sean de cierta utilidad para corregir el contradictorio y sinuoso camino de la cultura oficial de nuestro estado.

Acerca del autor

Fernando Tapia Grijalva es profesor investigador de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Sonora e integrante del comité ejecutivo del Consejo Cultural Ciudadano de Sonora.

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tapiagrife@psicom.uson.mx

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@cccsonora

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