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Holbox, el paraíso que muere lentamente

POR Animal Político

Cada 60 minutos, desde Chiquilá parte un ferri hacia la isla de Holbox. El bullicio del puerto ahoga el sonido que hace el papel cuando la mujer encargada de recibir los boletos rasga la orilla de uno más. Doscientos seis, doscientos siete, doscientos ocho boletos se quiebran entre sus dedos, antes de ser devueltos a las manos de la fauna vacacionista. La mujer es joven, su piel está barnizada por una capa lustrosa. Frente a sus ojos rasgados siguen desfilando los recuadros de papel. Doscientos nueve, doscientos diez.

—¡Que ya no vendan más boletos! —le grita preocupada desde la proa otra mujer muy parecida a ella: joven, de estatura pequeña, cabello negro recogido y gorra neón. Doscientos once. Doscientos doce. La chica asiente, sin dejar de romper boletos. A través de su walkie talkie, repite la orden de no vender más boletos a los encargados de la taquilla. Los visitantes siguen arribando al puerto de Chiquilá. Doscientos trece. Doscientos catorce…

Hasta antes de la llegada de los ferris no existían caminos masivos a las costas de Holbox, por eso durante mucho tiempo se consideró esta franja de arena blanca y olas mansas un paraíso escondido: la temperatura ambiente es siempre de 30 grados; los flamencos vuelan a ras de la playa; sus atardeceres son postales en Instagram, sus aguas azul turquesa son santuarios de especies marinas como el tiburón ballena. Tanta exuberancia está separada de la península por la laguna Yalahau, en donde alguna vez se abrió una garganta marina profunda a la cual debe su nombre la isla: Holbox significa en maya “agujero negro”.

En 1889, Alice Dixon le Plongeon, fotógrafa y arqueóloga, visitó la isla y la describió como “un pintoresco pueblo indígena donde sus habitantes se ganaban la vida capturando tortuga para enviarla a las Honduras Británicas”. Mucho ha cambiado. La isla ya no es un pueblo que se sustenta por el trabajo de su pesca artesanal. Su vocación principal es recibir a los pasajeros de los atiborrados ferris.

Hace solo diez años el pueblo consistía en 20 cuadras trazadas sobre la arena, como si un niño lo hubiera cuadriculado con una vara. Sus casas se construían con madera y palma de guano, materiales que daban al pueblo una apariencia rústica y acogedora. Ahora son más de cien cuadras y la mancha urbana se extiende desde el centro fundacional hasta Punta Cocos.

Desde hace cinco años los poco menos de 1,500 habitantes originales de Holbox han visto incrementarse la infraestructura turística de alto impacto. En temporada alta, este espacio de tan solo 1.5 kilómetros de ancho y 44 de largo, llega a recibir hasta 18,000 habitantes. Sin embargo, los recursos (agua, drenaje, luz), están contemplados para abastecer a no más de 2,000 personas. A pesar de la intervención del gobierno, reportes de organizaciones como el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda) y la Asociación Civil Casa Wayuú, documentan que el ecosistema, los depósitos de agua subterránea y las especies han sido dañados sin remedio por el crecimiento vertiginoso.

En Holbox no solo se erosiona el territorio, sino también la memoria. Poco se sabe de su historia. Los registros cronológicos de esta isla que estuvo abandonada más de tres siglos después de la Conquista están dispersos en un puñado de libros y existen apenas un par de estudios antropológicos sobre la comunidad pesquera. Si uno busca información sobre Holbox, lo primero que destacará es la promesa de unas vacaciones de folleto y un centenar de estudios sobre su biodiversidad. Se podría decir que se sabe más de las algas de sus mares que de los pobladores que, desde el siglo XIX, habitan la isla.

Aves sobre cemento

Eduardo Pacheco camina en silencio entre el manglar y la playa con su cámara preparada. Con la mirada atenta escudriña entre los matorrales y las ramas altas. Su pasión es la observación de aves. Nació en el lugar indicado para darle rienda suelta.

El Área de Protección de Flora y Fauna Yum Balam, de la que es parte Holbox, fue decretada área natural protegida en 1994. Resguarda 90 por ciento de aves endémicas de la Península de Yucatán. Flamencos, águilas, halcones, golondrinas de mar, garzas, todas llegan aquí. A pesar de eso, no hay un programa de manejo que impida el crecimiento de la mancha urbana sobre áreas de anidación de estas especies.

“En mis caminatas he contado 184 especies diferentes”, dice sin ocultar su orgullo. Desde hace dos años Eduardo ayuda a la Comisión Nacional para el Conocimiento y uso de la Biodiversidad (Conabio) a monitorear la zona. A la par de esta actividad, Eduardo es secretario de la Asociación de Hoteles de Holbox, quizá la organización con más peso político en la isla. Basta con apuntar que el verano pasado, cuando la Asociación de Hoteles intentó cerrar al turismo el acceso a la isla debido a la falta de servicios, el gobierno estatal inmediatamente se sentó a negociar.

Nadie duda del poder de expansión de los empresarios hoteleros en la región. Hasta 1995 solo existían cuatro posadas sencillas que recibían a viajeros españoles e italianos. Pero, actualmente, en la isla hay 101 hoteles, según datos del INEGI. En 2014, de acuerdo con los indicadores económicos, había 2,530 cuartos de hospedaje en la isla y a la fecha el número se ha incrementado hasta el punto de no tener cifras exactas.

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