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Los calendarios para el hombre nuevo y su utopía 2019

Imagen: Internet

“Hoy es el primer día del resto de tu vida”.
Abbie Hoffman.

Los calendarios regularán la civilización terrestre y los almanaques desecharán sus hojas y alimentarán la historia, con sus fastos y nefastos. Hoy, hace diez días, desechamos el calendario del año 2018. Antes de tirarlo a la basura, con anotaciones, símbolos, dibujos de mi personal caligrafía, lo hojeo y me transporta momentáneamente a esos días, semanas o meses que se fueron como hoja al viento.

Con la inercia de la eterna incógnita Historia del tiempo -clásico de Stephen Hawking- y a partir del nacimiento de Jesús de Nazareth, la humanidad lleva un sistema de cómputo de años solares, meses, semanas y días, división artificial del año civil.

El hombre sintió, desde remotas edades, la necesidad de esa pauta para organizar su vida y se basó en la distribución de los períodos de luz y de obscuridad, para regir usos y costumbres, para ordenar -en términos precisos y preciosos-  la moral y la cultura.

El primer día de cada mes, de luna nueva, era llamado por los romanos “calendas” y el informe de los sacerdotes al pueblo se llamaba “calendario”, que unos llaman “almanaque”. Son famosos los de Gotha, a partir de 1764 y el del pobre Ricardo, que durante 28 años publicó Benjamín Franklin, con máximas y consejos éticos.

El calendario egipcio surge a principios del tercer milenio antes de Cristo y es el primero solar conocido de la Historia. Estaba en pleno uso en tiempos de Shepseskaf, faraón de la dinastía IV. En los Textos de las Pirámides ya se menciona la existencia de los días epagómenos.

Se suceden los calendarios romano y el reformado gregoriano de 1582, aceptado por Europa, Asia y América. Otros son el solar, el lunar, el lunisolar, el positivista, el racional, el de flora y el republicano.

El cómputo del tiempo en América, antes de Cristóbal Colón, había alcanzado, entre mayas y aztecas, una precisión admirable. El calendario azteca o piedra del sol –Museo Nacional de Antropología e Historia-, enorme basalto de más de 24 toneladas y 3.66 mts. de diámetro, tiene esculpido un círculo con signos, figuras y jeroglíficos en relieve, delicadamente trabajados, computaba en 365 días y seis horas, menos algunos minutos, aproximándose a la exactitud astronómica con mayor precisión que el Juliano, usado en la época.

El tiempo sigue su inexorable marcha como siempre. El cosmos nos seguirá negando las evidencias de su principio y fin. Su misteriosa infinitud -representación de la idea de Dios, que inquieta a teólogos, filósofos y científicos-, continuará rigiendo e inspirando ¿por siempre? la exacta y espiritual cultura humana.

Los calendarios regularán la civilización terrestre y los almanaques desecharán sus hojas y alimentarán la historia, con sus fastos y nefastos. Pero el periodo anual es el mismo. Sin embargo, frente a la pasividad del nihil nuovo sub sole/”nada hay nuevo bajo el sol”.

Usted debe de haber desechado su calendario del año 2018, ¿no? Quizá, como yo, antes de tirarlo a la basura. Fue su historia personalísima, con sus fastos y nefastos.

Ahora, acudamos a la célebre frase atribuida al símbolo de la rebelión juvenil y del activismo radical de los 60s y 70s, Abbie Hoffman: “Hoy es el primer día del resto de tu vida”.

Acerca del autor

Héctor Rodríguez Espinoza es licenciado en Derecho Certificado, doctor en Derecho por la Universidad de Sonora, investigador de Derecho, expresidente del Consejo de Certificación de la Barra Sonorense de Abogados A.C; director del Centro Cultural Mario de la Cueva/Eduardo García Máynez.

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agendaculturalsonora@hotmail.com

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@HrodriguezEs

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