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La guerra de los extremos

POR Guillermo Noriega

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¿Por qué no participa la sociedad en los asuntos públicos? ¿Qué incentivos existen para salir de las complejidades de la vida privada y salir a lo público?

Estas preguntas -y muchas más- se vertieron y debatieron el pasado martes en los Diálogos para una Cultura Cívica, conversatorios organizados por el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Sonora (IEEyPC).

Parece que no, pero sentarnos en la misma mesa y dialogar legisladores, empresarios, académicos, representantes de partidos políticos y de organizaciones sociales, tiene un valor incalculable. Esto es porque con mayor frecuencia que la debida no nos entendemos, no hablamos el mismo idioma ni compartimos un paradigma similar.

Vivimos en las mismas ciudades y parece que no logran ver lo que nosotros, pero eso es porque los lentes conceptuales que utilizan los políticos son muy distintos a los que utilizamos la sociedad. Nosotros vivimos en el anhelo del “deber ser” de las cosas… ellos en los límites del “poder hacer” dependiendo de múltiples elementos.

Las respuestas a las preguntas del primer párrafo dan para muchas columnas e incluso pronto volveré a insistir sobre el agotamiento del modelo tradicional de participación ciudadana desde lo institucional, es decir, los consejos que solamente dan consejos integrados con las mismas élites de siempre.

Debemos re pensar las dinámicas de entendimiento, los mecanismos de participación y de control que debe tener la sociedad en la relación con sus gobiernos y sus decisiones que, vale la pena insistir, esas las pagamos todas y todos. Incluyendo las consecuencias.

Honestamente no hay condiciones para la participación de la sociedad. El costo de oportunidad es altísimo, los incentivos están desdibujados y las consecuencias de levantar la voz de forma discordante, de opinar distinto e incluso de organizarse son muchas veces negativas.

Esto porque lo público es un ambiente tan agreste y violento que basta que alguien desee opinar o participar para recibir ataques, difamaciones y se le acuse de obedecer a algún interés oculto y malintencionado.

Hay una guerra muy cruenta entre extremos. En uno está “el gobierno” (del nivel y partido que sea) y, por el otro, los partidos opositores. Los gobiernos haciendo lo suyo y demasiado preocupados por la opinión publicada (más que por dar resultados) y, a su vez, los partidos de oposición haciendo lo propio, tal vez en demasiadas ocasiones buscando más dinamitarlo todo con fines electorales que velando por los contrapesos para el bien común.

Esa es precisamente “la guerra de los extremos”, en donde el 84% de las personas nos quedamos en medio, absortos de cómo se pelean por llegar al poder. Según la Enccívica, casi nueve de cada 10 mexicanos están poco o nada interesados en política.

Y es que, como se lo hemos dicho a los partidos políticos, mientras ellos infiltren movimientos sociales y contaminen con sus intereses las distintas causas de la sociedad, sólo por “jalar agua para su molino”, no cesará este clima de descrédito y desconfianza de todos contra todos en la que basta interesarse y asomarse para recibir una agresión.

Al igual, no lograremos buenos gobiernos mientras éstos no desistan de querer capturarlo todo, de controlarlo y poseerlo todo y de a toda costa querer evitar (o descalificar) opiniones discordantes, aunque tengan la razón. Por lo regular, incluso antes de hacer una mínima autocrítica, primero se busca acabar con el mensajero y su credibilidad. Y así, con indicios o sin ellos, se termina desacreditando quien no esté alineado a su visión.

Nos urge una buena dosis de tolerancia y respeto, tanto entre los extremos en constante guerra como entre ellos y quienes nos encontramos en medio y que no aspiramos a gobernar, sino a incidir.

Se me acaba el espacio pero concluyo diciendo que hay que construir, gradualmente, un ambiente menos violento y de mayor confianza.

Pero no nada más las instituciones. Según el “Informe País sobre la calidad de la ciudadanía en México” de cada 10 mexicanos, solamente confiamos en tres.

En otras palabras, la opinión que tenemos de nosotros mismos es terrible, simplemente lamentable.

¡Hasta la próxima!

Acerca del autor

Guillermo Noriega es licenciado en Relaciones Internacionales, exdirector de Sonora Ciudadana A.C., activista en favor de la transparencia.

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Guillermonoriega@gmail.com

Twitter

@elmemonoriega

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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