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Despiden a Emilio “rey del aguaje” entre lluvia y silencio; pero “el show debe continuar”, dijo siempre

POR Astrid Arellano

Silencio. Esta noche no sonó ni una sola cumbia del Tropical del Bravo en la bocina. Sobre la sala que comúnmente es una pista de baile, ahora yace el féretro del hombre que recibió en su propia casa, durante cientos de noches, a quienes querían seguir la fiesta después de que los bares, cantinas y antros de la ciudad, ya habían cerrado.

La ‘Casa de Emilio’ está mojada por la lluvia que cayó en la tarde noche. Adentro ya no hay más bullicio de la gente que llegaba de madrugada para continuar bebiendo, y sólo queda el murmullo de la familia que vela el cuerpo del “rey del aguaje”.

Flores lo rodean -rosas, en su mayoría-, un cirio arde en la cabeza del ataúd y, del lado izquierdo y sobre una repisa, hay una fotografía de tres personas que, sonrientes, parecieran observarlo: su padre, su madre y su hermana. Todos murieron antes que él.

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Lo único festivo en el lugar, son los restos de las fiestas navideñas: algunos adornos con follaje de pino, una estrella roja, un par de pompones plateados y brillantes que cuelgan del techo y la extensión de luces que rodea de la casa y que parpadea entre azul eléctrico y rosa fucsia.

Aunque roído y descuidado, el sitio no desentona del resto de casas del lugar en el que se ubica, bajo el Cerro de la Campana y en el Centro de Hermosillo. De colores blanco y verde, con una puerta grande, con forma de arco y custodiada por una cámara de vigilancia, en su planta baja, la casona de dos niveles está compuesta por una sala conectada con un comedor. Trasteros, vitrinas, unos sillones y, al fondo, una estufa que hierve la olla de menudo que esta noche cenan los deudos.

¿Qué pasaba en la Casa de Emilio?

La Casa de Emilio es un lugar a todas luces ilegal pero que, desde hace por lo menos 30 años, opera a la vista de todos. Los policías, cuentan, iban y venían de vez en cuando, hablaban con el dueño y todo continuaba con normalidad.

No se sabe con precisión desde cuándo comenzó a funcionar -más que como aguaje- como lugar de diversión donde casi nada estaba prohibido: alcohol, drogas, baile y prostitución convivían sin problema alguno, narran quienes lo frecuentaron.

Empezó con un espacio reducido, el de su entrada. La cerveza no era cara y siempre estaba fría, y la música se ponía a petición y gusto de la gente. El anfitrión, de casi dos metros de altura, robusto, siempre sonriente y amable, ofrecía chocolates, cigarros y hasta pozole. Le gustaba convivir, bromeaba y era querido por quienes lo conocían.

Emilio del Raso Hidalgo vivió 59 años. Nació el 22 de agosto de 1960 en Hermosillo, en una familia que se dedicó a la industria del entretenimiento -ilegal o no- desde siempre, pues tuvieron varios locales en la zona de tolerancia y en el Centro.

La casa que era de sus padres fue el último sobreviviente de estos lugares, pero que nunca fue pensado para usarse como tal. Sólo pasó con los años y con lo mal que le fue en los negocios de los que tomó las riendas al morir su padre.

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Pero la Casa de Emilio se convirtió en un lugar especial para todos. Quienes más lo frecuentaron en los años recientes, eran las personas pertenecientes a la comunidad gay –de la que el dueño formaba parte– y la muestra del cariño quedó plasmada en una de las coronas de flores que llegaron a su funeral. “La Mansión” se leía en el listón de la dedicatoria del presente enviado por uno de los antros más populares de la zona.

El negocio se amplió y la casa fue ocupada en su totalidad por la fiesta. Emilio rentaba los cuartos y el patio acabó por usarse como baño público. Olía muy mal, aseguran, pero no muchos se quejaban de esto al permanecer ahí cualquier noche.

Luego el ambiente de fiesta se tornó violento. Algunos cuentan que dejaron de ir cuando empezó a rolar el cristal o cuando ya no se tenía la certeza de salir sin que algún extraño les asaltara o navajeara en la banqueta.

“Él dijo siempre: el show debe continuar”

“Era el rey del aguaje”, afirmó Omán Nevárez, periodista sonorense, “era un lugar que a todas luces funcionaba en la ilegalidad, durante muchísimos años y hasta el día de su muerte… a la casa se le conocía también como el ‘Metrito’.

Emilio era amable, yo nunca lo vi borracho ni drogado, era una persona atenta y, viéndolo como lo que era, un negocio, lo atendía bien, sonriente, platicador y con sus camisas vistosas, muy floridas”, dijo.

“Era un amante de los perros, tenía como veinte french poodles y también sentía un gran amor por su familia”, contó Felipe Larios, periodista hermosillense que conoció a Emilio desde la infancia, al ser vecinos de la zona centro.

 

 

“Su cuerpo se lo fueron acabando el ritmo de vida y la diabetes… le cortaron una pierna, luego la otra”, agregó sobre el hombre que pasó sus últimos años en una silla de ruedas.

Elizabeth Hidalgo, su sobrina, contó que sólo dejó de trabajar cuando ya no pudo más, unos tres meses antes de su muerte, este 4 de febrero. Emilio se fue de un paro, en el Hospital General del Estado, donde ya tenía una semana en reposo.

La Casa de Emilio sólo abre hoy para recibir a quienes se despiden de él, en recuerdo de la leyenda que construyó. Sin embargo, una pregunta permanece en el aire y rodea la casa como los focos navideños que en el techo se prenden y apagan: ¿Continuará la fiesta en cualquiera de las noches siguientes?

“Así lo hubiera querido”, agregó Elizabeth, “como él dijo siempre: el show debe continuar”.

 

 

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