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Las confusiones de hoy

POR Guillermo Noriega

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Columna En la lupa

Existe un dramático error en la opinión pública en torno a cómo manejamos conceptos como si fuesen sinónimos absolutos y garantías infalibles. Dichas “confusiones” no abonan a que resolvamos los problemas de nuestro país o a que construyamos dinámicas públicas más constructivas.

Desafortunadamente en esto los medios de comunicación y quienes en ellos nos expresamos tenemos sobrada responsabilidad.

La democracia es el problema

Muchos se ciñen a un discurso antisistémico que daña profundamente a la democracia como forma de gobierno. “Agarran parejo” confundiendo (o algunos tratando de confundir) a la democracia como sistema con lo pernicioso de que sea operada por élites que, siguiendo sus propias reglas, perpetúan privilegios e incrementan la desigualdad.

No es la democracia el problema, que sin duda (y como todo) no es perfecta, sino la carencia de una sociedad que se sienta dueña de su propio país, de la existencia de incentivos perversos que le alejan de participar en política, entre muchos elementos que dan como resultado un País profundamente desigual e incapaz de corregir sus caminos.

Conclusión: No es la democracia el problema sino quienes la han secuestrado, haciendo de ella un jugoso negocio, cambiando la movilidad social por mecanismos de extracción de rentas. Ante ello no podemos esperar a que una sola persona llegue a dar un “golpe de timón” y cambiarlo todo por decreto, sino co-construir los elementos necesarios para cambiarnos progresivamente.

Ciertamente un líder ético y probo en la presidencia de la República ayudaría, pero no lo es todo. Deberíamos aprender que una sola persona no va a lograr por el país lo que millones y millones nos negamos a nosotros mismos de forma cotidiana.

Ya ha pasado en otros países: una persona quiere sustituir y convertirse a sí mismo en el sistema de gobierno y nunca ha salido bien.

Ciudadanos vs. políticos

Ciertamente tenemos una clase política que, salvo algunas excepciones, carece del mínimo sentido común, que sigue siendo el menos común de todos los sentidos.

Tenemos políticos que son promovidos en función de castas familiares y/o élites económicas y su éxito depende más de la obediencia y disciplina que de la efectiva representación o de un desempeño correcto de sus funciones.

Ciertamente muchos dan pena ajena, muchos, pero no vienen de Marte, provienen de nuestras propias filas, de nuestra misma sociedad.

La idea errada es que son una especie distinta a nosotros los pobres gobernados ejemplares que no tiramos basura en la calle ni hacemos trampa en nuestro día a día.

¿Acaso “se echan a perder” al llegar al poder o ya vienen así? ¿Es el sistema político el que está podrido y les arruina toda buena intención de hacer bien las cosas o es la sociedad misma el origen de todo el problema?

Es cierto que no hablamos el mismo idioma. Ellos viven en la guerra por el poder, en medio de complots y estrategias ocultas, nosotros vivimos anhelando congruencia y resultados.

No es que estemos enfrentados en trincheras distintas “políticos vs. ciudadanos”. Por naturaleza estamos en el mismo barco, pero la visión cortoplacista de algunos cuantos empoderados deja claro que no les importa un comino el bienestar de nuestro país, sino acumular todo el poder posible. Aunque terminen gobernando ruinas.

Blanco o negro

Ni ser político es sinónimo de corrupción ni ser ciudadano es sinónimo de pulcritud. Hay de todo y una gran escala de grises que no nos tomamos el tiempo de valorar.

Muchos políticos se han ganado el desprestigio, pero muchos otros se han refugiado en el concepto “ciudadano” para ocultar a sus verdaderos jefes, partidos, políticos o intereses económicos a resguardar.

Desafortunadamente ello hace que otros paguen el costo del cada vez mayor desprestigio del concepto. Ya ser algo “ciudadano” no es sinónimo de pulcritud que genera empatía, sino de sospecha.

Si ser ciudadano puede ser sinónimo de apartidismo, no lo es de pulcritud, ética o transparencia. Desafortunadamente, a ese espacio sin dueño que es la “sociedad civil” le falta una gran dosis de congruencia y transparencia tanto en sus motivaciones, beneficios como fines.

Ello incluye a los medios. Y aquí termino porque se me acabó el espacio, pero la próxima semana hablaremos de los medios militantes, la debida transparencia de sus ingresos y agendas.

Tomada de periódico El Imparcial

Acerca del autor

Guillermo Noriega es licenciado en Relaciones Internacionales, exdirector de Sonora Ciudadana A.C., activista en favor de la transparencia.

Correo Electrónico

Guillermonoriega@gmail.com

Twitter

@elmemonoriega

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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