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El gran científico moderno que acabó en la guillotina

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Los historiadores de la Ciencia concluyen que Tratado elemental de Química (1789) puede ser considerado el primer texto de la química moderna. Fue publicado cuatro meses antes del inicio de la Revolución Francesa por uno de los gigantes de la química: Antoine-Laurent de Lavoisier (1743-1794).

Se cuenta que cuando Luis XVI (1754-1793) fue informado de la Toma de la Bastilla, un tanto sorprendido preguntó si se trataba de una revuelta, a lo que uno de sus colaboradores respondió: «No sire, es una revolución». Sea verídica o no, lo que sí que es cierto es que nada volvería a ser igual, ni siquiera en la Ciencia, después de aquel 14 de julio de 1789.

Los dos errores de Lavoisier
Las aportaciones químicas de Lavoisier exceden la extensión de este artículo, entre las más importantes se encuentra el descubrimiento del oxígeno –con el que se eliminó definitivamente la teoría del flogisto–, la introducción del concepto de medida, la ley de la conservación de la masa y, la elaboración de un sistema lógico de nomenclatura. Su indiscutible inteligencia no estuvo reñida con su ingenuidad.

Lavoisier cometió dos grandes errores que tendrían consecuencias funestas para la Ciencia en general y para él en particular. El primero lo cometió en 1768, algunos días después de haber sido elegido miembro de la Academia de Ciencias, cuando compró un tercio de las acciones del Fermier General Baudon en la Ferme Générale. Básicamente se trataba de una compañía privada que desde 1726 administraba, por cuenta del rey de Francia, la recaudación e imposición de los impuestos indirectos de la corona francesa. Como es fácil entender esta institución no contó con las simpatías de los revolucionarios.

El segundo y, definitivo, error, lo cometió cuando denegó a Jean-Paul Marat (1743-1793) la entrada en la honorable Academia de las Ciencias Francesas. Antes del inicio de la Revolución Francesa, Marat había estudiado medicina en Francia y trabajado como médico durante un tiempo en Inglaterra y en París, periodo durante el cual se interesó en especial por las propiedades curativas de la electricidad.

Fue durante esta época cuando llevó a cabo un estudio sobre el fluido ígneo, que según Marat podía observarse mediante determinados experimentos. Se trataba de un tema rodeado de gran polémica dentro de la comunidad científica y sobre el cual Lavoisier no escatimó en descalificaciones hacia Marat.

La República no necesita científicos
En 1791 Marat se tomó la revancha. En su periódico escribió un artículo en el que atacaba a Lavoisier: «Denuncio al corifeo de los charlatanes, al maestro Lavoisier, hijo de un terrateniente acaparador, aprendiz de químico (…) miembro de la Academia de las Ciencias, desleal administrador de la Comisión Alimenticia de París, y el mayor intrigante de la actualidad».

La situación del científico no podía ser peor. No tardó en ser desalojado de su laboratorio y encerrado en prisión. Se le acusaba, principalmente, de ser un recaudador de la Corona francesa.

Durante el proceso judicial Lavoisier alegó que no era un recaudador, lo cual no era totalmente cierto, sino un científico. El juez revolucionario contestó enérgicamente con una frase que ha pasado a la historia: «La República no necesita científicos».

Después de un largo sumario, el 8 de mayo de 1794 fueron guillotinados en la Plaza de la Revolución –actualmente Plaza de la Concordia- veintiocho miembros de la Ferme Générale, entre ellos Lavoisier.

Para finalizar, nos quedaremos con la frase del matemático Joseph-Luois Lagrange (1736-1813) en relación con la muerte de Lavoisier: “Solo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza, pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo”.

Fuente: ABC Noticias

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