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#Ni uno más: hacia un proyecto ciudadano

POR Felipe Mora Arellano

La tarde del jueves 10 de marzo,  Jorge Arturo Reyna Mata de 23 años de edad, estudiante de la Unison Campus Hermosillo, murió cuando esperaba su turno para cruzar las transitadas avenidas Rosales y Luis Encinas. Un automovilista que no respetó el alto, golpeó a otro carro, que voló varios metros hasta caer encima del estudiante.

La noticia impactó a  la comunidad universitaria provocándole dolor pero también enojo porque este “accidente” -así calificado por los medios- es uno de los tantos que han ocurrido en las avenidas que circundan al campus: Luis Donaldo Colosio, Rosales, Reforma y Luis Encinas. Entrecomillo la palabra accidente, porque no puedo atenerme a su estricta definición: lo que cae, lo que acaece o sucede ocasionalmente, lo que cae hacia uno por casualidad.

El automovilista infractor y ahora culpable de una muerte, decidió actuar como lo hizo con base en sus conocimientos de cómo funciona el sistema vial en la ciudad -y de cómo él se inserta en este, lo produce y reproduce-, el cual es parte de una forma de vida urbana de tiempos y movimientos y donde el interés particular puede sobreponerse al colectivo en virtud de las distancias, los tiempos muertos, la densidad de tráfico, la infraestructura y equipamiento viales, etcétera.

Digamos que se trata de un estilo de vida que privilegió el auto porque a la ciudad se le hizo crecer  horizontalmente, las distancias entre casa-trabajo-escuela-servicios aumentaron, el servicio de transporte es muy limitado, en suma, una ciudad en la que se invirtieron recursos y se sigue haciendo, pero sin prever muchas de sus actuales consecuencias.

Lo que para muchos es un desorden en la ciudad no es sino una parte del orden que se creyó que era lo deseable. Esta situación ha venido generando serios problemas entre automovilistas –que también tienen que enfrentarse con conductores agresivos, con falta de pericia, despistados y distraídos y con trampas viales e infraestructura y equipamiento deficientes o inútiles, etc.- y entre estos y los de a pie. Esta forma de vida está mostrando cierta incapacidad de hacer una sociedad que promueva relaciones beneficiosas, cooperativas y solidarias.

En este contexto, el automovilista infractor seleccionó su decisión de pasarse el alto con base en su experiencia del entorno que conoce. Él sabe que un semáforo en rojo o un poste con una señal  de alto, no son una orden de parar totalmente sino una sugerencia a detenerse o no, según las circunstancias. Por tanto, no es casualidad que un automovilista luego de un cierto cálculo tome la decisión de pasarse el semáforo en rojo.

Ese automovilista quizá antes se haya pasado semáforos en rojo o altos; también es muy probable que haya visto que otros procedieron de igual manera y lo lleve a calificar la acción como “normal”. En el caso que nos ocupa, las consecuencias de su decisión fueron muy graves. Tal vez en otras ocasiones no haya pasado algo y en ésta, el conductor confiado en su habilidad, la suerte (o en la probabilidad) o en experiencias anteriores apostó a: 1) que lo peor que podría ocurrirle era que un agente de tránsito lo detuviera y multara –su experiencia puede indicarle que en ese crucero no hay agentes de tránsito-; 2) esperaba que los que tenían el siga se detuvieran y lo dejaran continuar su camino no sin mandarle, tal vez, un mensaje por el claxon (que sería un indicador de desaprobar dicha acción); o 3) que no ocurriera nada de los anteriores escenarios (lo que reforzaría su comportamiento para nuevas incursiones). Todo esto suena razonable aunque no racional.

El campus de la Unison quedó en medio de vías rápidas que privilegiaron al automóvil. La muerte de Jorge Arturo puede quedarse solamente en la estadística de accidentes mortales viales con alta probabilidad de repetirse, salvo que la acción colectiva promueva medidas que la reduzcan. Lo primero que se propone #Ni uno más (que en realidad debiera ser NI UN@ MAS), integrado por un grupo de profesor@s y estudiantes es que, con base en un hecho, se busque, encuentre y apropie una explicación del problema, que es complejo y complicado. La autoridad de tránsito local ya ofreció su explicación: es la velocidad la causa del problema, el cruce de calles donde ocurrió la muerte está bien señalizado y no es posible hacer puentes en cada lugar que ocurran atropellamientos. También se señala que el problema es cultural y como tal debe ser tratado.

#Ni uno más habrá de formular y controlar la definición del problema –frente a definiciones superficiales que solo ven las consecuencias no las causas del fenómeno- y para ello habrá de consultar en la comunidad universitaria a conocedores del tema, buscar  profesionales que hayan hecho proyectos y sumar a quienes padecen cotidianamente esta experiencia vial.

Asimismo, habrá de invitar a los funcionarios de la universidad (aunque una semana después del hecho el rector ya declaró a Expreso que “buscará retomar y cabildear el proyecto que tenía la Sidur durante las dos anteriores administraciones estatales…”) a que expongan sus puntos de vista y den a conocer los anteproyectos que en el pasado reciente se hicieron desde la Unison; con ello darían fuerza y autoridad institucionales a la propuesta de un movimiento universitario. Sobre esa base, es preciso mostrar  las propuestas universitarias a las autoridades municipales y escuchar las suyas, si las tienen, para que en conjunto se diseñe y aplique una política social que atienda el problema el cual, dicho sea de paso, se puede replicar en otros tantos puntos de la ciudad.

P.D. Como un automovilista no puede entenderse sin un peatón, en otro momento expondré la posible lógica que subyace en el comportamiento de l@s de a pie.

Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora. fmora@sociales.uson.mx

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Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora.

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