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La literatura es teratología

Imagen: Internet

POR Fernando Celis

El Ruletista, Mircea Cartarescu

El 30 de julio de 2016, sin un paracaídas en su espalda y de una avioneta que volaba a 7 mil 620 metros sobre tierra firme, Luke Aikins se lanzó de la misma con destino a una red de 30×30 metros que se encontraba a 10 pisos a ras de suelo.

Esa fue la noticia más trascendente e impactante del año para mí, incluso más que el proceso electoral estadounidense del cual resultó victorioso Donald Trump. Meses después de la hazaña de Aikins, cada vez que tenía oportunidad de conversar con alguien, le contaba del acontecimiento y le mostraba el video que pueden ver aquí.

También me sorprendía que a la mayoría de los espectadores no les causaba ninguna emoción más allá de la que puede causar encontrarse una moneda de 10 pesos en un pantalón utilizado el día anterior.

Lo traigo a colación porque en enero de 2017, Marco Tulio un amigo que se dedica a escribir, me regaló El Ruletista de Mircea Cartarescu, cuento breve (o nouvelle, como prefieran) que se publicó individualmente porque fue vetado por el gobierno de Rumania y excluido del título donde originalmente aparecería. Comentaré alrededor de este libro porque no sé reseñar y no conozco la obra del autor.

De la lectura derivó que recordara el caso del paracaidista, posteriormente pasé a cuestionarme cómo funciona la mente de estas personas y finalmente me pregunté si después de la proeza su cosmovisión sigue siendo la misma, ¿su vida permanece igual? ¿La relación con su familia cambia? ¿Le encuentran algún sentido a las actividades normales? ¿Despiertan orgullosos por su éxito? ¿sienten algún vacío? ¿Sienten nostalgia del absoluto? ¿Inconscientemente son suicidas? ¿Están desesperados?

¿A quién se le iba a pasar por la cabeza convertirse en una especie de campeón de la supervivencia? Pero lo cierto es que el Ruletista conseguía, por el momento, mantener ese ritmo demencial en una carrera en la que solo había otro concursante: la muerte.

La narración trata sobre un individuo que se dedica a arriesgar su vida participando en juegos de ruleta rusa (supongo que el lector conoce el juego, si no, consiste en cargar un revolver con una bala en uno de los tambores, girar el cilindro y una vez que se detiene, colocar el arma en la sien y apretar el gatillo; si te toca la bala, pierdes), que empieza a obtener fama por el hecho de que la fortuna lo acompaña. Quiero decir que llega un momento en el que participa tantas veces sin que le toque la bala, que pronto el juego se vuelve monopolio del Ruletista.

Al principio el juego se organizaba en el bajo mundo de la ciudad de Bucarest (esto es suposición, no recuerdo que se mencione locación) con la participación del anfitrión, que debía conseguir a los jugadores –con frecuencia, seres desesperados que no tenían para subsistir- y a los accionistas o apostadores.

Se requería contar con un dinero extra para la eventual deposición del cuerpo, en caso de que el jugador resultara perdedor. Todo esto termina cuando el Ruletista hace su aparición, que además es voluntaria; se presenta ante un anfitrión, le pide participar, no exige mayor remuneración que la que le ofrecen, y eso da pie a la leyenda del mismo, que posteriormente abandonaría a su anfitrión y se convertiría en su propio jefe, arriesgando la vida durante 2 años.

En toda la narración el Ruletista no tiene voz, el narrador es un observador externo, un conocido del estilo Nick Carraway en El Gran Gatsby, y es quien nos cuenta cómo él ingresó al mundo de la ruleta y subsecuentemente presenciaría el ingreso de la estrella de ese mundo, que lo dejaría trastornado en virtud de la peculiaridad del caso y del entorno.

“Casualmente, en la primera partida de ruleta a la que asistí, el ruletista salió indemne. Desde entonces, a lo largo de los años, he asistido a cientos de ruletas y he visto en muchas ocasiones una imagen indescriptible: el cerebro humano, la única sustancia verdaderamente divina, el oro químico donde se encuentra todo, esparcido por las paredes y por el suelo, mezclado con esquirlas de hueso”.

Como es un cuento breve no puedo decir mucho más en relación al mismo, pero sí referirme al estilo literario. A pesar de que me gustó mucho, al final el cuento se vuelve una narración metaliteraria, y aunque sale bien librado con las reflexiones que presenta, creo que rompe con la tensión que la historia misma genera. La técnica metaliteraria me recordó un poco a Niebla, y Seis personajes en busca de autor, donde los personajes tienen un diálogo con el autor o el lector.

Fue esta técnica la que me hizo recordar el caso del paracaidista que mencioné anteriormente. Dije que me sorprendía que muchas personas no se interesaran por el caso, pero si imagináramos que se organiza una competencia de salto sin paracaídas con altas probabilidades de desgracia, tendríamos una buena cantidad de espectadores. ¿Es a fuerza de bombardeo y repetición que prestamos atención a los detalles? Consideremos que el hecho de repetir un detalle ad infinitum lo normaliza. ¿En el fondo no deseamos que la desgracia sea la normalidad? Claro, siempre y cuando esa normalidad se presente en los otros.

“Por mi parte, siempre me ha estremecido el deseo femenino de acercarse a la muerte, su fascinación por los hombres que huelen a pólvora de forma casi metafísica. El increíble éxito que tenía entre las mujeres aquel chimpancé estúpido y apergaminado que de vez en cuando ponía en peligro su propia vida, debía tener su origen ahí. Creo que aquellas mujeres nunca habrían amado con más pasión que después de haber asistido a su muerte: habrían llegado a casa con sus amantes y se habrían arrancado los vestidos ensangrentados, manchados de pegotes de una sustancia cenicienta y de líquido ocular”.

Pareciera que es el morbo lo que nos conmina a prestar atención a los hechos inauditos y no tanto un romanticismo por los casos atípicos, o tal vez ese “morbo” no sea otra cosa que una pulsión por la muerte mal asimilada o comprendida. La historia de Cartarescu, igual que el salto sin paracaídas, es trasgresora porque a pesar de ser ficción, perfectamente puede ser realidad. ¿No es Aikins un “ruletista”?

“A veces me colma de felicidad la idea de que tal vez Dios no exista”.

El libro me gustó por muchas razones, siendo la principal que la historia trastocó mi estado de ánimo. Aunque el personaje es ficción, es factible que haya existido o exista un individuo que por puro placer se dedique a esa actividad.

Recomiendo la lectura de El Ruletista ampliamente. Además de ser a ratos sobrecogedora, también es entretenida y da lugar a la reflexión, no tanto sobre el suicidio o la muerte, como de esa condición humana que nos impele a estar pendientes de la fortuna de los otros, especialmente ante situaciones de riesgo y posibles desgracias. Pienso que el video de Aikins hubiese causado más interés si al final caía fuera de la red, ante la presencia de su propia esposa e hijo.

Acerca del autor

Fernando Celis es licenciado en Derecho por la Universidad de Sonora; maestro en Gobierno y Asuntos Públicos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Ha trabajado en el gobierno federal y en el de la Ciudad de México en los ámbitos Ejecutivo y Legislativo. Ha sido publicado en la revista Junio 7 (Sonora) y Cucaracha de Papel (Jalisco).

Correo Electrónico

fer.celis@gmail.com

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