Sin médico, sin ocho pesos para una pastilla y sin gasolina para viajar, seris sufren la enfermedad y la muerte - Proyecto Puente
Proyecto Puente > Reportajes Especiales > Sin médico, sin ocho pesos para una pastilla y sin gasolina para viajar, seris sufren la enfermedad y la muerte

Sin médico, sin ocho pesos para una pastilla y sin gasolina para viajar, seris sufren la enfermedad y la muerte

POR Astrid Arellano

Claudia, desaliñada, habla con la cabeza baja. El sillón de una casa que no es la suya rechina al sentarse. Está viejo y sucio, pero es el único asiento disponible en la sala del lugar donde vive desde finales de 2017 cuando, como dicta la tradición de la etnia Comcáac, le fue intercambiada su casa original por un padrino, al morir su hija más pequeña. Su nombre era Nayra.

La pequeña, en aquel entonces de ocho meses de edad, nunca tuvo un diagnóstico oportuno que la ayudara a sobrevivir, pues en su comunidad, Punta Chueca, Sonora, no hubo un médico que la atendiera tempranamente para canalizarla a un hospital.

En su pueblo, tanto el Centro de Salud como la base de Cruz Roja, están abandonados y en ruinas, mientras la gente enferma y muere al no tener diagnósticos y atención oportuna.

Para Nayra, tampoco hubo una ambulancia para trasladarla aquella tarde que convulsionó, ni siquiera gasolina para el carro que sus padres pidieron prestado para salir del pueblo. Así que a la familia sólo le restó rezar y esperar. Claudia López y Juan Barnett, de 26 y 29 años, no tuvieron otra opción.

Entonces, cuando los pescadores volvieron del mar al atardecer, entre todos reunieron el combustible que les había sobrado de su jornada en las pangas, para así viajar a buscar ayuda.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

“Esa vez soplaba mucho viento, yo me acuerdo, estábamos desesperados por salir del pueblo y no podíamos”, narró Claudia, “a mi esposo y a mí no nos quedó más que esperar a las pangas que regresaron ya cayendo el sol… así fue la primera vez que internaron a la bebé”.

Hicieron el recorrido con Nayra en brazos desde Punta Chueca hasta Bahía de Kino –la comunidad más cercana que tiene un centro de salud y una base de Cruz Roja– a 34 kilómetros de distancia; desde allí, consiguieron que una ambulancia les transportara al Poblado Miguel Alemán, la siguiente comunidad a 45.5 kilómetros más y, desde este punto, hasta la capital de Sonora, Hermosillo, a 62.9 kilómetros.

Un viaje de este tipo –utilizando sólo un automóvil–, para salvar la vida de un integrante de la etnia que está prácticamente aislada en el desierto, puede tomar por lo menos dos horas.

 

Nuestra gente está muriendo: Ramona Barnett, presidenta del Consejo de Ancianos, al quedar viuda

La abuela Ramona Barnett asumió el cargo de presidenta del Consejo de Ancianos de Punta Chueca de la manera que menos esperaba. Sentada en el patio de su casa, la anciana recuerda que fue el 24 de diciembre de 2017 cuando vio partir a su esposo, don Antonio Robles, al no sobrevivir un ataque al corazón, por lo que ella lo sustituiría en el mando días después, como la comunidad se lo solicitó.

Tata Antonio –como le llamaban en su pueblo– era el anterior presidente. Se le reconocía por ser el encargado de transmitir la tradición oral y las normas comunitarias a las nuevas generaciones, así como por ser una importante voz a la hora de la toma de decisiones en el interior del pueblo. Don Antonio, explicó su esposa, siempre estuvo al servicio de la gente.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El anciano estuvo fuera de su comunidad desde septiembre de 2017 recibiendo atención en el Hospital General del Estado de Sonora (HGE), en Hermosillo, por una úlcera gástrica que se fue agravando por no recibir atención médica oportuna en el pueblo.

Su hijo, Israel Robles, buscó de todas las maneras posibles la ayuda de la gente en la capital porque no conseguía sangre para transfundirle a su padre –quien la perdía en grandes cantidades–, ni tampoco tenía recursos para sobrevivir en Hermosillo viviendo afuera del hospital, durmiendo junto a su madre sobre una banqueta, con apenas una cobija y la ropa que traían puesta, para cubrirse.

“Es nuestro derecho tener un médico en nuestra comunidad, ya que hay muchos enfermos que no pueden salir del pueblo, porque no cuentan con carro ni mucho menos el dinero para trasladarse”, explicó la abuela.

Si don Antonio, siendo una autoridad tan importante para la Nación Comcáac, murió por falta de una atención médica, ¿qué podría esperar el resto del pueblo? Se cuestionó Ramona.

“Antes respetaban mucho las autoridades de nuestra comunidad”, agregó, “hoy en día es difícil unir esfuerzos para apoyarnos, pero nosotros, ahora que tenemos el puesto por parte de nuestra costumbre tradicional, queremos validarlo y servir a nuestro pueblo, porque nuestra gente está muriendo”.

Aguantando el dolor: Sin dinero para comprar una pastilla a 8 pesos, ni para gasolina

A Norma Alicia Monrroy le duele el costado derecho del cuerpo, en la zona cercana a la espalda baja. No sabe qué le pasa, pero ya tiene varios días así y aunque su familia cuenta con una camioneta para salir del pueblo, no tiene dinero para comprar la gasolina que se lo permita.

Entonces se ha mantenido así, pidiendo prestados medicamentos para el dolor a quien ha podido, sólo para aguantar.

“En la tienda hay naproxeno, paracetamol, sueros… cuesta ocho pesos cada pastilla, una nomás”, explicó Norma, de 54 años, “pero a veces no hay ocho pesos, ni un peso, no hay nada; por eso batallamos mucho”.

En casa, además de ella, Norma tiene a dos de sus nietos enfermos. Joan, un pequeño de seis meses a quien apenas le controlaron la fiebre, y Fabián, de cinco años, quien aparenta tener tuberculosis. Este último, delgado en apariencia, está dormido en una cama con una bolsa de plástico al lado, que su abuela le puso para que vomitara en ella.

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Yulissa Robles, la madre de Joan, explicó que la noche anterior lograron salir del pueblo cuando consiguió la gasolina suficiente para ir y volver de Bahía de Kino, pero el problema mayor fue comprar las medicinas que el bebé necesitaba.

“Tuvimos que ir a comprarlas a la farmacia; son caras, todas de 100 o 200 pesos, más la gasolina; aquí se batalla mucho porque el Centro de Salud está abandonado y no hay doctor, a veces llega uno, pero se va y ya no vuelve.

Estos medicamentos que le recetaron, creo que no son muy fuertes y el niño todavía sigue igual de calentura; lo bañé y ya se le está bajando un poquito, pero en la noche otra vez se vuelve a poner malito… llevarlo de nuevo sería otro gasto y es dinero que no tenemos”.

 

El olvido a mi comunidad es histórico y sistemático: Zara Monroy

Zara Monrroy, una joven mujer perteneciente a la etnia y promotora de su cultura, recorre a pie la orilla del mar que rodea a su pueblo y cuenta que el discurso de los políticos que visitan la Nación Comcáac es –como coloquialmente se dice, “de dientes para afuera” –, es decir, está repleto de palabras que salen de sus bocas, sin la intención de volverse realidades.

“Nomás quieren ‘levantar cuello’, decir que llegaron acá e hicieron esto y siempre ha habido esa intención; no digo que no ha habido apoyos, porque sí ha habido, pero solamente por un día y con eso no avanzas en nada, nomás detectas una enfermedad ¿y qué pasa con eso? Mandas al paciente a Hermosillo y es lo mismo.

Necesitamos un doctor de planta, porque ese doctor puede avanzar muchas cosas con el respaldo de nuestra comunidad; en realidad, si llega alguien así, el gobierno o quien sea que se anime a apoyar en ese sentido, el pueblo va a estar contento y agradecido, y va a dar ese respaldo que necesita porque es beneficio para ellos también”.

El olvido hacia su comunidad es histórico y sistemático, explicó Zara, pues han sido vistos como un botín político cada que hay elecciones e incluso cuando los funcionarios ya ostentan un cargo público.

“Han llegado políticos que están en campañas o que ya están en el puesto, pues nomás para convivir, para llevar despensas, para presentarse y decir que quieren hacer un acercamiento con nosotros; obviamente, la gente dice sus necesidades, pero nunca han tenido una respuesta, porque en realidad no hay ese sentir humano con nuestros pueblos originarios… y en todas partes es igual”.

Zara Monroy, joven mujer seri, promotora de su cultura.

 

 

En cada hogar un enfermo o un familiar fallecido

La historia de Nayra, de don Antonio, de Norma y sus nietos, se repite una y otra vez por donde se pregunte en el pueblo, pues en cada hogar hay una persona enferma o un familiar fallecido por la nula atención médica.

Claudia, la madre de Nayra, asegura que el caso de su hija habría sido distinto si alguien la hubiese orientado, pero ahora lo único que le queda es habituarse a la casa en la que vive con sus otras hijas pequeñas y su esposo, donde se quedarán de manera definitiva.

“Fue muy difícil adaptarme otra vez aquí a hacer mis cosas… las costumbres dicen que cuando se sufre una pérdida, se tiene que cambiar la casa por cierta gente de aquí, que vienen siendo como padrinos.

Entonces le cambiamos la casa a esa gente y dejamos todo allá, todas las cosas de la bebé, toda la ropa y pues fue un cambio muy drástico: sin casa y más que nada sin ella, para continuar en una casa muy…”, y Claudia se detiene para mirar las paredes que la rodean, “en una casa que nunca pensamos pisar. Empezamos de cero. Y esto… es para siempre ya”.

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

COMENTARIOS

2 Comentarios

  • Jorge Fraile dice:

    Gracias por darles espacio y visión a pueblo Comcaac,que como dicen allá están totalmente abandonados.Es una pena ver padeciendo a los pueblos originarios,por la desidia y avaricia política

  • Anna Lulu dice:

    Deberiamos unirnos los hermosillenses o quien desee ayudar , a la comunidad Comcaac, con medicamentos, alimentos, pañales para adulto y bebé, lo básico , lo que se se usa en casa, aceite para cocinar, verduras, pollo, carne, fruta, etc

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *