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¿Por qué ir al FAOT?

POR Erika Tamaura

Una mirada a la esencia del Festival Alfonso Ortiz Tirado, parte I.

En la última semana de enero, sonorenses de todas partes del Estado se movilizan hacia la frontera sur de Sonora, hacia la puerta de Álamos, ese pequeño rincón que durante el festival se convierte en el epicentro de los esfuerzos del Instituto Sonorense de Cultura, abierto para todos y propiedad de todos.

Durante el festival no existe el tiempo, salvo para marcar las horas de los artistas. La experiencia transcurre entre rostros que uno conoce y que no, pero que igual se convierten en vecinos (y algunos en cómplices) porque estamos todos dentro de las calles, de los arcos, de las paredes que invitan a entrar en una especie de trance colectivo. Todas las puertas están abiertas en el festival y uno puede entrar a donde quiera: museos, cafeterías, casas, recintos… Así, el festival convoca a sus nativos, y abre también la puerta a extranjeros que llegan de todas partes porque ellos también quieren un pedazo del FAOT.

Hay que ir al festival porque es una experiencia única. Porque si usted ha escuchado que los sonorenses somos buenos anfitriones, espere a tenernos a todos en un mismo lugar. El FAOT inicia a tatuarse poco a poco en la memoria de las nuevas generaciones para continuar el ciclo natural de la renovación de públicos, mientras que aquellos que lo vieron nacer, lo llevan en sus entrañas de una forma heroica, poética, uniendo debates sobre lo antiguo, lo nuevo y lo que viene; sobre lo que está bien y lo que no, sobre lo que era y lo que es, sobre lo que tiene que ser y lo que será, sobre lo que falta y lo que sobra, sobre si de quién es más el FAOT, si de ellos, si de ustedes, si de todos, si de nosotros. El FAOT provoca en todos (ya sea por convicción, por momento político, por pretexto o por base académica) una discusión enfurecida o un suspiro enamorado por parte de quiénes se crucen en su camino. Eso le agrega extra condimento siempre a cada edición (No me diga que no).

Hay que ir al FAOT porque el oxígeno de Álamos se mezcla con las nubes que bajan al amanecer y por la noche, se llena de luces amarillas de los callejones que guían hacia encuentros, charlas, risas, música, arte… vida.

Álamos es tan pequeño, que nos obliga a vernos a los ojos, que cuando uno se topa con alguien hay que abrazarlo y si pegas el oído a una puerta (la que sea) escuchas voces, escalas, pianos, violines… Hay que ir al FAOT porque una vez que eres parte de él, es imposible borrarlo de tus recuerdos.

Acerca del autor

Erika Tamaura es maestra en Gestión Cultural con especialidad en Patrimonio por la Universidad de Barcelona. Impulsora del movimiento blogger en Sonora. Académica en la Licenciatura de Gestión y Desarrollo de las Artes del Instituto Tecnológico de Sonora. Consejera en ISCradio. Consultora de proyectos y colaboradora de Proyecto Puente.

Correo Electrónico

erika.tamaura@gmail.com

Twitter

@erikatamaura

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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