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Adolfo Ruiz Cortines fue el primer intento de purificación política nacional

Imagen: Internet

POR Héctor Rodríguez Espinoza

“Seré inflexible con los servidores públicos que se aparten de la honradez y la decencia”.

Un día como hoy, 3 de diciembre de 1973, murió Don Adolfo Tomás Ruiz Cortines, militar, contador y político, presidente de la República de 1952 a 1958. Su padre murió antes del nacimiento de Adolfo, su madre se hizo cargo de él con su hermana, su abuelo y tíos. Cursó estudios básicos y bachillerato. Admiró y respetó a los hombres de la Reforma.

Bella la metáfora de la urgente ¿regeneración, purificación? de los tres órdenes del poder público y de los grupos de interés al acecho, desde entonces, de la riqueza socialmente generada, cuya semilla descubro en estas palabras contundentes en su discurso inaugural de la toma de la Presidencia en Bellas Artes. “No permitiré que se quebranten los principios revolucionarios ni las leyes que nos rigen…”,  y se comprometió a cumplir con un “plan de emergencia para poner al alcance del pueblo el maíz, el frijol, el azúcar y el piloncillo; las grasas comestibles, la manta, la mezclilla y el percal”.

Dramático y sin recovecos, señaló los errores de la administración del expresidente Miguel Alemán, presente en el evento: gastos excesivos, superfluos e innecesarios. No más corrupción por parte de los servidores públicos. Don Adolfo o el “viejito”, como lo llamaba el pueblo, odiaba la deshonestidad y el despilfarro. Al otro día de haber anunciado la lista de su gabinete, publicó la de sus bienes patrimoniales.

Exigió que los más de 250 funcionarios públicos lo hicieran: Ángel Carbajal, de Gobernación; Luis Padilla Nervo, de Relaciones Exteriores; Antonio Carrillo Flores, de Hacienda; Carlos Lazo, de Comunicaciones y Obras Públicas; Ernesto P. Uruchurtu, jefe del Departamento del DF, y Adolfo López Mateos, del Trabajo y Previsión Social.

Ordenó la suspensión de los pagos a los contratistas de gobierno, acabó con el monopolio de distribución petrolera que poseía el “secretario sin cartera”, el millonario Jorge Pasquel y lo hizo con muchos de los beneficiados de Miguel Alemán.

Era tal su obsesión por la honradez que los esposos Ruiz Cortines tardaron un año en cambiarse a Los Pinos, porque la residencia le parecía ostentosa y escandalosamente grande.

Don Adolfo prefería despachar en su casa de Insurgentes Sur, en la calle de Albarrán, o en Palacio Nacional. “Max (Notholt), el pueblo espera que su presidente sea decente siempre”, le decía a su secretario particular. Aparte de darle el voto a la mujer, antepuso a sus intereses personales y los de su gabinete, los altos intereses de la nación.

La primera dama, doña María Izaguirre, menos discreta que su marido y mayor que él: “Una vez al año le regalaba un auto de lujo a los obispos para que sus trabajos de evangelización resultaran más fecundos y menos mortificantes que los de Jesús”.

Adolfo Ruiz Cortines dejó la Presidencia el 1 de diciembre de 1958. Tenía 63 años de edad. Para recibir a sus amigos, poder platicar y jugar dominó con tranquilidad, se instaló en una oficina “tan desolada y tan sencilla”, en la Avenida Revolución, por el rumbo de Tacubaya.

Allí llegaban los más fieles, don Luis Cabrera, don Enrique Rodríguez Cano y Esperancita, su taquimecanógrafa de toda la vida. Cuando no tenía visitas, escribía sus memorias. En esa época padeció “el dolor más hondo”, la muerte de su hijo. Con el tiempo, don Adolfo se fue haciendo cada vez más hermético y más solitario.

Murió a los 83 años, pobre pero con la conciencia tranquila. No robó, no traicionó a nadie y siempre fue congruente en su vida, tal y como aprendió de niño en el colegio jesuita, con su preceptor Jerónimo Díaz. Como bien concluye Esperanza Toral: “Se ganó el cariño y el respeto nacional, porque fue un mandatario patriota y prudente como todo ser humano sabio”.

Terminó sin riqueza alguna, porque se respetó a sí mismo y respetó al pueblo y sus leyes. Mantuvo la paz no con represión, ni matanzas, sino con trabajo que se tradujo en armonía social y desarrollo nacional”.

Acerca del autor

Héctor Rodríguez Espinoza es licenciado en Derecho Certificado, doctor en Derecho por la Universidad de Sonora, investigador de Derecho, expresidente del Consejo de Certificación de la Barra Sonorense de Abogados A.C; director del Centro Cultural Mario de la Cueva/Eduardo García Máynez.

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COMENTARIOS

1 Comentario

  • Daniel Herrera dice:

    Muy buena reseña… Pero por qué la imagen de Miguel Alemán Valdés ??? Tengo entendido que a ese le decían Alí Baba y su gabinete eran los 40 ladrones.

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