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La corrupción, ese malestar sistémico

POR Felipe Mora Arellano

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El pasado 8 de noviembre estuvo en la Unison el Dr. José de Jesús Sosa, invitado por la Academia de Estudios Municipales (creada en 2002) del Departamento de Sociología y Administración Pública, para ofrecer una conferencia y tomar protesta al Comité Directivo de licenciados en Ciencia Política y Administración Pública del estado de Sonora.

El título de la conferencia fue “La reforma incompleta: las políticas de combate a la corrupción como estrategias de mejora del desempeño gubernamental”. El tema sigue siendo actual en tanto que el fenómeno de la corrupción continúa ocupando los primeros sitios de los problemas más importantes que agobia a los mexicanos.

El abordaje del tema parte de que la corrupción es un fenómeno, un problema multicausal y multidimensional. En consecuencia, la invitación fue analizarlo desde una perspectiva sistémica. Me adelanto: uno de los asistentes preguntó, al final, por qué el conferenciante no estaba de acuerdo con lo que sostuvo el clásico, de que la corrupción tiene un origen cultural.

Porque plantearlo así es no decir nada y decirlo todo, una especie de reduccionismo pero cargado a la idea de que la corrupción es algo que no se puede desterrar, controlar o regular.

En el marco de la conferencia la respuesta es que la corrupción es sistémica, propia del funcionamiento y de los mecanismos que operan el quehacer gubernamental pero no aislado, sino en su relación con el resto de la sociedad.

En el abordaje anatómico de la corrupción destacan tres elementos: la motivación, el beneficio y la oportunidad. Traducido significa preguntarnos qué mueve a los agentes a corromperse, qué incentivos hay para hacerlo y cuáles son los momentos en que ello ocurre.

Dicho en términos de otra perspectiva, la de la elección racional, los elementos son los deseos, las oportunidades, la información y la acción. Antes de actuar, los implicados calculan los riesgos, es decir, qué sucedería si son descubiertos y, en el mejor de los casos, enjuiciados.

En cualquiera de los casos, de lo que se trata para contrarrestar la corrupción es romper con alguno de los tres elementos señalados para evitar la cadena de sucesos.

Entre las múltiples causas se identificaron las siguientes: la tradición y el hábito, la falta de claridad en los procesos administrativos, la ambición personal o de grupo, la débil cultura de la legalidad, y el uso político o patrimonial de la cosa pública.

Tomemos el primer factor, el de la tradición o hábito. A manera de ejemplo, el expositor refiere el caso de quienes acostumbrados a agradecer un favor o cualquier atención recibida, lo hacen también con algún funcionario que le atendió en cierto trámite y gracias a ello lo pone al ciudadano en una mejor condición (regularizar su terreno, por ejemplo).

Se trata de una práctica cultural añeja que expresa un sentido de agradecimiento por un servicio recibido. Sin embargo, será conveniente advertirles a quienes siguen esa tradición, que en el marco de las relaciones ciudadano—administración pública, la práctica se lee de otra manera, tiene un código diferente, y continuarla tiene consecuencias para ambas partes. Es un ejemplo de un aspecto cultural del fenómeno. Y las consecuencias pueden ser jurídico-normativas, económico-financieras y sociales.

Mientras el conferencista expone uno piensa que puede ocurrir también que una variable independiente sea en otro momento una de tipo dependiente. Por ejemplo, se dijo que una causa de la corrupción es la débil cultura de la legalidad, pero la corrupción puede constituirse, a su vez, en una causa debilitadora de la cultura que se dice opera sobre la base de la legalidad (la corrupción somos todos, el que no tranza no avanza, etc.).

O que también se trata de un problema de metas y fines. Si la legalidad impone una serie de propósitos inalcanzables para cumplirla, es decir, si no ofrece los medios adecuados para ello, la corrupción será el aceite que permita que el fin se cumpla (¿recuerdan la película La Ley de Herodes, donde se modifica la Carta Magna a términos inalcanzables?)

Los marcos referenciales para una administración pública han venido destacando las prácticas de la eficiencia y la eficacia, pero ahora es necesario moverse en el terreno de la confianza, la coordinación y la colaboración entre todos los actores, no solo entre el funcionariado público, se sostuvo.

Hay algo más en lo que puso énfasis el conferencista: la gestión ética y la formulación de códigos de ética de los profesionales. Si la corrupción forma parte de un  proceso de inmoralidad, entonces conviene reflexionar sobre el sentido del actuar en la relación consigo mismo y con los demás.

Pero no es suficiente, ya que paralelamente deben producirse criterios de lo que es bueno y malo, de lo deseable en una relación entre la administración pública y la sociedad. Proceso acompañado de trabajos de sensibilización, capacitación información, detección, corrección, mejora, denuncia, sanción y penalización.

La corrupción, como muchos delitos, habrá de existir por mucho tiempo, pero la capacidad de saber dar con sus fuentes de producción y reproducción es tarea que requiere de la investigación y de la producción de modelos apropiados para el análisis.

La corrupción es a la vez causa y consecuencia de una multiplicidad de hechos. ¿Cómo ha evolucionado, cómo se le ha enfrentado y con qué resultados? ¿Se agrava? ¿Es más tolerada? ¿Es parte del funcionamiento del sistema? ¿Siempre ha estado presente pero ahora se ha visibilizado más? Qué tanto su desarrollo está entorpeciendo seriamente el funcionamiento de otros subsistemas, es algo que múltiples análisis lo han destacado midiéndolo en pesos y centavos.

Podemos decir que la más reciente evolución de las medidas en contra de la corrupción es el  nuevo Sistema Nacional Anticorrupción, que contiene una serie de componentes sociales e institucionales, pero que, según Sosa, no considera medidas para prevenirla.

El Sistema, según dijo, debe generar necesaria e invariablemente un proceso de construcción de capacidades sociales que permita que ese fenómeno no sea combativo sólo cuando ocurre, sino que debe prevenirlo.

De eso y más dio para reflexionar el Dr. Sosa. Por lo pronto, a la nueva asociación de profesionales en Ciencia Política y Administración Pública les lanzó el reto de formular su código de ética.

El Dr. Sosa, actualmente se desempeña como Coordinador del Conacyt en la región Noroeste, pero su currículum le da los elementos suficientes para tratar con profundidad el affaire de la corrupción.

Acerca del autor

Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora.

Correo Electrónico

fmora@sociales.uson.mx

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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