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Ante la corrupción, agarren piedras

POR Felipe Mora Arellano

Hace días, el presidente EPN empleó una referencia bíblica –el libro que leyó aunque no en su totalidad, y que le ha impactado más en su vida, según dijo en aquella memorable escena durante su campaña – para referirse al problema de la corrupción en México.

El pasaje bíblico es de Juan 8:1-7. Cuenta que cuando Jesús estaba en el Templo enseñándole a la gente, se acercaron los maestros de la ley y los fariseos. Le mostraron a una mujer sorprendida de adulterio y le preguntaron qué decía él, dado que la Ley de Moisés ordena apedrearlas por tal motivo.

Dice la escritura que con esa pregunta pretendían tentarle y poder acusarle. Entonces fue cuando Jesús les dijo: aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Se escabulleron primero los más viejos y al final Jesús se quedó a solas con ella y le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?

Ella respondió. Ninguno, Señor. Pues tampoco yo te condeno, le dijo Jesús, anda y desde ahora no peques más.

El presidente EPN recurrió a esa frase bíblica en su discurso de inauguración de la Semana Nacional de Transparencia 2016, y no precisamente ante maestros de la Ley y fariseos (¿o sí?), sino ante los presidentes de la Cámara de Diputados del Senado y de la Suprema Corte de Justicia, líderes de partidos políticos, el secretario de la Defensa Nacional y hasta Diego Fernández de Ceballos –abogado defensor, según AMLO, aunque Diego lo ha negado  del 22 veces amparado Guillermo Padrés.

Nadie iba en el plan de hacerle alguna pregunta incómoda y el presidente tenía asegurado el desenlace. EPN, como Jesús, habló en tercera persona del plural. Dijo: <no hay alguien que se atreva a arrojar la primera piedra, pues al estar este flagelo presente en todos los ámbitos y órdenes de la sociedad, todos, han sido (sic) parte de un modelo arcaico que hoy se intenta desterrar que hoy se intenta desterrar y cambiar”.

Al término del acto, Enrique Graue, rector de la UNAM, tiró la piedra al decir que no toda la sociedad es corrupta, no todos los mexicanos participan en la corrupción.

Los reporteros le insistieron –cosa que deberían haberlo hecho a EPN- acerca de si nadie tenía esa autoridad moral para lanzar la primera piedra. Graue respondió, entonces, que creía que cualquier persona podía acusar cuando la corrupción sucede.

Si, como dice el Presidente, todos –menos él- somos corruptos, qué caso tendría modificar el modelo arcaico, otra vez según él, si se trata al final de cuentas de una forma de vivir, de una cultura –según lo dijeran antes EPN-, de una forma de ser.

Sin embargo, sí es posible hacer una distinción; sí hay y no solamente algunos, sino muchos, los que no participamos ni aceptamos ese proceder. De no haberlos ni siquiera tendríamos por qué mencionar el nombre de corrupción.

El caso de los gobernadores ahora señalados, no inaugura una época de corrupción; la historia se remonta incluso más allá de la lamentable pero expresiva frase de que un político pobre es un pobre político, atribuida al profesor normalista luego multimillonario, también del estado de México.

Lo que ahora vemos en el escenario es la expresión de un cáncer terminal donde la clase política de todos los partidos se ha propuesto tomar por asalto las arcas nacionales al amparo de instituciones y leyes hechas a modo, de arreglos cupulares para permitir su sobrevivencia como clase.

Por ello es que nadie de entre esa clase puede lanzar la primera piedra, salvo que se pongan de acuerdo para sacrificar a alguien en una especie de suma cero, donde la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros participantes.

El hecho que el Presidente haya dicho lo que dijo en el INAI –Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos personales, ese instituto que ni siquiera su nombre pudo recordar en un discurso pasado-, muestra que la clase a la que pertenece está depredando la economía pública.

Ante eso ni siquiera sería suficiente con la propuesta del PAN de obligar a los ciudadanos a ir a las urnas para seguirse legitimando.

Quizá si el presidente hubiera tenido por público a gente que no aplaude, hubieran hecho falta piedras como expresión de que, en efecto, como dijo el rector de la UNAM, no todos los mexicanos participan en la corrupción.

Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora. fmora@sociales.uson.mx

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Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora.

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